Primeriza

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Parece que alguien le estuviera dictando cada paso. Ella siempre sabe qué hacer y no tiene ni la más mínima experiencia en esas lides. Pero se lanza, lo inventa, vence. Ya nadie puede ganarle en tal labor. Da igual que la rodeen experimentadas parteras, comadronas de las más duchas o madres de las centenarias: como ella no lo hace nadie. Es su primer hijo, se estrena en el arte de la maternidad, y ya puede alardear de todo un doctorado.

Tiene miedo ante lo desconocido. Eso se ve. O lo imaginamos nosotros que la conocemos bien y sabemos los temores que padece. Pero no hay rastros de tibieza cuando se lanza a cargar, cambiar un culero, sacar un aire, bañar el diminuto cuerpecito o hasta vestirlo con esos complejos modelitos de hoy día. Por fuera no se le ve el titubeo. No imagino en qué tiempo habrá estudiado tanto. Especulo que ese paquetico de conocimientos se lo han regalado el día mágico del parto.

Ella ignora lo complicado y sigue viento en popa por los agitados mares de la maternidad. Ni siquiera se da cuenta de su proeza de marinera añeja cuando la verdad es que ha sondado pocos lagos. Parece que todo se pusiera a su favor, en pos de su energía única, rendido por su amor incontenible. Tiene el control de la naturaleza y va usándolo como si fuera un pequeño don. Así de espontáneo es su nuevo vuelo. Contra todo presagio y adversidad.

El sueño la vence, las ojeras se deslizan por su cara y van a parar al piso. Entonces una especie de piloto automático del más especializado, quizá un aura mágica y poderosa, toma el control de la situación. Cierra sus ojos. No puede evitarlo. Pero el alma se encarga de sostener a su pequeño con enigmática fortaleza. Y cuando por fin parece que el chiquitín caerá rendido a merced de los encantos de la leche materna, otra vez se llena de energía y la emprende a gritos contra el mundo.

No sé cómo puede. Pero ella sonríe. «Este gordito que no se llena», dice divertida y exhausta, como si la colmara de placer el inacabable ritual que consume sus horas de descanso. Nunca son más de tres en los primeros meses, eso es conocido. Pero supongo que sea difícil estar preparada para soportar semejante ritmo con tan buen humor. Aunque se sabe que en la obra de teatro que es la vida no hay ensayos posibles, se me antoja pensar que ella ha practicado su papel en otra existencia.

«Tiene frío», «Es el calor», «Está incómodo por el culero», «Debe ser un aire», se aventura constantemente. Y todos los gestos indescifrables del infante son traducidos a la perfección por las suposiciones maternas. Intuición, dicen. Yo tengo mis reservas aún sobre la verdadera estrategia secreta con que ella nos tiene anonadados.

Nada sobre el arte de ser madre está plasmado en un manual (aunque hoy se escriba de casi todo). Sin embargo, es como si cada movimiento se fuera dibujando en el aire en trazos solo visibles para la escogida inexperta. Algo tendrá que ayudarla. ¿O el corazón es capaz de aprender por asombroso sortilegio?

Desde la tarde de aquel 6 de abril ya nada es igual. Alexandrito llegó para cambiarlo todo. Ella nunca diseñó un plan perfecto, pero se preparó para su venida como pudo. Y cuando el bebé tocó a unas puertas que nunca habían sido abiertas, se destaparon otras tantas sensaciones que quién sabe por dónde habían andado todo este tiempo. Surgió el sentir. Se dio el saber. Deben ser toques divinos reservados solo a primerizas.

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