Cuidado con las cosas del alma

Autor:

Alina Perera Robbio

Hace algún tiempo, en estas mismas páginas, escribí sobre el peligro que entraña, incluso para el sentido común, el afán desmedido por ganar dinero. Dibujaba yo, entre otras anécdotas, la de un chofer de un viejo carro de los años 50 del siglo XX, quien me propuso esconder en la parte delantera del vehículo, pues no quedaba más espacio, a mi pequeña hija (como si la niña fuese un gato, expresé entonces).

Ahora vuelvo a la carga con una historia que me llega de primera mano y de la cual se derivan reflexiones urgentes: una joven apurada por llegar a su casa en una de estas noches habaneras decidió abordar una máquina estatal que andaba recogiendo pasajeros —esto de llevar pasaje «por la izquierda» se ha vuelto recurrente. Hizo el viaje ella sola, en la parte trasera, mientras escuchaba el diálogo entre el chofer y un amigo, donde se narraban peripecias y mañas para extraer el jugo financiero al automóvil.

Cuando vio que se acercaba a su punto de desembarco, la muchacha le entregó un CUC (lo único con que contaría en varios días) al chofer. Y el hombre, con tranquilidad pasmosa, le devolvió solo diez CUP (en vez de 14 o 15), y de paso dijo que no tenía cambio. La joven, con su historia de necesidades bien adentro del corazón, solo atinó a decirle, sobrecogida, que era un abusador. Él se hizo el molesto y le subió la parada: «Coge el dinero, no me pagues ninguna carrera».

Ella, sin salir del aturdimiento, le dejó el billete; se bajó hasta con complejo de culpa por haberle hecho el juego a un tramposo sobre ruedas y combustible del Estado; y solo atinó a decir en la oscuridad: «No se preocupe; le dejo la justicia a la vida…».

El tema dio para mucha tela por donde cortar entre colegas, porque es señal de cuánto se ha empobrecido en algunos, en tantos años adversos, el espíritu de la decencia, esa palabra que mis abuelos pronunciaban con el énfasis que llevan los asuntos cardinales de la vida.

Me pregunto, pensando en una mujer sola, sentada en la parte trasera de un automóvil e indefensa ante dos hombres con experiencia de larga calle, de qué dependerá ser caballero. ¿Acaso esa condición estará anclada a cierto estatus material, o es parte consustancial de la valía humana?

La otra arista es que en este angustioso tropiezo de víctimas y victimarios, los hombres y mujeres de bien deben estar muy despiertos, para evitar desmanes y aprovechamientos. La lógica es un privilegio que nuestra especie tiene a mano para ser usada: hay que meditar que un tramposo en principio (que hace dinero con lo que no es suyo), será tramposo en el instante más insospechado, y que entre sus predilecciones tendrá la de querer arrastrar a otros a su mundo de pillaje. Hacerle el juego, aunque sea por necesidad, nos llevará a caer hacia el fondo de una convivencia que terminará anulando nuestra capacidad de respuesta moral.

En estos tiempos en que la estafa como virus pandémico pretende contagiar muchos universos —y este asunto desde luego tiene fundamentos objetivos que pueden darnos explicaciones mas nunca excusas—, me aferro a la filosofía de una gran amiga, quien no le teme a tener que levantar la misma pared tres veces si es preciso, pero que se abisma ante la idea de ver derrumbarse lo intangible, esas cosas del alma que, una vez maltrechas, necesitarán hilos muy finos y pacientes para volver a brillar.

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