Como pavos reales - Opinión

Como pavos reales

Autor:

Osviel Castro Medel

Las temperaturas, insoportables, invitan a refrescarse, no solo en julio, agosto, septiembre..., una demostración de que aquello del «eterno verano» no es una fábula de Esopo.

En cualquier época del año uno siente el deseo de soltar la carga del vestuario y aligerarse al máximo. Sin embargo, me preocupa que con esas inclinaciones nos sobrepasemos, tal como ha sucedido muchas veces.

Lo escribo porque hay demasiadas escenas, a lo largo del año, que nos retratan casi como neandertales en medio de parques, esquinas, calles y otros sitios que supuestamente nada tienen que ver con una playa.

Incluso, en los últimos tiempos se ha desatado una enfermedad llamada «Hinchazón musculosa», también conocida por «Narcisitismusculoidis», cuya etimología proviene de haber pasado un buen tiempo levantando hierros; los primeros síntomas son el miramiento insistente de los bíceps y la colocación de los pectorales desarropados en una postura que nos recuerda al pavo real. Tendríamos que pensar si tiene cura.

Tal vez alguien «tropical» se atreva a defender esa fiebre del pecho descubierto, pero parecería torpe ignorar que, como en muchas otras cuestiones de la vida, existen los matices. Que hay lugares y lugares.

«No es lo mismo enseñar el torso sudoroso en una esquina despoblada de Remanga la Tuerca que en la populosa Rampa capitalina. No es igual descamisarse para arreglar un auto roto a orillas de una carretera que hacerlo “por amor a la piel” para ir a la bodega», decía el comentario Descamisados, publicado hace siete años en este propio diario y que conserva plena vigencia.

¿Se imaginan que, con estos calores, nos fuéramos a los restaurantes, estadios, escuelas, ómnibus, comercios y centros laborales con el tórax desvestido? ¿Se imaginan la mezcla de olores y sensaciones en nuestro día a día si permitiéramos que la sociedad toda se descamisara?

El asunto, no obstante, tiene una arista más compleja o profunda, que es, en definitiva, la que ha de llevarnos a la reflexión seria: la permisividad colectiva a este tipo de exhibicionismo insano.

Cuando varios individuos juegan con frecuencia a los descamisados en sitios concurridos, sin dudas sobreviene un reto explícito a los mandamientos sociales y se presenta un desafío para el resto de los ciudadanos que transitan los caminos de los patrones tradicionalmente aceptados.

Pensando en eso, ahora mismo recuerdo la muestra de «tetilla desvestida» que en plenos carnavales se aventuraron a realizar varios ciudadanos por una céntrica calle del oriente del país. Fue una provocación al resto de sus circundantes y un enfrentamiento velado a los responsables del orden. Ellos, los semidesnudos, de seguro sintieron que triunfaron.

Las sociedades humanas necesitan termómetros, reglas, cánones y normas para diferenciarse de otros grupos del reino animal y, sobre todo, para lograr la convivencia en armonía. Por eso mismo, requieren también muros de contención, medidas coercitivas que impongan respeto y paz.

Aquel escrito de 2008 sentenciaba que a menudo «se incurre en el yerro de englobar como insolencia para la sociedad solo aquello que luce extraordinario: las pedradas a un cristal, el imprevisto boxeo callejero, el Güenseslandy y Yumisisleydis U.P. S, rotulado en la pared de un tren lechero. Y aquellos actos en apariencia menores, como la vocería en un solar o los mencionados descamisados frente a las masas —grandes o pequeñas—, se pasan por alto, sin aplicar remedios».

Al final, cuando estos temas desembocan en la palestra pública, se mira de reojo a las instituciones, la familia y la escuela, y resurge, como casi siempre, la palabra educación, que sobrepasa con creces la llamada instrucción.

Mas, mientras una mayor civilidad venga llegando por esos cauces formativos, se ha de reforzar, por otro lado, la tuerca de la exigencia. Es preciso meter en cintura y en camisa no solo a los descamisados, sino también a cuantos pretendan hacernos creer que estamos en la selva.

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