Romanceo agresivo

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Te dice maleducada por no corresponderle su «delicadeza», vuelve a ofenderte como la primera vez, te persigue unos metros más, casi parece que se atreverá a tocarte… Pero apuras el paso. Es de día, el lugar es concurrido y no osará hacerte nada. Lo ha concebido solo como diversión; puede que ya esté preparando el próximo «piropo». Y para ti, bueno, fue un típico mal momento de los que te tocan cada día.

Pasas dos esquinas más, ya casi estás en tu estado normal de equilibrio y paz… «¡Mami, qué rica estás!», te agrede otro tono de voz. Y vuelves a apretar los dientes, otra vez te sube el vapor a la cabeza y piensas en decirle más de cuatro cosas. Pero anda con los socios, su pandilla de apoyo para quedar bien y «hacerse el tipo». Puede que tu respuesta cause más revuelo del que puedes soportar a esa hora. Mejor seguir caminando y volver a olvidar.

Pero no olvidas. Porque todos los días vuelves a tener tus dosis de romanceo agresivo, de los tipos que hasta te exigen agradecerle por su «elogio» no solicitado, de aquellos a los que no les importa si vas con la cabeza atormentada, si tienes un problema grave o si se te hizo demasiado tarde para un importante día de trabajo. En ese momento, eres solo un cuerpo de mujer que camina y, como tal, mereces todo lo que quiera darte, parecen razonar estos agresores del verbo.

Muchos hasta suponen que tu papel, lo que estaría bien hacer, es sonreír, dar las gracias o hasta regalar una miradita cómplice. Por eso se molestan cuando ignoras su «metáfora» y ante tu semblante rígido y ofendido, no atinan a otra cosa que a tildarte de orgullosa, abusadora, castigadora, y quién sabe cuántos disparates machistas más.

Porque el piropo —cuando se esgrime a modo de ofensa, de estocada de hombría pública, o de vacío desahogo hormonal y primitivo— coloca en una postura de desamparo, laceración e insulto que viene a recordar que por más feminista, progresista, posmoderna y revolucionaria que seas, andas aún a merced de las mentalidades masculinas que te siguen acomodando en la categoría de sexo débil.

Y si acaso te revelas, reclamas y devuelves el insulto con alguna de esas frases que plantan a cualquiera en su lugar, vuelves a quedar solo como la fierecilla herida y rabiosa que esa mañana despertó histérica y no pudo tolerar «tanto amor ajeno manifiesto».

¿Se trata de renunciar para siempre a los piropos?, dirán los ofendidos. Y está claro que no. Hay elogios preciosos que pueden funcionar de maravilla para acercar en medio de tanta distancia o timidez. Pero requieren cierto permiso, una dosis de respeto que funcione como preámbulo, para, si las cosas salen bien, atreverse a cruzar la línea verbal de lo que se fabrica en el subconsciente.

De lo contrario, aunque estén salpicados de poesía, seguirán luciendo como la ofensa que son, como el miedo que te hace cambiar de acera o evitar aquella cuadra, como la cautela que te llama a apurar el paso en ciertas esquinas, como la repugnancia e impotencia que provoca soportar lo que por convencionalismos machistas está llamado a ser parte de tu vida de mujer, de sexo débil. ¿O habrá que aventurarse un día, con un grupo de mujeres de avanzada, a cruzar la barrera legitimada y probar tanto empoderamiento histórico masculino con una dosis de piropos subiditos de tono?

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