Zapatos y chochez

Autor:

José Aurelio Paz

Mi hijo me pelea. Resulta que ahora él es el padre y yo el niño. Me increpa por «el qué dirá la gente» cuando, teniendo otros zapatos, siempre quiero ponerme los mismos. Están viejos como viejo comienzo a ser. Estropeados como empiezan a estar mis pies de tanto caminar este mundo, siempre mi respuesta, ante su requerimiento, es la de «¡Pero es que son tan cómodos!».

La vida en la adultez mayor, pienso yo, se parece mucho a ese ajado vinilo que, cubriendo el empeine, no lastima el pie. Más bien diría que lo resguarda de cualquier golpe (por la experiencia) y lo acaricia desde su silenciosa vocación de piel cuarteada (por el uso), pero sensible y frágil como ese sobresalto de descontar días, en lugar de tejerlos, al revés.

Me invade la duda en este tránsito. ¿Estaré aferrándome a esos zapatos porque comienzo a caminar sobre ese nada querido planeta al que muchos llaman chochez, si bien se sabe que, a ciertas edades, cualquier desliz hace que algunas familias condenen al viejo árbol, a su raíz primigenia, a otro efecto de invernadero mucho más peligroso que el climático, porque alude a las esencias del espíritu? Son esos que hacen del anciano un trasto olvidado en cualquier rincón y no el orgullo de la estirpe. Muchas veces apresado en una amarillenta fotografía de cuando no era solo ese «algo» que se confina a un sillón, y en la esquina menos llamativa de la casa, como un florero que nadie quiere.

Si bien el diccionario acuña el término como «debilidad mental a consecuencia de la edad», prefiero asumir el error que me da el procesador de texto Word de mi computadora cuando, situándome encima de la palabra «chochez», al dar clic derecho, aparecen como sinónimos «simpatía y ternura». Y caigo aun más profundo en mi dilema. ¿Es que acaso puede un viejo ser simpático? Algunos dicen que lo que se adquiere es cierto descaro. Que a tales edades importa lo mismo cuatro que cuarenta y se dicen las verdades cual son, gústele a quien le guste y pésele a quien le pese, sin medias tintas ni hipocresía. Creo hallar, entonces, en ese criterio una huella de que, en verdad, la vejez nos retorna a la niñez; etapa de transparencias en que los niños no dicen mentiras, aunque ahora la talla de culeros sea extralarga, la orina no sea aquel «perfumado salidero» y los antojos se confundan con caprichos y las gracias con los pujos, cuando somos dados a repetir una misma historia montones de veces sin darnos cuenta.

Pero volviendo a mis zapatos… ¡Es que son tan cómodos, a pesar de que comience a partirse su piel y a desgastarse sus suelas! Porque la vida, como el propio Principito, nos va llevando de lo puramente circunstancial a lo esencial invisible, de lo coyuntural a lo permanente, de la moda a lo verdaderamente confortable, cuando más que un accesorio esta llega a ser un asunto de salud.

No sé si estas palabras sean resultado de la manía o la decrepitud, pero creo entender, ahora, aquella incongruente cuarteta recitada tantas veces en la escuela, sin aparente relación: «Los zapaticos me aprietan/ las medias me dan calor…» con lo que sigue: «Y el anillito que me diste/ lo llevo en mi corazón». Tal vez ahí esté el misterio entre lo frívolo y lo raigal, entre lo aparente y lo profundo, lo perecedero y lo eterno.

Apliquemos, pues, a nuestra nueva visión aquel viejo y anónimo proverbio de que «la salud no está solo en el plato, sino en el zapato», cuando estoy convencido de que mis nietos le recriminarán, por la misma razón, a mi hijo, cuando sea yo solo un suspiro perdido en el aire, el hecho de querer andar siempre, por achacoso que esté, con el mismo calzado. Sé, sin que nadie me lo diga, que tendrá solo una única respuesta: «¡Pero es que son tan cómodos!».

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