Baraguá nos enseñó a no claudicar - Opinión

Baraguá nos enseñó a no claudicar

Autor:

Juventud Rebelde

A caballo transitaba José Martí el 7 de mayo de 1895 las márgenes del río Mijaíl junto al capitán mambí José Zefí Salas, quien al divisar el trayecto a Palma Soriano le cuenta al Apóstol cómo trajo por ese camino a Martínez Campos para la reunión con Maceo en Mangos de Baraguá y cómo, al término de aquel legendario encuentro, vio regresar al militar español colorado como un tomate y tirar el sombrero ante la actitud inclaudicable del Titán de Bronce.

Algunos asumen erróneamente que Martí señaló el hecho como el momento más glorioso de nuestra historia. En el centenario del trascendental acontecimiento, Fidel arrojó luces sobre la real dimensión de la perspectiva martiana acerca de lo que ocurrió en Baraguá.

«Se dice que Martí dijo que Baraguá era lo más glorioso. No dijo así Martí. Dijo lo que aparece en ese letrero: “La Protesta de Baraguá, que es de lo más glorioso de nuestra historia”. No podía decir de manera absoluta que era lo más glorioso, porque habían ocurrido muchos hechos gloriosos. ¿Y quién puede dudar de que el 10 de octubre de 1868 fue un hecho extraordinariamente glorioso? Y no se trata de comparar unas glorias con otras, unas fechas con otras. Sin 10 de octubre no habría habido 15 de marzo, sin Yara no habría existido Baraguá; ¡pero sin Baraguá, Yara no habría sido Yara!».1

Lo innegable es que este hecho estuvo presente en el proceso de reflexión y preparación de la Guerra Necesaria, donde el Héroe Nacional conjugó las experiencias de la guerra de 1868 a 1878 para darle a la nueva etapa de lucha la organización más adecuada que pudiera conducirla al triunfo.

Aquel 15 de marzo de 1878, el Mayor General Antonio Maceo, que hasta entonces no había sido más que un jefe regional y héroe de cientos de combates, asumió, quizá sin saberlo, el compromiso histórico de convertirse en el abanderado de la justa causa que llevó a miles de hombres y mujeres a ofrendar su sangre y sacrificio durante diez años para ver una Cuba independiente.

Para el jefe mambí la cuestión era simple, el Pacto del Zanjón, impulsado por Martínez Campos, no contemplaba la plena libertad de Cuba y la emancipación de los esclavos. Todavía le dolían las cicatrices y las balas alojadas en su cuerpo, testigos silenciosos de su humilde servicio a la causa libertaria.

Maceo se sobrepone por encima de todas las dificultades y proclama su posición irrevocable de combatir y con ello arrastra a jefes, oficiales y soldados en su empeño. Esta victoria opacó el efecto provocado por la falta de unidad y el caudillismo, que habían conducido a la Guerra del 68 hasta el arreglo injusto del Pacto del Zanjón, mediante el cual el colonialismo español pretendió una indigna paz en los precisos instantes en que los mambises reasumían la iniciativa en Oriente y Las Villas.

Para el Titán de Bronce la rendición no podía ser nunca el camino, a pesar de las difíciles condiciones en las que se llevaba la lucha y la abismal diferencia de recursos y tropas con el ejército español. Buscando apoyo para su determinación dejó aparte cualquier discrepancia y conversó con Vicente García sobre el tema y convocó a otros jefes mambises que aún estaban alzados.

Ya el 18 de febrero, en Pinar Redondo, Maceo le había comunicado a Máximo Gómez su postura de no aceptar lo proclamado en el Pacto del Zanjón y su disposición a continuar la lucha, y el día 21 del mismo mes envió una carta a Martínez Campos para concertar un encuentro.

El Héroe de Peralejo era entonces la figura más prestigiosa tras la muerte de los patricios de la Revolución de 1868, y había emergido de las capas populares que aportaron el mayor caudal de vidas en la manigua durante la Guerra de los Diez Años.

En palabras de Fidel: «Uno de los méritos más extraordinarios de Maceo es que jamás se dejó arrastrar por el envanecimiento, ni por la ambición, ni por los prejuicios. Luchó contra todos los obstáculos imaginables, y se caracterizó siempre por ser un soldado absolutamente leal, disciplinado, respetuoso de las leyes, de los principios revolucionarios, de los mandos superiores y de las autoridades revolucionarias legítimamente constituidas. Pero ese ejemplo de Maceo, esa conducta intachable en todos los aspectos, se convirtió en una doctrina, en una verdadera escuela para los combatientes orientales. (…) Hay que decir que dejó realmente a nuestro pueblo una herencia gigantesca, infinita, con esa actitud».2

Un aspecto poco conocido es que, terminada la histórica entrevista, los participantes en representación del pueblo cubano elaboraron y aprobaron una breve constitución y formaron el Gobierno provisional de Oriente, para continuar la lucha por la independencia de Cuba.

Una actitud similar con relación al Pacto del Zanjón adoptó en Las Villas el coronel Ramón Leocadio Bonachea, quien se mantuvo activo hasta abril de 1879. Al deponer las armas, aseguró volver a empuñarlas cuando las circunstancias lo permitieran.

La Protesta de Baraguá preservó la dignidad de los patriotas y permitió revivir el espíritu de lucha para renovar la tradición independentista en el momento adecuado.

En marzo de 1978, a cien años de aquella heroica página de nuestra historia, Fidel señaló cuál es el mayor legado de aquel hecho para las futuras generaciones de cubanos:

«Lo que sí puede afirmarse es que con la Protesta de Baraguá llegó a su punto más alto, llegó a su clímax, llegó a su cumbre, el espíritu patriótico y revolucionario de nuestro pueblo; y que las banderas de la patria y de la revolución, de la verdadera revolución, con independencia y con justicia social, fueron colocadas en su sitial más alto».3

Fuentes consultadas:

1 Discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, en el acto de conmemoración del centenario de la Protesta de Baraguá, en el municipio de Julio Antonio Mella, Santiago de Cuba, el 15 de marzo de 1978.

2-3 Ibídem.

José Martí. Diario de Campaña, de Mayra Beatriz Martínez y Froilán Escobar, Casa Editora Abril, 1996.

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