El Estado Islámico y la guerra interminable

Autor:

Lázaro Fariñas

La aviación norteamericana está bombardeando a las milicias del llamado Estado Islámico en Iraq desde agosto, y en Siria desde septiembre, y hasta el momento, habrán matado un par de docenas de yihadistas y destruido 20 o 30 camiones o tanques, pero eso es todo lo que han logrado con sus bombas.

Nada hace indicar que los terroristas que componen ese mal llamado Estado hayan retrocedido o hayan cedido un metro de terreno en los territorios hasta ahora ocupados en esas dos naciones. Incluso, los bombardeos no han detenido las masacres que estos grupos han estado llevando a cabo, ni han deteriorado los recursos económicos que han estado fluyendo a sus arcas. Tampoco han impedido el reclutamiento de nuevos miembros, algunos de los cuales les llegan desde lejanas distancias, lo que hace muy difícil de explicar cómo lo hacen sin ser detectados por los famosos cuerpos de inteligencia de Europa, Israel o Estados Unidos.

Hasta ahora, los únicos que están ganando en esta guerra aérea —y ganando bastante— son los magnates del complejo industrial-militar que fabrica estos artefactos. Mientras más bombas dejen caer los aviones o lancen los buques, más bombas hay que fabricar y, por lo tanto, más dinero para los bolsillos de esos empresarios de la muerte.

No son pocos los expertos militares que afirman que las guerras no se ganan desde el aire; no son pocos los que dicen que, de una u otra forma, Estados Unidos tiene que desembarcar soldados si de verdad quiere destruir a estos vándalos quienes, en nombre de una religión, están implantando el terror en los territorios que conquistan.

El problema es que una y otra vez el Gobierno de EE.UU. ha declarado que no va a enviar tropas, que solamente va a enviar personal de entrenamiento para adiestrar a los militares iraquíes y que sean estos los que se enfrenten a los yihadistas.

Ese planteamiento es bastante absurdo, pues esos militares ya fueron organizados, entrenados y armados por el ejército norteamericano después de la invasión que derrocó a Saddam Hussein, y son precisamente esos militares los que abandonaron sus cuarteles en el norte de Iraq y salieron corriendo hacia Bagdad cuando los yihadistas cruzaron la frontera siria y se adentraron en territorio iraquí.

Hay que recordar que varias divisiones militares actuaron de esa forma. Los yihadistas no solamente ocuparon los territorios abandonados, sino que se quedaron con todo el armamento que esas divisiones habían recibido de Estados Unidos. Es decir, que la mayor parte de las armas que poseen estas milicias fundamentalistas proviene de los arsenales del ejército norteamericano, y no son solamente las que les ocuparon a los iraquíes en su fuga sino también las que recibieron directamente de Estados Unidos cuando estaban en Siria tratando de derrocar al Gobierno de aquel país.

Así que es absurdo pensar que la guerra se va a ganar reentrenando soldados que ya demostraron que no están dispuestos a enfrentarse con un enemigo que no tiene piedad con nadie, y que lo mismo decapita a periodistas, que ejecuta a centenares de prisioneros, viola a mujeres indefensas o enseña a niños en el arte del asesinato.

Hace poco, uno de los generales de mayor rango del ejército de Estados Unidos afirmó que esta guerra durará al menos 30 años. No creo que tenga razón el general. La guerra, por el camino que va y como la están llevando, durará muchos más. Quizá nunca se termine, pues aunque logren neutralizar a estas bandas de fundamentalistas con desembarcos de tropas extranjeras en aquellos territorios, eso no quiere decir que  desaparezcan de la faz de la Tierra.

Ya hemos visto el surgimiento de otros grupos de este tipo en otros países, ya hemos visto que ese fenómeno ha estado haciendo metástasis en otros lugares. Me temo que, mientras más tiempo pasa, más locos fanáticos se van a estar uniendo alrededor de la idea del califato que estos terroristas están propiciando. Existen factores en las sociedades actuales que favorecen la creación de mentalidades radicales y extremistas, mentalidades que solo necesitan de una bandera que las agrupe. Peligrosamente, el llamado Estado Islámico bien podría ser esa bandera.

*Periodista cubano radicado en Miami

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