Lo pasado es la raíz de lo presente

Autor:

Dra. Ana Sánchez Collazo*

La historia es parte esencial de la cultura, de la identidad nacional de los pueblos, porque la hacen los hombres inmersos en sus relaciones económicas y sociales con sus ideas, valores morales, contradicciones, sufrimientos, con sus triunfos, reveses y sueños.

La historia también es memoria, esa que mediante diferentes formas abiertas o sutiles nos quieren arrebatar o tergiversar quienes anhelan volver a dominar nuestra Patria, por ello estudiar la historia a fondo es quizá el instrumento más eficiente de que disponemos para transmitir valores, sentimientos patrióticos, heroicos, sentimientos revolucionarios.

Es necesario enseñar nuestra historia con un enfoque optimista y demostrativo del sentido progresivo del proceso histórico que no avanza en sentido lineal sino en forma de espiral con sus naturales e inevitables retrocesos, pero con una tendencia siempre progresiva. Por lo que el proceso de enseñanza-aprendizaje de la historia debe basarse en métodos activos del conocimiento que inviten a razonar, a reflexionar a los educandos sobre el porqué de los hechos, a descubrir sus verdaderas causas y efectos.

El destacado y ejemplar profesor Horacio Díaz Pendás nos enseñó que «la enseñanza de la Historia que no educa el razonamiento, en el ejercicio de pensar, no rebasará el papel de crónica descriptiva y estará muy limitada para cumplir con plenitud su función de orientación ciudadana. Por lo tanto, una de las importantes misiones de la docencia y de la divulgación es enseñar a explicar lo acontecido. Historia pensada es, ante todo, saber explicarse, saber formularse el porqué de las cosas y seguir encontrando y formularse nuevas interrogantes».

Pero debemos cuidarnos de los extremos, pues si se absolutizan solamente los elementos del método histórico-lógico, es decir la búsqueda de causas y efectos, tendencias y fuerzas motrices y se soslaya lo fenoménico de lo histórico, se caería en una enseñanza esquemática. Y si por el contrario, se hiperboliza la descripción de hechos, anécdotas, memorización de fechas y personajes aislados y se obvia el porqué del acontecer histórico también sería un error.

La enseñanza de la historia debe revelar lo esencial de los procesos históricos, sin excluir el conocimiento de los elementos informativos, anécdotas que envuelven las esencias. Contar la historia, narrar lo que sucedió, no tiene que ser contrapuesto a la rigurosidad del análisis histórico. Debe ser portadora de una cultura del diálogo, que conlleve al convencimiento a partir del intercambio de argumentos, de razonamientos y reflexión.

La palabra del maestro, su forma de hacer y decir debe emocionar; recordemos que nuestro Apóstol nos enseñó que «solo llega al alma lo que nace del alma», y si queremos formar convicciones debemos llegar a los sentimientos de nuestros educandos, motivarlos, propiciar el debate, debemos concederle un notable espacio a las preguntas que surjan de sus inquietudes y enseñarlos a encontrar las respuestas a través del estudio independiente, de indagaciones propias.

José Martí nos legó importantes recomendaciones para la exposición oral en la docencia; al respecto señaló: «la variedad debe ser una ley de la enseñanza de materias áridas. La atención se cansa de fijarse durante largo tiempo en una materia misma y el oído gusta que distintos tonos de voz lo sorprendan y lo cautiven en el curso de la peroración. La manera de decir realza el valor de lo que se dice: tanto que algunas veces suple esto. [ … ] La naturaleza humana y sobre todo, las naturalezas americanas  necesitan que lo que se presente a su razón tenga algún carácter imaginativo; gustan de una locución vivaz y accidentada, han menester que cierta forma brillante  envuelva lo que es en esencia árido y grave. No es que las naturalezas americanas rechacen la profundidad; es que necesitan ir por un camino brillante hacia ella. [ … ] los conocimientos se fijan más en tanto se les da una forma amena».

Y es que razón y sentimiento deben marchar juntos en la enseñanza y divulgación de la historia. Vivimos en momentos de diálogos, no de monólogos, y debemos prepararnos para ello. ¿Es fácil? No. Exige de una sólida y sistemática preparación por parte del docente, de su compromiso con la Patria, de su cultura histórica y pedagógica, de su pasión por sembrar ideas, de convencer con argumentos, de utilizar las potencialidades de la asignatura para contribuir a la formación de valores.

Hoy más que nunca necesitamos de todos los educadores, porque en sus manos está el presente y el futuro de la Patria. Es imprescindible por tanto una enseñanza de la historia que sin perder el rigor histórico-lógico y pedagógico sea atractiva y convincente y demuestre que la Revolución Cubana es una sola desde 1868 hasta nuestros días, lo que ha significado la unidad, o la falta de ella, a lo largo de toda la lucha del pueblo cubano; que revele el carácter histórico de las intenciones y acciones de los círculos del poder de los Estados Unidos por apoderarse de Cuba; que demuestre la necesidad histórica del socialismo y el papel desempeñado en la lucha del pueblo cubano por su realización, así como el liderazgo de nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Debemos conservar la memoria histórica, porque al decir del maestro mayor: «Hay que saber lo que fue, porque lo que fue está en lo que es. Lo pasado es raíz de lo presente».

*Directora del Centro de Estudios Martianos

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