¡Quinientos pesos!

Autor:

Liudmila Peña Herrera

Cuando lo solté, con un suspiro, todo el mundo me miró con cara de burla y me ripostaron con la más tranquila naturalidad: «¿Cien pesos? ¿Y te quejas por eso? Si a fulanito le llegaron este mes ¡quinientos pesos!».

Confieso que un instante después me sentí como una idiota rezongando por un regalo que le han dado. «¡Quinientos pesos!», repetía mi mente atrofiada por la cifra —astronómica para mí— y en mi cerebro buscaba calificativos para aquellos que gastaban 500 «heroicos» pesos en electricidad.

En mis cálculos, 500 pesos = 20 CUC = veinticinco pesos menos que mi salario básico = malanga + plátano + especias + algún plato más o menos fuerte + los muslos de pollo para el niño + algún que otro estironcito... en fin. Quien vive en Cuba sabe que 500 pesos, como 20 años, no son nada.

Me fui con mis cuentas a otra parte, y encontré a unos amigos a los que no pregunté, por prudencia, cuánto habían pagado ese mes. Me limité a saber si ponen mucho el aire acondicionado, o si hacen como yo, que lo enciendo ¡a veeeeeeeeeces! después de las 11 de la noche y hasta que me acuesto, casi al inicio de la madrugada. El pobre... Quiere trabajar, cumplir el plan, ser vanguardia, pero en casa le apagamos esas ansias.

«¿Quitarlo...? ¡Si nos encanta dormir con frazada!», me respondieron ellos sonrientes, desprejuiciados. Y yo fijé un teorema más evidente que el cambio climático: a cada cual según sus posibilidades, de cada cual según su temperatura.

Pero ahora, cuando el tema del ahorro energético está en la calle y camina en boca de la gente, y muchos andan preocupados por los «megas» que les asignaron a sus centros laborales, mientras en las TRD arde el día, y se transforman los horarios empresariales, y hay «apagones» autoplanificados, y en las noches debe andarse con cuidado en ciertas partes de la ciudad por «defecto» de luz eléctrica... Por eso me pregunto cómo todavía hay personas que ven como natural el gastar tanto sin que se les llene la cabeza de preocupaciones.

Será porque se estresan menos o porque son menos «psicorrígidos», como dice alguien muy cercano. O tal vez no se han dado cuenta de que la televisión holguinera redujo las trasmisiones a una hora al día para ahorrar más, ni comprenden que el tema del combustible es un asunto inquietante a todos los niveles, y por eso algunos aun justifican el despilfarro en la burbuja en la cual viven.

A mí, obsesiva como soy, sí me ha dado por apagar todo lo apagable. Ya no soporto el televisor encendido en la sala como si fuese un radio, y uso lo menos posible la cocina eléctrica, porque es una chiquilla derrochadora.

Ando detrás de la computadora prendida cuando nos vamos a comer, y abro puertas y ventanas con tal de que no falte la luz en mi cocina, la parte más oscura de la casa. Contenta sí debe estar la plancha en su rincón, aunque las camisas alisten una huelga de arrugas. Conservo los recibos de la corriente mes tras mes y comparo los megawatts consumidos. A veces, es cierto, mis cálculos no dan. O al menos yo no los entiendo, aunque persisto.

El verano nos llevó tenso, pero algo hay que hacer antes de que el cobrador de la luz llegue con la cuenta. Y no hay que botar el sofá —digo, los equipos— por la ventana. Jamás se me ocurriría prescindir del microwave, por ejemplo. Es cosa de vivir con sensatez. No ha de olvidarse que muchos de los artefactos eléctricos de los que disfrutamos en el hogar permanecen en stand by consumiendo energía, por supuesto, si están conectados a los tomacorrientes.

No sé si a usted y a mí nos preocupará lo mismo; ni si ha abierto tanto como yo los ojos cuando en el recibo el número es muy alto, y hasta se ha permitido una bromita con el cobrador para relajar. Lo que sí está claro es que estos —quizá como nunca antes— no son tiempos de derrochar, máxime cuando se ha protegido, en primera instancia, la asignación de energía al sector poblacional. Y aunque en lo económico arde el bolsillo, mucho más dolería que comenzaran los apagones aquellos, acorralados en el museo de nuestra memoria, durante los cuales no pocos se confundieron creyéndose tenores o sopranos, mientras se les descongelaban el sueño y el refrigerador.

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