Los padres que se divorcian de los hijos

Autor:

Edel Lima Sarmiento

Hasta los siete años, cuando sus padres se separaron, Alicia vivió en la familia de las maravillas. Era un hogar feliz —aparentemente feliz—, en el que todo giraba alrededor de la pequeña. Ellos se desvivían por complacerla, especialmente el papá, quien la consentía en cuanto gusto deseara la niña.

Un día la madre, como dijeron en el barrio, «se volvió loca». Fue sincera y le confesó al marido que ya no lo amaba. Ni las súplicas ni el llanto de él impidieron que Marta recogiera sus ropas y, con la hija, regresara a la casa de donde muy joven había salido vestida de novia.

Con esperanzas de reconciliación, Eduardo las visitaba uno tras otro fin de semana, y nada pareció cambiar al principio… Pero no hubo vuelta atrás. Él volvió a casarse y tuvo un hijo. Aquella pasión por la nena de sus ojos se enfrió: los contactos resultaron más distantes y en ellos destilaba el rencor irreconciliable por la ex esposa. Es cierto, Alicia nunca dejó de recibir la pensión mensual hasta los 18 años, pero creció necesitando el cariño, la preocupación y el apoyo espiritual de su papá.

Esta es solo una historia de muchas. Por los elevados índices de divorcio, en la actualidad son cada vez más los niños expuestos a que sus padres se distancien de ellos. Aunque no en todos los casos ocurre así, en ocasiones hay una tendencia a que los hombres asuman la separación matrimonial no solo como el fin de las relaciones de pareja, sino también de las filiales. Si bien no siempre los vínculos llegan a ese nivel de deterioro, abundan el descuido y la irresponsabilidad con los deberes que se adquieren desde el mismo momento de la procreación.

Salvo en situaciones excepcionales, siguen siendo las mujeres las máximas responsables de la educación y manutención de los muchachos tras el divorcio. El papel de sus ex cónyuges queda reducido a veces a la contribución monetaria que la Ley establece, la cual dista objetivamente de las necesidades perentorias de los descendientes o de lo que les correspondía antes de la ruptura de la unión. ¿Hasta qué punto es esta una conducta con aprobación a escala social?

Para algunas madres, reclamar ese derecho de su vástago se vuelve un verdadero dolor de cabeza. Una amiga «se graduó de detective» en las persecuciones al ex marido, quien sin dejar rastro cambiaba incesantemente de centro laboral. Otras, incluso, ven esfumarse el dinero durante algún tiempo, porque los «señores» no quieren trabajar.

Los padres que se divorcian de los hijos, por lo general, pretextan tener poco tiempo y mucho trabajo, o vivir demasiado lejos, o molestarles el rechazo abierto de la familia materna de los chicos u otras razones, que constituyen obstáculos superables si prevalecen el amor y las buenas intenciones. Algunos asumen una actitud retraída como represalia con su antigua compañera o borran sus obligaciones anteriores al concebir prole en otra relación. También hay quienes atrapados por drogas como el alcohol, pierden la brújula de la paternidad.

Tremendamente contradictorios son aquellos hijos olvidados por sus progenitores que, al llegarles la oportunidad de conceder todo lo que les negaron, reproducen la apatía en la atención a otra criatura que tampoco pidió venir al mundo. ¡Cuántos sentimientos extraños y encontrados siembra el dolor en los seres humanos!

Que pongan a un lado las diferencias y brinden el apoyo económico y emocional necesario a los hijos, suelen aconsejar los psicólogos a las parejas divorciadas. No se trata de una competencia entre las partes, sino de facilitar el desempeño del otro. En definitiva, ¿qué los continúa uniendo?, ¿quién es el que más se beneficia y se los agradecerá en el mañana?

Alicia existe. Tiene 33 años y tres niños; le va muy bien en el matrimonio. Ni el tiempo ni la madurez han sanado los traumas por el desapego de Eduardo. No lo perdona, le guarda resentimientos. Ahora escribe la historia de su vida, de la que conocemos ya uno de los principales conflictos.

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