Agresivos andariegos - Opinión

Agresivos andariegos

Autor:

Hugo Rius

Sin atisbos de clemencia, la música estalló a las cuatro de la madrugada del lunes, para forzar al vecindario de trabajadores, escolares, ancianos y convalecientes a renunciar al lecho reparador. Estrepitosos volúmenes de acordes invadieron sin respeto ni permiso los hogares desde la pista de un Cupet en el Vedado, donde un grupo de personas gozaba a rienda suelta, ensordecidas para atender gritos de protestas emanados desde ventanas de asombrados y enardecidos residentes.

Solo la iniciativa de una vecina, quien telefoneó insistentemente a la policía, y la llegada de un carro patrulla devolvió el sosiego a la comunidad, aunque con la visible resistencia de los infractores, usurpadores del espacio público, a quienes los agentes del orden invocaron las molestias y apenas el quebranto de la ley, en lo que se requiere poner mayor énfasis.

Luego supe que también en la Avenida de los Presidentes (G) se han registrado similares incursiones sonoras, favorecidas en todos los casos por la aparición de reproductores y bocinas portátiles de sorprendentes potencias, de dañinos decibeles. ¿Estaremos bajo la nueva amenaza de una suerte de aterradores comandos móviles del ruido, más allá del que dimana de jolgorios familiares e instituciones, causas de frecuentes quejas ciudadanas?

De momento, se me ocurre que los emergentes bullangueros de referencia vendrán a engrosar una especie de tribu urbana de cotidianos agresivos andariegos, entre los que figuran los llamados buzos que escarban depósitos de basura y dejan detrás desperdicios sobre las aceras, para afectar así la higiene ambiental.

A decir verdad, otros contagiados por tales desidias irresponsables le hacen el juego. Si por ejemplo, y no hipotético precisamente, un barrendero apresurado, guiado por la ley del menor esfuerzo, va vertiendo a hurtadillas lo que barre hacia las cloacas más próximas, lo que origina a la larga son obstrucciones en las alcantarillas y anegaciones insalubres e incómodas después de aguaceros.

A la hora de juzgar el accionar de las entidades comunales, sanitarias y del orden, solemos comportarnos con una actitud de justificada exigencia, a la que no se debe renunciar jamás, ya sea a causa del descuido negligente en la recogida de basura acumulada y la colocación de los depósitos fuera de lugar, las destrucciones de aceras o el desacato de las legislaciones ambientales, rosarios de quejas que afloran en las asambleas de rendición de cuenta en la circunscripción popular.

Pero apenas hacemos examen de conciencia de nuestro propio comportamiento individual como ciudadanos comunes, ni cuánto contribuimos con malos hábitos, indolencia y el hacer y dejar hacer lo indebido, ensuciar y afear la ciudad y permitir que los ruidosos nos construyan una avizorada sordera y un estado de irremediable alteración síquica.

A esta andarina tribu urbana, a lo sumo señalada, quienes al paso vierten por la boca ranas y culebras, en palabras groseras y ofensivas, en maltrato al prójimo y descortesías, ya sean ancianos y en particular hacia mujeres, en pretendido ¿piropo?

Claro que la educación de las jóvenes generaciones, en la escuela y los medios públicos será fundamental para enfrentar semejantes despropósitos, aun con el inconveniente de no estar legándoles los indispensables patrones de conducta con los que se forja una cultura civilizada de convivencia.

¿Dejaremos que los agresivos andariegos se enseñoreen en la declarada capital maravilla de todos los cubanos?

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