El beso del hijo suena

Autor:

Mario Cremata Ferrán

¡Oh qué luz tan distinta/ la de la vida,/ y solo entonces, sí,/ qué luz tan distinta/ la de la muerte!

Fina García Marruz

Ella lo intuía, y la intuición de una madre no suele fallar. Este jueves 28 de abril, día de su cumpleaños, estuve a su lado. «José María está de viaje y Sergio lleva varias semanas enfermo. Me dicen que está mejor, pero no estoy segura de ello», me dijo, antes de conducirme frente a la estampa de la virgen: «Hoy cumplo 93 años y, como gozo de una salud formidable, lo único que le pido a ella es que no me haga la maldad de ver morir a un hijo mío».

Este 1ro. de mayo se cumplió la fatídica predicción: recuperándose de sucesivos problemas de salud, Sergio Vitier García Marruz no pudo resistir un accidente cerebrovascular. Tenía 68 años.

Restan pocos días para el segundo domingo de mayo. Ella lo intuía… pero su condición de madre no le permitió prepararse para ese soplo canalla que su religiosa estatura prefiere nombrar súbito ascenso. Ahora, en medio de la desolación mayor, confía en que su sombra hará la eternidad más breve. En definitiva, «Morirse es volverse exterior como la luz».

Vino de una familia tutelar, una legión de humanismo, decoro y cubanía. Le correspondió ser el primogénito. Llevó el nombre del abuelo materno, médico eminente y hombre probo. Descendiente de mambí, no pocos arranques de su carácter podrían considerarse reminiscencias de las cargas al machete que libró en la manigua su bisabuelo, el general José María Bolaños.

No es frecuente que el talento se transmita en heredad. Tampoco la sensibilidad musical. Pero la irradiación de esos dos pilares que continuarán siendo Cintio Vitier y Fina García Marruz bastó para que sus hijos los recibieran, en alto grado, y llegaran a convertirse en virtuosos compositores e intérpretes. Por esa razón el padre no se cansaba de repetir que su mayor orgullo eran sus hijos músicos.

Fue tal la fascinación que produjo en su hermano José María, seis años menor, que el hoy connotado pianista se acercó al universo sonoro atraído por los acordes que las manos de Sergio hacían emanar. Es que la guitarra ha sido, desde siempre, un instrumento inmejorable para noviar, suscribirían ambos, entre cómplices miradas.

Discípulo de dos figuras canónicas como Isaac Nicola y Leo Brouwer, supo imbricar con armonía el legado de la academia con las aportaciones muchas veces preteridas de carácter popular, fruto de la tradición afrocubana. No en balde durante su sepelio resonaron los tambores del Conjunto Folklórico Nacional.

Desde su vinculación al Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, el repertorio de sus composiciones para el cine cubano es envidiable. Desprovisto de cualquier asomo elitista, cultivó las más inimaginables amistades y defendió, frente a todo obstáculo, la identidad nacional.

No es exagerado afirmar que nuestra guitarra perdió una de sus cuerdas. El duelo de la música cubana contagió incluso a quienes, ajenos a sus luces totales, admiramos la trayectoria de un genio que ahora conoce esa «extraña lucidez del dormido».

Lejana parece hoy la época dichosa de la infancia en la Víbora, por más que Figueroa 358 entre San Mariano y Vista Alegre aún lo guarde. Vuelve a ser el niño que aparece retratado junto a la arboleda del parque Mendoza, del brazo de su hermanito y con una bicicleta en guindas. En una imagen se ve a Lezama, severo, con la mano puesta en su hombro diminuto. En otras monta a caballo el muchachón que gustaba de las excursiones por parajes agrestes, con la compañía de Samuel Feijóo.

Su huella está en todas partes. Merece décimas, inspira poemas. De hecho, es también el nombre persistente en las dedicatorias de los poetas y ensayistas cercanos a su cuna. Cada libro, cada celebración de la década de 1950, se vieron coronados con su desbordante inocencia. Tanto, que cuesta creer que se marcha uno de los últimos destellos de esa familia de Orígenes, inoculada en su sangre desde su nacimiento.

Un sollozo indecible. Luego un sordo, sobrecogedor silencio. Pareciera que todo el desamparo se ha conjurado en su rostro abatido. Se aproxima, como flotando. Conmueve. Uno se pregunta qué misteriosa fuerza la sostiene y ella, poetisa marchita, solo atina a musitar: «Tan solo el beso/ del hijo suena/ triste, como una musiquilla/ que no vamos a oír/ por mucho tiempo./ Sí, el soplo/ del pánico/ purifica./ Luego se vuelve/ a vivir/ y ya no se sabe/ más que un día/ estuvimos muertos».

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