Raquel en la otra orilla

Autor:

René Camilo García Rivera

A Silvia y Ailen, porque muchas de estas frases también son para ustedes

Raquel se fue y me dejó un boquete inmenso en el pecho. Como siempre, intenté remediar los dolores con palabras. Tejí una alfombra con hilos de consuelo, encubridora, para no sucumbir a la nostalgia; pero el tejido se despeñó por el pozo ciego de su ausencia. Ahora nos separa un abismo, no hay caminos, solo frases y memorias suspendidas; escarchas para hilvanar un puente que me lleve a la otra orilla, la orilla de Raquel.

Todavía no asimilo la distancia. La despedida duró lo que un disparo. Apenas dijimos adiós y ya nos separaba medio mundo. Acaso siquiera dijimos adiós. Quizá lo imaginamos y resultó suficiente. Tampoco hubo tiempo. Nos alejamos de un tirón, sin chistar, como se desprende un esparadrapo de la piel. El trauma dejó su huella en forma de añoranza, tal vez incluso antes del desgarrón.

El último día juntos anticipó nostalgias prematuras. Quedamos vernos en el teatro, y Raquel llegó una hora retrasada. Se bajó del taxi sonriente; ceñía a media pierna un vestido de flores amarillas. Cuánto polen desprendía a cada paso. Aún quedaba tiempo antes de la función, suficiente para deslizarnos a la costa, profética deidad de los isleños.

Las conversaciones junto al mar suelen adquirir dimensiones más profundas, más conmovedoras. Tal vez la certidumbre de lo inmenso arruga nuestra presunción. El mar, tan poderoso en las olas, transmite humildad en la orilla, y el ser humano resulta más espiritual y más sincero en el recogimiento.

En el diálogo eludimos los cismas inminentes. Los bordeamos con disimulo equilibrista, aunque sabíamos —cómo ignorarlo— que la tierra comenzaba poco a poco a abrirse a nuestros pies, a separar nuestras orillas. Esa tarde las omisiones dijeron más que las palabras, los gestos más que los sonidos. Al rato, el fino tono ocre del crepúsculo ya teñía los herrumbrosos edificios habaneros.

Caminamos de regreso junto al Malecón, frontera poética y poetizada del límite, preludio de partidas, testigo de romances, muro de oraciones y pedidos. Andamos con las cámaras colgadas al pecho, en busca de fotos enconadamente esquivas. Como de costumbre, ella escudriñaba con su lente en el alma de Cuba; yo, en el alma de Raquel.

Ella solía ofrecerse, mostrarse, su expresión invitaba a la fotografía; pero un instante antes del disparo, difuminaba su ánima. O giraba la cara para engañar al enfoque, que seguía a su pelo —telón torero— y no a su rostro. Por eso opté por la distancia, por esconderme tras árboles, personas, parapetos; pero ella, gacela ágil, siempre se adelantó a mis pasos, siempre me retrató a la caza de su sombra.

Nunca me cansé de perseguirla. Incontables veces la encontré en los parques de La Habana Vieja. Ella se sentaba en los bancos a pescar historias. Venían a ella. Las atraía con su imán. Se volvía una carnada de azúcar y canela. Luego las llevaba al borde de la costa nuestra, luego las cocíamos a dúo.

Raquel y yo —como tantos otros— debimos recorrer juntos muchas redacciones. Armar un equipo. Pero un pasaje de avión reescribió de golpe los destinos. Antes de pestañear, aterrizó en un Santiago ajeno, ni colorido, ni cálido, ni caribeño, sino austral, presuroso, frío.

Hace semanas, en alguna buhardilla gris, ahorra los rayitos de Sol que sobran en mi orilla, que intento enviarle con palabras; semanas que engendrarán meses, meses que engendrarán años, años que engendrarán ausencia; pero contrario a la canción, ausencia no quiere decir olvido.

De este lado del puente, el tiempo transcurre caprichoso. Mi amiga lo vivió y se marchó. Me dejó con deseos de plasmar su ánima en una fotografía. Pero no soy el único con tal pesar. Cada día tenemos en Cuba más retratos ausentes; uno de cada tres isleños extrañan a un familiar de la otra orilla.

La última vez, antes de Raquel engrosar las estadísticas, lo presentimos. En la tarde de las nostalgias prematuras, revoloteaban los versos de Andrés Eloy; yo solo sé que te vas, yo solo sé que me quedo, cantaba en el silencio.

La noche cayó con el fin de la obra. Al caminar hacia la salida del teatro, las flores de su vestido se teñían de ámbar oscuro. Nos despedimos en la acera. Me dio un beso en la mejilla, un beso de hasta luego, y subió al taxi. Yo me quedé en el contén, diciendo adiós, con la mano en el aire,    quedándome cada vez más náufrago, mientras el auto se alejaba, rumbo al mar,    mientras ella llevaba consigo, agazapada, oculta tal vez tras una lágrima, su otra orilla, la orilla de Raquel.

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