El síndrome de la barredora de nieve - Opinión

El síndrome de la barredora de nieve

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Cuba no ha podido librarse del síndrome de la barredora de nieve, después de tanto tiempo y tanta tempestad.

La compra de semejante artefacto está entre los Guinness de las torpezas en la estrategia importadora nacional, pese a que entre este montón de islas e islotes calentones y húmedos es imposible que caiga ni un «copito», por nuestra circunstancia geográfica y atmosférica, según ha aclarado el mismísimo José Rubiera.

Los que sí no dejan de aparecer son algunos prototipos de «barredores del bolsillo de la República», contra cualquier pronóstico de cálidas o gélidas temperaturas.

Parece duro catalogarlos así, pero ello es lo que hacen tal vez sin proponérselo, como evidencian desatinos de parecida naturaleza que, sin alcanzar la notoriedad de aquel singular incidente, provocan consecuencias como para helar el alma a cualquiera, o como para derretírsela.

Para corroborarlo intente, por ejemplo, encontrar en los anaqueles de bodegas y mercados industriales del país los llamados fósforos de palitos, esos cuya cabecita va soportada en láminas de madera.

Mientras realiza el infructuoso recorrido «tenderil» seguramente le vendrán a la mente los reportes sobre la inauguración, hace varios años, de la más «moderna» fábrica de fósforos del país —de tecnología italiana—, cuyas ventajas industriales y ambientales parecían entonces regalarnos los fuegos de Prometeo.

Lo cierto es que todo parece haber terminado en un fiasco, en un malgastar el dinero sin que podamos disfrutar las bendiciones de la forja prometida. No hay que dudar de que la falta de perspectiva a la hora de acometer la inversión, entre otros desajustes, le humedecieron la chispa a los fósforos de madera. Dinero quemado en la hoguera de la improvisación.

Y si en la fábrica de fósforos de madera las chispas terminaron en remojo, en el imponente hospital Hermanos Ameijeiras, de la capital del país, una inversión que auguraba enfriar sus cálidas entrañas —se pagó como aire acondicionado centralizado— derivó en insoportable sauna.

Al preguntar a prestigiosos especialistas cómo pudo ocurrir semejante sortilegio, la respuesta es que los compradores de los nuevos acondicionadores «olvidaron» —o ignoraban al parecer— la magnitud de los que se necesitaban. Uno solo de los viejos compresores tiene más potencia que los adquiridos ahora.

El resultado es dinero sofocado en la imprevisión o la negligencia y, para colmo, serias sudoraciones, que es decir afectaciones al bienestar de los pacientes y sus acompañantes, al personal de esa instalación, y hasta suspensiones circunstanciales en determinados servicios.

Estos hechos se hacen más punzantes porque en las condiciones deficitarias de nuestra economía las inversiones no son abundantes, y cuando se aprueban es porque están dirigidas a resolver sensibles y hasta impostergables problemas. Así que cuando los recursos se dilapidan —y dilapidar no es solo robar o apropiarse del dinero ajeno— el problema es doble.

El tema de la pertinencia de las compras en el exterior —y la no menos pertinencia de los compradores— ha golpeado no pocas veces de manera muy dura a la economía nacional, y también la familiar y personal. Porque los desajustes no ocurren solo en las grandes empresas, algo de lo que puede dar fe cualquier cubano, empezando por la suela de sus zapatos.

Ya sabemos que en una economía tan verticalizada como la del modelo del que venimos, las distancias entre los que «pedían», y quienes accedían, compraban y distribuían, era como la existente entre los congelados polos y el temperamental ecuador, todo lo cual estimulaba los anteriores desequilibrios y hasta resquicios para corruptelas.

Estos últimos pueden comenzar a superarse con la actualización económica y su anunciada autonomía de la empresa estatal socialista, además de con la flexibilización de los objetos sociales, con las posibilidades que se abren de comprar y vender en el exterior.

Así que estos serán recodos a no perder de vista cuando el país busca sobreponerse a más de 20 años de incumplimientos en los planes de inversiones, con sus consiguientes descuidos y desidias al concebirlas y ejecutarlas.

Solo de esa manera podremos evitar que los dineros y esfuerzos de todos terminen por ser devorados por algún tipo de barredora, o congelados bajo la nieve de la indolencia.

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