El primer orador - Opinión

El primer orador

Autor:

Margarita Barrios

«Aquel día histórico, Fidel me dijo cuando llegamos al Campamento Militar de Columbia, hoy Ciudad Libertad, habla tú en representación de la FEU. Esa actitud de él, acabada de triunfar la Revolución, de darles voz a los jóvenes, a los estudiantes, la mantuvo siempre».

Así me contó el profe Juan Nuiry, ya fallecido, en una de las tantas tardes que compartimos. Él solía llamarme por teléfono y decirme: «Ven por la casa, vamos a conspirar», y se reía como muchacho que iba a hacer una maldad. De aquellos encuentros siempre surgían ideas para escribir trabajos periodísticos, o me leía algunos de los artículos que estaba escribiendo; me mostraba documentos, periódicos antiguos, fotos; me hablaba de sus proyectos, siempre dirigidos a preservar la memoria de la FEU y de su líder José Antonio Echeverría.

«En la Caravana —me dijo en una ocasión— yo venía en el tanque, junto a Fidel. El recibimiento en cada lugar que llegábamos era apoteósico. Para mí, un momento impactante fue cuando dijo que quería entrar a Cárdenas, para visitar la tumba de José Antonio. Claro, los sucesos del 13 de marzo de 1957 ocurrieron cuando él estaba ya en la Sierra.

«Fidel me contó que, por casualidad, había puesto Radio Reloj ese día y había escuchado solo el tic tac, y pensó que algo grave estaba pasando en La Habana. Luego, escuchó la noticia del asalto y de la muerte de José Antonio. Por unos minutos de diferencia no escuchó la alocución del líder estudiantil.

«Otro momento especial fue cuando paramos en los bajos del ICRT, entonces la CMQ. Allí estaba mi mamá entre los cientos de personas que se aglomeraban para ver a los barbudos; sin embargo, pude distinguirla, y nos abrazamos en la calle. No la veía desde antes del asalto a Palacio.

«Claro que hablar ante aquella multitud que colmaba el polígono de la fortaleza militar del régimen de Batista, fue también trascendente. Lo asumí como la orden de mi jefe, fue difícil, emocionante. El discurso no se guarda, pero sé que hablé de los estudiantes, de la Universidad de La Habana, de José Antonio, de tantos que habían caído por el camino por ver ese día que ahora disfrutábamos».

Conversar con Nuiry, quien alcanzó los grados de capitán del Ejército Rebelde, era un privilegio. Fue asaltante a Radio Reloj con solo 25 años de edad, amigo personal de José Antonio y dirigente junto a él en la FEU. Luego, la travesía desde el exilio hasta la Sierra Maestra, la Columna 1 junto a Fidel, los combates contra los «casquitos». Era una enciclopedia para quien, como yo, no vivió la epopeya de la generación que libró al país de aquel régimen de oprobio.

Pero no era la única que me deleitaba con aquellos encuentros. Era común encontrar en su casa a estudiantes de la Universidad, a dirigentes de la FEU. Entre refrescos y galleticas que nunca faltaban para obsequiar, planeaban actividades o simplemente él les contaba aquellas anécdotas que ellos disfrutaban, porque eran de primera mano.

Así surgió la Cátedra José Antonio Echeverría, en la Universidad de La Habana, y otras muchas actividades en las que se recordaba la historia de la FEU.

Un día le hice un comentario a Nuiry sobre su vocación de estar siempre rodeado de jóvenes, y me contestó: «Eso lo aprendí de Fidel». Y no era solo porque en ellos encontrara a personas que escuchaban con atención, o por puro ego personal, sino porque él sabía del valor indiscutible que tiene transmitir la historia a los más jóvenes.

Hoy, cuando los hechos se alejan en el tiempo y el vivir cotidiano ocupa demasiado espacio, es imprescindible que la escuela, la universidad, los medios de comunicación y los barrios retengan y compartan sus vivencias, y seamos capaces de compartir y preservar, sin letanías ni aburrimientos, nuestras más profundas raíces de cubanía.

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