Como clavos sobre la cruz de Galilea

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Con el fallecimiento de su líder, la Revolución Cubana comienza a cerrar un ciclo trascendental de su historia y a abrir paréntesis hacia otro más largo y complejo.

El proceso político que inició con ese asalto al imposible en el Moncada, está acercándose a uno de sus momentos más delicados: demostrar que alcanzó madurez suficiente para sobrevivir a su liderazgo histórico, y que el orden constitucional que fundó —y que ahora rectifica y fortalece— garantiza la irreversibilidad del socialismo, como ideal resumen de los sueños de sucesivas generaciones de revolucionarios.

Especialmente emotiva en ese camino fue la presencia de Fidel en las sesiones de clausura del VI y el VII congresos del Partido Comunista —la organización que por mandato constitucional constituye la fuerza dirigente fundamental de la sociedad y el Estado—, algo que hizo, ya no en su condición de Primer Secretario, sino regalando su mística y autoridad a los delegados y a toda Cuba.

Sus pronunciamientos en ambos eventos alcanzan un simbolismo y connotación políticos que apuntan profundamente hacia el horizonte de la sociedad cubana, sobre todo tras el triste suceso del pasado 25 de noviembre.

En la figura y el ideal nacionalista, universal, humanista, martiano y marxista de Fidel compartiendo ambas clausuras, se lanzaba nuevamente el mensaje de que en Cuba no habrá ruptura sino continuidad; no habrá rompimiento sino respeto por la historia; no habrá desmantelamiento sino rearticulación, a partir de la rectificación de los errores cometidos en el largo trayecto por salvar la independencia y buscar la justicia, y con la actualización que armonice el proyecto de nación que nos proponemos en la Revolución con las condiciones históricas concretas del mundo actual.

El 19 de abril de 2011, con la clausura del VI Congreso del Partido, debe marcarse como el día en que culminó el delicado interregno abierto tras la Proclama de Fidel al pueblo cubano, ante la repentina enfermedad que, según explicó en posteriores Reflexiones, lo situó entonces al borde del peor desenlace. Ese ante el cual lo honramos en su partida hacia el apostolado revolucionario junto a su gran inspirador José Martí.

La decisión de los delegados al VI Congreso de elegir al frente del Partido a Raúl, y los pronunciamientos posteriores de este acerca de lo impostergable de iniciar la concienzuda preparación del relevo de la dirigencia política y estatal del país, y sobre el cese en sus responsabilidades en el año 2018, sitúan a Cuba en el momento de preparar con hilos de seda la transferencia del poder revolucionario de manos del liderazgo histórico a sus continuadores, movimiento con connotaciones renovadas, ante la anunciada y pertinente limitación en el tiempo de ejercicio en los cargos políticos y estatales.

Recordemos que los enemigos ideológicos del proceso cubano, vencidos en sucesivos intentos por subvertirla en más de 50 años, y divididos entre la opción del garrote o la zanahoria, ubicaron históricamente sus principales esperanzas en la ocurrencia de ese relevo generacional, del que esperan un rompimiento con la tradicional posición de principios de la dirección histórica.

Esa fractura comenzaron a estimularla incluso con Fidel vivo, y hasta en no pocos artículos después de su muerte. Los resortes de su propaganda intentan dibujar divergencias de sentido y contenido entre la conducción de Fidel y Raúl y a levantar otras sombras de quiebras futuras.

Semejantes campañas ofrecen mayor relieve a los pronunciamientos de Raúl acerca de que la actualización en marcha busca cambiar únicamente cuanto entorpece los propósitos de eficiencia, justicia y bienestar a los que debe aspirar el verdadero socialismo, y nunca a desmantelarlo.

Frente a las añoranzas occidentales, los revolucionarios cubanos, como apunté en este espacio en otro momento, no deben olvidar las experiencias de la historia. El repaso debe mirar lo mismo hacia quienes dejaron endulzar sus oídos por las alabanzas durante la «renovación» de otras experiencias socialistas, que hacia las sucesiones que le antecedieron en esos mismos países, no exentas de mezquindades, vergonzosas deslealtades y atrofias políticas, económicas y sociales que condujeron a finales catastróficos.

En todo lo anterior pienso mientras repaso, en vísperas de este Primero de Enero —tristemente inaugural con la ausencia física de Fidel desde 1959—,  esa caravana de miles y miles reverenciando su vida y su obra fecundante, desfilando ante su imagen de guerrillero contumaz, o rubricando, en miles de puntos a lo largo del país, que quieren para su Patria esa Revolución que definió tan hondamente el 1ro. de mayo del 2000, para que no quede como una frase en letras doradas y sobre pedestales junto a la piedra de granito de sus cenizas en Santa Ifigenia.

Ella sería la única garantía para la necesaria permanencia y continua refundación de la plataforma hondamente humanista del ideal socialista cubano, en medio de las exigencias y contrastes de la contemporaneidad.

Porque para que la Revolución no sea un destello fugaz, como esas estrellas que cortan con su filo luminoso la oscuridad de la noche, tiene que anidar en el corazón y el alma del pueblo. Esa es la única garantía de que ese concepto del que en estos días nos hicimos firmantes, marque los destinos de Cuba como los clavos sobre la cruz de Galilea, y de que ese indomable nacido en Birán siga, junto al Apóstol de sus revelaciones, como un mesías de nuestro mejor destino.

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