Dos heroínas en la eternidad del infinito

Autor:

Glenda Boza Ibarra

A Silvia, Miriam y Anita en la Casa de las
Américas. A la gente de Cruces,
Encrucijada y Amancio.

Yo nací en cuna de oro. No porque mi mecedora tuviera ese metal precioso, y mucho menos porque mi familia fuera adinerada. Pero aquella camita de madera, que años antes mis hermanas estrenaron, fue un regalo de Haydée Santamaría a mi mamá.

Dicen que a un lado tenía una foto de su hermano Abel y al otro, una del Che. Cuando 18 años después la usé, aquellas imágenes ya se habían borrado y aun así me imagino los rostros de esos dos hombres que, para suerte de mi familia, Yeyé puso en la casa.

Pero la cuna se perdió. En el diario compartir de los que habitamos esta Isla, un día mi mamá la prestó y nunca nos la devolvieron. ¡Cuánto le ha dolido! ¡Cuánto le hubiera gustado conservarla hoy! Tal vez mi sobrino hubiera recibido desde sus primeros días esa muestra de amor que, sin imaginarse, la Heroína nos dio.

Sin embargo, cual magia del destino, siento que llevo mucho de Haydée. Compartimos los medicamentos para el asma, la predilección por los girasoles, el gusto por el arte, una tristeza que a ratos circunda, la fe infinita en el amor, la afición por la pelota y hasta el miedo a las ranas.

Cuando, de la mano de mi madre, descubrí de las bondades de Haydée en un pequeño pueblo al sur de Las Tunas, me di cuenta de que ella es mucho más que un recuerdo estremecedor.

Ella misma había dicho que Amancio era como Macondo, aquel poblado mágico y abandonado de la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

Más de medio siglo nos separaron a la una de la otra, pero he llegado a sentirla cerca, acompañándome. Para más fortuna, encuentro un parecido inexplicable entre mi madre y ella.

Años más tarde, la vida me trajo hasta la tierra de la otra heroína del Moncada, Melba, como si el destino se empeñara en reunirme con ellas.

Cuentan que era espontánea y comunicativa, entusiasta y siempre alegre, también como yo.

No tuvo hermanos de sangre, pero fue una hija más de los Santamaría. En ella Haydée y Abel encontraron una hermana, de esas incondicionales, por quien se podría hasta morir.

Transportaron las dos armamento hacia Santiago de Cuba. Yeyé los haría pasar por libros; Melba los escondería en cajas de flores.

Allí, en la granjita de Tizol, rodeadas por más de un centenar de hombres, plancharon los uniformes y corbatas que vestirían los revolucionarios en la mañana, limpiaron el patio donde parquearían los carros y fueron las últimas confidentes de los más profundos secretos, miedos y anhelos de sus compañeros.

Aquella madrugada de domingo, como buen hermano, Abel les prohibió acompañarlo. Pero ellas convencerían más tarde a Fidel y se irían a vivir o morir.

Fueron las únicas dos mujeres de aquel asalto, pero eran suficientes. Sobrevivieron al dolor y la tortura, agarradas a los barrotes de una cárcel cuya imagen alguien inmortalizó.

«Nunca fue puesto en un lugar tan alto de heroísmo y dignidad el nombre de la mujer cubana», sentenció Fidel para la historia.

Una preparó desde México el desembarco del Granma. En el muelle de Tuxpan despidió a los revolucionarios. La otra los esperaba en Santiago de Cuba, durante aquel levantamiento que planeaba con Frank.

Yo no sé dónde estaban cuando triunfó la Revolución aquel primer día de 1959. Seguramente bajaban con los rebeldes de la Sierra Maestra o llegaban de reunir las fuerzas en el exilio. Mas, esos detalles no importan.

Se incorporaron inmediatamente a hacer más, al lado de esa Revolución que acunaron desde sus primeros inicios y que vivieron hasta que quiso la vida.

Ahora ambas están junto a sus compañeros caídos aquel 26 de julio de 1953.

No podía esperarse menos, fueron a acompañarlos a la eternidad del infinitito.

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