De la acción a la poesía

Autor:

Liudmila Peña Herrera

«Mamá, ¿cómo es que tú, que eres una mujer tan bonita, te has casado con un hombre tan flaco y tan feo?», preguntó el pequeño Raúl Roa Kourí.

La madre, queda y naturalmente, respondió: «Él tenía una melena romántica muy linda y, además, era un hombre que hablaba muy bien, y lo sigue haciendo, y eso fue lo que me interesó: su inteligencia, no su aspecto».

Así retrataba su hijo a Raúl Roa García en una entrevista realizada por el sitio web Cubadebate hace apenas un año. De esa forma, mostraba al ser humano de verbo ardiente y límpido corazón, a quien los pueblos americanos convirtieron en el Canciller de la Dignidad, por su firme defensa de nuestro pueblo.

El Flaco, como le llamaban sus conocidos, fue un hombre que atrapaba, si no a primera vista, al menos, a la primera palabra. Quien rebusque en sus escritos, podrá encontrar no solo al pensador, al político, al revolucionario; hay en sus textos una poética que inspira, un lirismo que enamora.

A la luz de estos tiempos, sorprende que un hombre reúna tantas anécdotas, numerosos escritos en decenas de publicaciones, libros como Retorno a la alborada, Escaramuza en las vísperas, La Revolución del ‘30 se fue a bolina… Admira que un mismo hombre haya tenido la suerte de vivir dos épocas distintas y en cada una haya sido capaz de estar a la altura de su tiempo: miembro de la Liga Antimperialista, fundador del Directorio Estudiantil Universitario y del Ala Izquierda Estudiantil. El presidio del Castillo del Príncipe, en La Cabaña, y el Presidio Modelo, en Isla de Pinos, supieron de sus luchas y desvelos por liberar a Cuba de ataduras. De la Huelga General de 1933, que derrocó a Machado, no hubo que contarle nada.

Bajo su liderazgo como director de Cultura del Ministerio de Educación, desde 1948, sentó pautas en el desarrollo de las artes. Y porque era imposible no contar con esa inteligencia y entrega sin límites a la Revolución, Roa fue embajador de Cuba ante la Organización de los Estados Americanos (OEA), Ministro de Relaciones Exteriores (1959-1976) y embajador ante la Organización de Naciones Unidas.

A los jóvenes de esta época, su espíritu y su ejemplo nos comprometen a «levantarnos todos» contra la injusticia, como en aquel histórico agosto de 1960, en San José, Costa Rica, cuando Roa convocó a su delegación a abandonar la sala como señal de protesta ante la OEA, y en medio de la multitud que les apoyaba con consignas, él y sus compañeros se pusieron a cantar nuestro Himno Nacional.

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