Un muchacho más allá del presente

Autor:

Alina Perera Robbio

«Debemos escribir sobre Mella, este domingo es 10 de enero», comentó hace unos días un colega y editor del periódico. Y asentí, me convertí en responsable de las palabras pendientes. Después recordé que desde hace algunos años ese excepcional cubano que murió siendo un muchacho se ha convertido en un tema que casi siempre, en fechas señaladas, recala en mí.

Honestamente la asociación me enternece y desborda, porque Julio Antonio fue un ser inmenso, lleno de luz, que se prodigó en inteligencia y vitalidad a pesar de su corta existencia. Comentaba yo hace algún tiempo que él vivió en esta Isla cuando había tranvías, y coches de caballos, y las ideas se amplificaban impresas sobre el papel o a viva voz. Y preguntaba: ¿Será por eso más viejo que muchos de quienes respiran el presente?

En un homenaje que él merece cuando se cumple otro aniversario de su asesinato este 10 de enero, comparto mi certeza de que él sigue siendo un modelo del porvenir: ¿Qué hubiera pensado Julio Antonio apostado en ciertas esquinas de la ciudad; él, «llama encendida y relampagueante» (dibujado así por un amigo), lleno de entusiasmo y capaz de conmoverse con los más débiles?

Él, bello y amante de la belleza más profunda; tímido y pudoroso con las muchachas; y fiero y vertical en la defensa de su pensamiento. Él, consciente de su destino, de tener sobre sí el estigma por ser un «apestado de la fiebre roja» del Comunismo, para él la única opción, que «no es un delito», de los revolucionarios honrados. Él, para quien la coherencia y el esfuerzo personal en aras de los demás eran religión, y que creía en andar inspirado, en la «inquietud constante», en el «renovar continuo de ideas y cosas» como «condición esencial» de la vida…

Creo que Julio, hijo de un país cuya verdadera emancipación estaba pendiente, hubiera estado feliz hoy con tanto bien conquistado, pero que también hubiera roto lanzas contra otros molinos que nos entorpecen el avance hacia una sociedad superior. Y sería igual de antiimperialista, como lo aprendió de José Martí.

El 10 de febrero de 1929, al mes de que el muchacho fuera asesinado, Tina Modotti, la novia de la cual iba él del brazo cuando fue balaceado por la espalda en la Ciudad de México, expresó en un homenaje: «hay muertos que hacen temblar y cuya muerte representa para todos los asesinos una amenaza igual o mayor que su vida de luchadores; (…) Mella es ahora un símbolo de la lucha revolucionaria contra el imperialismo y contra sus agentes, y su nombre es una bandera».

Todavía la frase no se marchita: hay muy poco de viejo en Julio Antonio, apenas los días físicos de los que no pudo fugarse. De él, nacido el 25 de marzo de 1903, deslumbra cómo la profundidad, el compromiso diáfano, no estuvieron en contradicción con el amor por la vida y todo lo hermoso que esa vida pudiera entrañar. Un testimonio dejado para la posteridad por un profesor universitario que conoció al excepcional comunista no los muestra como una persona equilibrada, con apetito envidiable y excelente salud. También se sabe que era alegre, entusiasta, amante del deporte, que hablaba como abrazando, que podía entablar relaciones con personas de diversas edades y características, que siempre buscaba tiempo para leer, que era sumamente sensible y que, como su pasión era la justicia, defendía sus ideas con una intensidad que podía llegar a ser telúrica.

«En Cuba, nadie ha hecho tanto en tan poco tiempo», ha dicho Fidel sobre Mella. El intelectual cubano Alfredo Guevara describió a Mella como un «mago»: «En poquísimo tiempo —cito sus palabras— hizo de todo. Construyó estructuras de lucha antiimperialista; participó del apoyo a Sandino; fundó la FEU y el Partido Comunista, participó de la I Internacional... Y no duró nada, pero eso que duró vale por mil años».

Muy joven, además de la Federación Estudiantil Universitaria, Mella fundó la Universidad Popular José Martí, la Liga Anticlerical, la sección cubana de la Liga Antiimperialista de las Américas y el Partido Comunista de Cuba junto a Carlos Baliño. Fue expulsado de la Universidad de La Habana y encarcelado. Salió en libertad luego de mantener una huelga de hambre durante 18 días, y de una fuerte campaña de solidaridad en Cuba y fuera del país. Embarcó clandestinamente, rumbo a Guatemala, de donde lo deportaron hacia México.

En tierra azteca continuó su lucha en pos del movimiento revolucionario del archipiélago. Incorporado a las filas del Partido Comunista Mexicano, llegó a ser su Secretario General. Defendió las causas de América y Cuba en más de un periódico y en diversos frentes. Fue asesinado con solo 25 años. Según palabras de su amigo, el pintor mexicano Diego Rivera, el sepelio del luchador resultó ser el más grande que recordara el país hasta aquel momento.

Hay que volver a Mella; estudiarlo con paciencia. Hay que subrayar su exhortación a que fuésemos seres pensantes, no seres conducidos. Volver a su gusto por lo poético, a su entusiasmo, a su capacidad de amar, a su pudor (palabra que habla de las sutilezas del alma y que algunos han intentado desterrar del mapa social mientras ostentan cualquier cosa, ya sea un rasgo físico o una posesión material).

Julio ofrece clave sobre una belleza redonda: se puede defender una gran causa sin que ello implique falta de pasión o falta de elegancia. Se puede ser un enamorado de lo grande, suerte que solo será posible si antes se vivió un enamoramiento por múltiples jornadas pequeñas.

«Te quiero, serio, tempestuosamente. Como algo definitivo». Vuelve como una ola, desde el pasado, la declaración amorosa del gran luchador a su última novia. Se nos ha quedado esa frase en el corazón, porque en esa capacidad de amar encontramos la sustancia del hombre grande, y brújula para seguir haciendo el mundo que soñamos, ese mundo que nos urge.

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.