Para explorar sin Dora

Autor:

Glenda Boza Ibarra

Cuando se es niño, por lo general uno adora los días en el campo. Ese es, al menos durante los primeros años de la Primaria, el tema preferido para describir unas vacaciones inolvidables en las composiciones de Lengua Española.

Las zambullidas en los ríos, la caza de cocuyos en las noches, las vueltas a caballo y hasta las picadas de mosquitos son experiencias dignas de contar.

Por eso también ellos adoran el Movimiento de Pioneros Exploradores, ese que les enseña lo básico de la vida en campaña.

Hacer nudos, subir sogas, orientarse por el Sol, la naturaleza y las estrellas y, por supuesto, con los ojos vendados recoger la hamaca y guardarla en la mochila, son los principales atractivos de este Movimiento que desafortunadamente muchos pequeños no disfrutan a plenitud, lo mismo por la sobreprotección de los padres que por su mal funcionamiento en algunas escuelas.

En estos tiempos, con la tentación constante de las nuevas tecnologías, no sé si a los niños los atraerán de igual forma aquellas prácticas de hacer, en miniatura y con palitos, fogatas y varaentierras. ¿Sabrán ellos acaso el significado de esta última palabra?

Recuerdo que en la escuela donde estudié era una tradición, durante el último viernes de cada mes, dejar el uniforme en casa y vestirse con pañoleta, pantalón y camisa que casi siempre provenían del atuendo de miliciano de nuestros padres. Aquella jornada en la Rafael Martínez era dedicada a la asignatura de Exploración y Campismo.

Esos días, en que jugar «atari» en la casa de Arlén era también un estímulo para salir temprano del colegio, fueron especiales y no precisamente por las ganas de convertirse en súper Mario o Pacman.

Las excursiones a un bosque cercano, donde hasta nos inventábamos historias de brujas y princesas, o reconocer un camino por las pistas, nos mantenía todo el día entre la diversión y el aprendizaje.

Una década después de aquellas aventuras infantiles, reconozco que hay vivencias que ni recuerdo, y tal vez ya ni me atreva a subir una soga, pero extraño aquellas horas en que lo más importante era el contacto con la naturaleza.

Ahora pocas veces veo a los niños realizar acampadas, esos momentos cuando dejábamos la quietud del cuarto para dormir a la intemperie, sin importar si éramos asmáticos y cogíamos sereno, y hasta algún «gracioso» te asustaba con una rana.

Pero los tiempos cambian, y los niños también. Y ahora es mejor explorar con Dora en la sala de la casa y así, de paso, mamá nos controla desde la cocina. O es preferible para ellos imaginar que son Spiderman y tienen superpoderes, a luchar contra los «rayadillos», como Elpidio Valdés, en la manigua «detrás del edificio».

Con aquellos juegos, que se pierden con los años, y con las acampadas escolares, que disminuyen cada día por el ajetreo de los profesores y la sobreprotección de los padres, los más chicos obteníamos lecciones importantes para la vida. Esas que nos enseñan a proteger la naturaleza, a compartir con los amigos y hasta —me atrevo a decir— a ser más independientes. Esas que nos convirtieron alguna vez en nuestros propios personajes de las composiciones de Primaria.

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