Cuestión de supervivencia - Opinión

Cuestión de supervivencia

Autor:

Mayra García Cardentey

Ya lo dicen algunos estudios: nueve de cada diez problemas entre las personas emergen como resultado de una mala comunicación. Las cifras quizá no son tan exactas y categóricas cuando se refieren a lo que ocurre en las entidades públicas y empresariales, pero igual tienen connotaciones parecidas y alarmantes: conllevan a consecuencias económicas y laborales de amplias dimensiones.

Ha sido esta esfera propiamente, en varias situaciones, el «patico feo» de numerosas disciplinas y áreas de trabajo: en ella pocos invierten —algunos incluso la consideran «un gasto innecesario»—. Es también la primera actividad que en muchos casos se reestructura en busca de «racionalizar plantillas» —de todas formas, «cualquiera comunica», dicen algunos—, y una en las que mayor intrusismo profesional se advierte.

En este sentido, contadas son las instituciones de la administración pública que cuentan con estrategias de comunicación o especialistas encargados de tales menesteres. En el sector gerencial la suerte quizá sonría mejor...

Ante tal situación, la dirección del país con el asesoramiento de la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales, entronca como objetivo primordial, para fechas venideras y no tan lejanas, articular un sistema institucional de comunicación, en sus diferentes niveles y acepciones.

Pero de no llegar, a veces se pasa la meta, y dentro de este fenómeno existen cuestiones subyacentes que pueden nublar, especialmente desde la base de la pirámide, tan encomiable intención: en ciertos escenarios se lanzan en carrera de velocidad para tener su «estrategia de comunicación», cuando este tema, si se le compara con una carrera de fondo, exige más resistencia que rapidez.

En medio de este proceso, ciertos decisores institucionales no le dan importancia a la implementación de un procedimiento comunicativo organizado y mucho menos a tener en su organigrama una persona capacitada que se encargue de este. Por otra parte, muchos de los que ejercen estas funciones se convierten en individuos «sui generis»: el asistente personal del director, un reubicado porque no «cumplía con su contenido laboral» en su anterior desempeño y cubre la función para no resultar disponible, o un trabajador que vende más carisma que verdadera noción del tema.

En entidades más modestas el dilema pudiera incrementarse, y se puede identificar a personas —designadas a nivel institucional para esta tarea— que ignoran cómo articular mensajes efectivos que cumplan objetivos organizacionales. Otras no cuentan con las habilidades básicas para diseñar, implementar y dirigir una concepción de comunicación efectiva, y no pueden aprovechar las características, naturaleza, ventajas y usos de los medios de difusión y de los públicos a los cuales se dirigen.

Hay que eliminar la percepción del hecho comunicativo como un «mal necesario» y aprehender a esta esfera como una inversión a corto y largo plazo.

Sin comunicación no hay trabajo en equipo, ni es posible ejercer el liderazgo. Tampoco hay retroalimentación con el público, ni relaciones humanas viables hacia dentro o fuera de la institución.

Urge comprender que esta disciplina contribuye a mejorar el ambiente y el clima laboral, perfeccionar las relaciones intersectoriales y eliminar los desagradables rumores siempre con una política informativa efectiva y oportuna.

Ello no significa dar paso a improvisaciones o estrategias inconsecuentes y poco aplicables, desfasadas y empíricas, que sean puras arengas para los trabajadores o conviertan todo hecho intrascendente en noticiable para la prensa.

La comunicación se construye día a día. De igual forma llegará el momento de una mayor presencia de las empresas y los organismos públicos cubanos en las redes sociales. Eso ya está, y ahí tenemos que dirigirnos en estos tiempos en los cuales comunicar, en el plano institucional, ya no es un lujo. Es necesidad de supervivencia.

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