¿Y si matamos los detalles?

Autor:

Osviel Castro Medel

Alguien escribió hace tiempo que «el verdadero significado de la vida radica en los detalles», razonamiento que invita a cuidar las aparentes pequeñeces.

Quizá, inspirada en ese concepto, otra persona con alto vuelo en el pensamiento lanzó en nuestros predios la «cultura del detalle», un concepto sobre el que se ha hablado o escrito kilométricamente y que está vinculado a la excelencia y los esmeros en todos los quehaceres o servicios.

No puede ser, según esa concepción, que una obra hermosa se ensombrezca por un parche colocado a última hora, un letrero deforme, un descuido que, al final, afee la imagen.

Peor aún es que la «simpleza manchadora» —esa que echa por tierra la apariencia bella— nazca de la actitud de los ciudadanos. Que surja, por ejemplo, del maltrato, la desidia y la indolencia.

Pero la cultura del detalle está ligada, también, a la constancia, a la doctrina de cuidar lo esplendoroso y no dejarle brotar, en ninguna circunstancia, tachas o desperfectos.

Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, pienso en mi Bayamo y en la calle General García, en la que hace tiempo nació un «paseo», célebre en toda Cuba por su pulcritud, elegancia y encanto. Pongo mi mente en ese pedazo querido de ciudad porque lo he visto alejarse de ese concepto de la exquisitez del que fue paradigma.

Hace unos años, digamos, era sumamente difícil ver a alguien con una bicicleta (ni siquiera «de mano») en medio de esta arteria, pero hoy ese detalle ha sido aniquilado en la práctica de varios individuos.

Y otrora era difícil ver una pared despintada, un cristal quebrado o empañado, un derrame de agua, un rótulo mal hecho. Ahora los «toques», acuchilladores del «detallismo», se asoman mínimamente en el paseo, que sigue siendo hermoso en panorámica, pero que ha menguado en los pormenores, tan importantes siempre. Algunos, de seguro, ni siquiera se han dado cuenta.

¿Es este el único caso de algo magnífico que empezó a ser lastimado de manera paulatina por varios lados, a la vista pública? ¿Qué pasaría si a cada obra bella dejamos matarle los detalles por la razón que sea? ¿Podremos demostrar que somos constantes en la preservación de lo grande y lo pequeño, como dictan los preceptos?

En las respuestas a esas interrogantes probablemente choquemos con otros fenómenos que nos reafirmen la necesidad de trabajar en sistema, sin intermitencias, con métodos renovadores, pero bien pensados, que no nos lleven al llamado bandazo.

Hace seis años, al escribir sobre el tema en estas mismas páginas, exponía que la fuerza de ejemplos negativos en nuestros entornos también había generado una incultura del detalle, letal para las aspiraciones colectivas de cimentar una sociedad radiante y con el lindo sueño de las perfecciones.

Así, esbozaba que ante esa corriente negativa es necesario no cansarse y escribía, en sentido figurado, que en tal escenario resultaba imprescindible «la búsqueda eterna del pétalo y de la mariposa, la captura incesante de la ternura, el casamiento con los modales tiernos, el afán de encontrar la pulcritud no solo en lo externo, el deseo de la palabra dulce, el gesto no comprado ni forzado».

Claro que no deberíamos cansarnos, porque entonces nosotros mismos mataríamos los detalles. Y los detalles han de mantenerse vivos en todo tiempo para que la existencia progrese, florezca... fulgure con toda intensidad.

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