La causa de las cosas

Autor:

Graziella Pogolotti

Conservo un rasgo infantil, la manía del porqué. Las criaturas descubren el mundo en la medida en que se apropian de los sentidos. Después de tanta protección en el vientre materno, el universo se les presenta confuso y ajeno.

La educación procura instruir. Pero, el abandono de ciertas precauciones conduce a coartar la curiosidad innata. Transmitimos a veces verdades simplificadas y definitivas como si el transcurso del tiempo no tuviera un permanente carácter transformador. Desgasta y renueva.

Para construir nuestras vidas, tenemos que entender la realidad que nos envuelve. Indagar el porqué ayuda a detectar apariencias engañosas acerca de las causas de las cosas. La humanidad tardó siglos en percatarse de que a pesar de lo que parecía ser, nuestro planeta no era el centro inmóvil del universo.

Nuestro Presidente, el compañero Raúl, ha insistido en la necesidad de detectar las causas de los problemas para subsanarlos y no repetir errores. Para hacerlo, hay que incorporar cambios de mentalidad y de métodos de trabajo. Al término de la tarea cotidiana, hay que dedicar tiempo al análisis y la problematización del entorno. Porque entre las causas de las cosas intervienen factores de distinta naturaleza. El motivo inmediato, el que salta a la vista, se complejiza en el cruce de lo tangible y objetivo con la subjetividad instaurada en hábitos, en formas de comportamiento. Como decían los antiguos, la historia es maestra de la vida. Saber de dónde venimos induce a descubrir las causas de los problemas del presente. Es indispensable verla como un proceso, para aprender la realidad en sus múltiples interconexiones.

Por su posición estratégica, la Isla siempre fue objeto del deseo para las potencias en conflicto. Por eso, La Habana fue ocupada por los ingleses, fuimos acosados por piratas, corsarios y bucaneros, y entramos desde el siglo XIX en el imaginario estadounidense como anexión necesaria para completar el territorio propio económico y en su articulación a la seguridad nacional.

La independencia de Haití fue un componente decisivo de un diseño económico sustentado en la producción azucarera. Nos hicimos monoproductores volcados hacia la exportación. Favorecimos la expansión del latifundio. Entre vacas gordas y vacas flacas, nuestra supervivencia dependió de acontecimientos internacionales y de los valores en el mercado especulativo de las bolsas, las de Nueva York y Londres en particular.

Con esos presupuestos se fue haciendo la sociedad cubana. Constituiría un gran error concluir en una visión unilateral del determinismo económico. Las noticias de Haití no llegaron solamente a los potentados criollos con capacidad e influencia en la corte del rey de España. Por razón de cercanía y de emigración de los colonos franceses, las noticias llegaron también a los de abajo por vía de la incontenible comunicación oral.

Aquellos fenómenos fueron la matriz de una profunda contradicción con derivaciones económicas, sociales, ideológicas y políticas. El azúcar reclamaba el monstruoso agigantamiento legal e ilegal de la trata negrera. El patricio criollo vio peligros latentes en índices demográficos que revelaban un desequilibrio creciente entre el número de blancos y de negros o mestizos. El recuerdo de Haití seguía siendo inquietante. Pensaron entonces en un reformismo cauteloso, que incluyera la prohibición del tráfico y la perspectiva de una lenta abolición de la esclavitud.

La sociedad cubana era mucho más compleja de lo que nos muestran las imágenes simplificadoras de la esclavitud y el cimarronaje. Por motivos muy largos de resumir en este breve espacio, existía una capa criolla de negros y mestizos libres que se desempeñaban como artesanos, músicos y en otras actividades que los aproximaban a las profesiones liberales. Algunos tuvieron entrenamiento militar en los batallones de pardos y morenos. La Revolución haitiana representó para muchos de ellos una siembra de sueños de emancipación. Por su desmesura y espectacularidad, la represión contra las conspiraciones de Aponte y de la Escalera en el año del cuero respondieron a propósitos ejemplarizantes.

Las Guerras de Independencia fraguaron la nación. Los combatientes aspiraban a la separación de España, pero no todos concebían el porvenir de la misma manera. En estos casos, el papel de las personalidades no puede minimizarse. En este batallar, José Martí juntó fuerzas. En sus discursos, en su epistolario, en sus numerosos escritos, en el Manifiesto de Montecristi, se está perfilando la república soñada.

Las complejas interconexiones de lo externo y lo interno son el germen de sociedades con rasgos propios, no solo por la composición social y la configuración de las clases, sino por las expresiones del batallar de ideas y la lenta construcción de mentalidades. En el siglo XIX Félix Varela asumió el radicalismo en las Cortes de Cádiz, mientras el liberal Arango y Parreño imponía los criterios de la sacarocracia. Eran semilla de emancipación y dependencia. Conscientes de su papel, los intelectuales tomaron partido. En Regla, tuvimos un impresor mártir, Eduardo Facciolo. Ideas y tradiciones cobran vida en la base popular en un intercambio ininterrumpido de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. La ciencia de la política y el arte de la comunicación transmiten la energía para la acción. Entendida de esa manera, la historia se transforma en cultura, en fecundo legado para la comprensión y el actuar en la contemporaneidad.

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