A los incrédulos, la resurrección existe

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Mesías le llamó el presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad,  y aunque la causa que llevó a Hugo Chávez a su «cruz» aún está por esclarecerse debidamente —según han manifestado las autoridades bolivarianas—, lo cierto es que su líder ha fundado, junto a sus homólogos de la renovada izquierda continental, una espiritualidad nueva para la política de sus países y la del mundo; y lo que es más importante, para el socialismo del siglo XXI.

El ministro de Energía y Petróleos de Venezuela, Rafael Ramírez, decía a medios de prensa por estos días de dolor, que Chávez había practicado y estimulado una nueva ética, una manera extraordinaria de hacer política.

Que el Gobierno iraní —en un gesto sumamente ecuménico desde el punto de vista espiritual— declarara duelo nacional por el fallecimiento de Chávez, convirtiéndolo en la primera personalidad no musulmana en ser recordada de esa manera desde la fundación de la República Islámica en 1979, es una expresión de la influencia de la práctica política del dignatario bolivariano a escala universal.

Ahmadinejad —quien llegó hasta Caracas para honrar, sacudido, a Chávez— lo calificó como un «mártir» que algún día regresará a este mundo acompañado de Cristo y de Mahdi, el redentor chiita. Los musulmanes iraníes de esa confesión creen que el prometido Mahdi regresará a salvar el mundo acompañado de 313 individuos, cuya «devoción pura» los hace ser los más sagrados entre los sagrados.

Habría que preguntarse —ante la apoteósica manifestación de duelo ofrecida por el pueblo venezolano y otros de la región—, si como sostuvo Chávez —hombre de fe y sensibilidad conmovedoras— su espíritu no habrá reencarnado efectivamente en esas multitudes estremecidas que lo acompañan hasta su morada eterna, para dar cuerpo a esa prefiguración que alcanzó fuerza en la última campaña por la reelección presidencial: Todos somos Chávez.

La interrogante entonces salta a la vista: ¿Qué ha pasado con los malabares de los consorcios noticiosos planetarios para presentar, o para construir la imagen inversa: convertir en un dislate la resurrección latinoamericana, y a sus líderes en la encarnación del ángel perverso?

Ni siquiera por estos días de conmoción paró el ensañamiento, que tuvo sus antecedentes mucho antes. Puede recordarse el repiqueteo sobre la existencia de un eje del mal La Habana-Caracas, Caracas-Teherán; de una Venezuela y Cuba «desestabilizadoras» de la región, de unas dictaduras autoritarias que sustentan las campañas electorales para que otros «dictadorzuelos de izquierda», enemigos de las instituciones democráticas y de la libertad de expresión, se hagan también del poder. En las pantallas y planas de los grandes consorcios mediáticos mundiales no dejaron de dibujarse el «genio malévolo, el «acaudalado petrolero», el «líder cocalero», los «populistas», o los «caudillos estatistas» de nueva data.

Esos poderosos medios suelen mirar como «extravagancias», y hasta convertir en modas provechosas, gestos de profunda autenticidad, sencillez y alcance, como el del presidente boliviano Evo Morales, de llevar la típica ropa de sus ancestros, o sencillos atuendos para codearse con las luminarias del mundo de cuello y corbata.

Tal vez no entienden que en esa manera de vestir se expresa algo muy hondo. Evo Morales está diciendo, con ese simple detalle, que acabó la época eurocentrista o ricocentrista, en la cual todo se validaba desde las encumbradas metrópolis, dejando atrás la visión colombina de la América del «indio salvaje».

En el año 2006, mientras Chávez hablaba conmovido a miles de cubanos y jóvenes de otras naciones, tras recibir el Premio Internacional José Martí de la Unesco, se me ocurrió que tal vez a partir de ese día la aristocracia mundial intentaría también vender la Luna.

No era extraño que a los nuevos mercaderes del templo se les ocurriera ese disparate, después de que el dignatario interrumpió por un momento su emotivo discurso de esa fecha para «descifrar» los mensajes de ese poético y dulce vecino planetario.

A los todavía dueños del mundo les resulta complejo entender el simbolismo de esa interrupción, mientras cualquier tierno mortal vería en ella el anhelo de un hombre sensitivo, que buscaba en los destellos del universo las señales de la justicia y la paz infinita, y que además estaba dispuesto a luchar por alcanzarlos.

En el fondo de todo este cacareo distorsionador no hay otro motivo que la impotencia. Es evidente que el genio se les ha escapado de la lámpara, y por si fuera poco, ha ido a ponerse prodigiosamente del lado de los eternos humillados y olvidados.

La nueva izquierda, los nuevos socialistas como les llamaba el mismo Chávez, que nacen del polvo del Muro de Berlín, expresan una genialidad y sensibilidad auténtica, muy distante de los encartonamientos ortodoxos, los endiosamientos y las petulancias que condenaron a muerte al denominado modelo de socialismo ideal.

Traducido al lenguaje continental, como ya dije aquí, acabó la etapa histórica en que los Estados Unidos solo tenían que vérselas con el «peligroso loco del sur», como nos solía recordar Chávez que catalogaban, despreciativamente, al Libertador Simón Bolívar.

Todas las señales indican —y los venezolanos lo han subrayado con sus multitudinarios estremecimientos de esta semana y su talante cívico— que como dice la letra de una canción criolla: en esta América se han destapado «una pila de locos». La región se les está convirtiendo en algo así como un «gran manicomio», al que nunca más podrán controlar con sus camisas de fuerza.

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