La loma de Belén

Autor:

José Antonio Fulgueiras

La loma de Belén, o A la loma de Belén, como también la llaman, era la canción más solicitada en las programaciones bailables de una emisora radial del centro del país, en ocasión de las nocturnas fiestas carnavalescas de 1969.

El solicitado son, interpretado por el popular Septeto Habanero, acaparaba las mayores llamadas a la emisora, en una programación conducida por un avezado locutor en temas de la cancionística cubana, quien ofrecía a los oyentes variadas informaciones sobre los compositores y arreglistas de los textos musicales.

Fue así que al referirse a la canción La loma de Belén, reveló como autor a Felipe Neri Cabrera, vocal y maracas de la prestigiosa agrupación fundada en 1920 con el nombre de Sexteto Habanero. «Sí, mis oyentes, Sexteto con x, y después tomó el nombre actual de Septeto Habanero con p», explicaba el locutor radial.

Esto provocó que un músico de la vieja trova villareña llamara a la emisora y discrepara con el locutor, pues según el trovador la canción La loma de Belén no había sido compuesta por Felipe Neri, sino por su esposa Juana González, quien hacía dúo vocal con Felipe en el mencionado Septeto Habanero.

El director del programa comenzó a investigar, y ciertamente existían contradicciones entre los musicólogos encuestados. Unos aseguraban que la canción fue escrita por Felipe, y otros distinguían a Juana como la real compositora.

Por ello el director de la programación tomó una medida salomónica y definió la autoría de la canción como Derecho Reservado, por lo que colocó debajo de su título las letras DR.

Nadie sabe si fue por la suma desproporcionada de cervezas y bocaditos de carne de puerco que engulló el locutor en la trocha, a la salida del programa; pero al otro día, entrada la noche, llamó a su director y le pidió un remplazo, pues no se encontraba en óptimo estado de salud.

A tal apremiante, el director le pidió ayuda a uno de sus mejores amigos, un comentarista altamente profesional, con el solo agravante de que no sabía nada de música, pues sus fuertes eran la salud pública y el deporte, en los que estaba considerado todo un especialista.

Esa noche el conductor emergente ocupó disciplinadamente un puesto en la cabina de radio y comenzó a presentar las canciones, mientras releía una y mil veces cada una de las palabras de los textos antes de lanzarlas al aire.

Casi al final del programa le tocó presentar el tema más solicitado. Repasó minuciosamente el título y, al centrar la vista en las letras DR, estas le llamaron poderosamente la atención, pero ya el director le hacía señales detrás del cristal.

Entonces tomó aire, moduló la voz y expresó:

«Estimados radioyentes, ahí los dejo con la canción más esperada: ¡A la loma de Belén, doctor!».

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