Lo que nos queda por probar

Autor:

Yoerky Sánchez Cuéllar

«¿Qué les queda por probar a los jóvenes en este mundo de consumo y humo?», se preguntaba el escritor uruguayo Mario Benedetti, cuya poesía exhala la pureza que le viene de los Andes, penetra el espíritu de los soñadores, y encuentra refugio en cada hito de transformación.

Benedetti, que fue un apasionado admirador de la Revolución Cubana, pudo ver cómo los jóvenes barbudos que bajaban de la Sierra para forjar una patria de derechos, construían —tal vez sin sospecharlo— la obra poética más trascendente de nuestra América. Sin calco ni copia. Solo con la metáfora del uniforme verdeolivo.

Cuando ha pasado el tiempo, y aquellos años resultan más distantes, junto a las fotos de los libros de historia y el relato de los abuelos, en el patrimonio simbólico de los cubanos permanecen grabadas las imágenes de una tropa imberbe, que supo ubicarse en su justo tiempo, con el fusil en alto y la aspiración de justicia en sus ideas.

Sin los jóvenes no habría sido posible la proeza del Primero de Enero. Y es Camilo, con 26 años, el que rompe los muros del cuartel Columbia para convertirlo en escuela. Y el Che, con apenas 30, el que después de una batalla heroica como la de Santa Clara, toma la fortaleza de la Cabaña y luego asume la dirección del Banco nacional. Y Fidel, con 32 agostos, el que se yergue como el gran líder, junto a su hermano Raúl, cinco años menor.

Los seguían otros muchos bisoños, dispuestos a dar la vida por preservar la libertad conquistada, cuando la Isla  comenzaba a librarse definitivamente de las amarras yanquis. Todos ellos solidificaron su canto de amor y combate en días duros, de agresión y muerte.

Otro gran escritor, Cintio Vitier, en su memorable ensayo Ese Sol del mundo moral descifra las claves del devenir histórico de nuestro pueblo después del triunfo: «La patria, que estaba en los textos, en los atisbos de los poetas, en la pasión de los fundadores, súbitamente encarnó con una hermosura terrible, avasalladora, el primero de enero de 1959. La teníamos delante de los ojos, viva en hombres inmediatos e increíbles que habían realizado en las montañas y en los llanos, lo que fue el sueño de tantos héroes, la obsesión de tantos solitarios».

En el tránsito por ese camino de liberación y autoestima, la realidad continuaba moldeando la poesía, a la vez que la juventud edificaba su obra, convirtiéndose ella misma en la principal arcilla. Vio entonces el propio Cintio, infinito martiano, que aquel que se creía poeta comprendía que el poeta era el otro que no hacía versos, o los hacía rudos porque los poemas más exquisitos parecían una vulgaridad insoportable junto a las palabras de quien no sabía escribir sino sangrar.

Hace unos días, cuando la Unión de Jóvenes Comunistas convocó a su X Congreso desde playa Las Coloradas y se les entregó a los Comandantes Ramiro y Guillermo una réplica del fusil utilizado por Fidel luego del desembarco del yate Granma, pude apreciar en los rostros de los muchachos presentes allí el aliento desbordante de la poesía que inspira, contra el humo y el consumo.

Ninguno de ellos había nacido, ni siquiera la mayoría de sus padres, cuando la Revolución Cubana comenzó a escribir sus primeros versos. Sin embargo, sus rostros reflejaban que la frescura de los años cercanos al triunfo rebelde sigue viva, porque lo bello conserva siempre un don perdurable.

Ellos han heredado la vocación de rebeldía de sus antecesores, la confianza en un mejor futuro, los derechos por los cuales no tuvieron que sacrificar nada, pues les son consustanciales desde el primer momento en que vieron la luz.

Las posibilidades con las que cuenta la juventud de esta Isla no surgieron de una noche de sorteos, porque la Revolución no es un premio que se gana en una rifa. Constituye el resultado del sacrifico de todo un pueblo, que ha encaminado sus pasos hacia la construcción de una sociedad socialista próspera, superior, donde lo más importante resulta la dignidad del ser humano.

Un Estado como el nuestro, que en sus políticas principales defiende la inclusión, el sano esparcimiento, el disfrute de los derechos políticos y sociales, siempre tendrá mayor legitimidad dentro de sus jóvenes que un modelo donde el individualismo de unos pocos robe espacios al resto, donde el dinero sea el que gobierne y los intereses de una mayoría se subordinen a una pequeña casta de burgueses.

Todas las generaciones, al tomar las riendas, se energizan y  lanzan sus fuerzas en aras de alcanzar utopías.

La nuestra, desde una Cuba resistente a los golpes —que quisiera entregar mucho más de lo que hoy puede—, sigue aferrada a Benedetti y a Cintio, porque aún quedan muchas cosas por probar. Entre ellas, la certeza de que la verdadera poesía, esa que es indispensable a los pueblos y de la que está hecha la Revolución Cubana, no morirá mientras exista un joven dispuesto a soñar.

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