La memoria más cercana

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Felizmente, lo pintaron. Por fin, después de un tiempo demasiado prolongado —durante el cual se pensó en una condena a muerte garantizada—, el emblema de la Campaña de Alfabetización vuelve a lucir sus colores en uno de los pilotes del puente que une a Varadero con tierra firme. Es un acto de justicia, pero también un necesario rescate de la memoria.

En los últimos años, al pasar por el lugar, la vista buscaba con afán esa insignia, ampliamente conocida al principio de la Revolución cuando miles de jóvenes —de forma voluntaria y sin esperar remuneración material alguna— la llevaron prendida en sus uniformes mientras se regaron —literalmente, como decía una de las letras de su Himno— por llanos y montañas para enseñar a leer y escribir a millones de personas analfabetas.

Sin embargo, por más que se buscara el logotipo no aparecía. Solo un rastro de colores pálidos y agonizantes declaraba dónde estaba el dibujo, que a pesar de las reparaciones del puente, olvidos, premuras y justificaciones se negaba a desaparecer, terco y firme en su mito de justicia y bondad, como la obra que lo engendró.

Sería bueno recordar que ese emblema no se encuentra allí por una distracción pasajera o puro panfleto de consignas. Lo que él señala es el papel que tuvo Varadero en la preparación de ese ejército de alfabetizadores, muchos de ellos jovencitos que apenas rebasaban los 16 años de edad. En ese balneario se formaron antes de irse a los lugares más intrincados de Cuba. ¿Cuántos hoy conocen ese detalle?

Por eso la pregunta es inevitable. ¿Por qué, en un lugar donde hay tantos recursos, no aparecía la pintura para mantener presente el emblema de los alfabetizadores?

La labor de conservación y rescate patrimonial es compleja y delicada, y en muchas ocasiones necesita de importantes recursos, especialistas y mano de obra bien calificada. Pero existen otros monumentos, cuya inversión mayor es la sensibilidad, el sentido de pertenencia o propiciar la participación de los pobladores porque en verdad no llevan tanto o ningún dinero.

Algo así reflexionaba, meses atrás, un grupo de militantes de la Unión de Jóvenes Comunistas pertenecientes al sector obrero y del Ministerio del Interior, mientras limpiaban a puro machete la manigua que cubría las tarjas y monolitos que señalan el paso por Ciego de Ávila de la Columna Invasora dirigida por Camilo Cienfuegos.

En medio de la faena, en un obelisco pegado a la carretera al poblado de Ceballos, apareció un campesino y les dijo: «Esto se limpia porque lo hacen ustedes...». Se pudieran poner otros ejemplos, como las suciedades vistas alrededor de los bustos de Antonio Guiteras y Carlos Aponte y que señalan el lugar donde los mataron; pero lo importante sería meditar si esas edificaciones y señales a la memoria se encuentran hoy bajo el debido resguardo.

Ellas constituyen uno de los espacios más próximos que tienen los habitantes de una comunidad para encontrarse con la historia real. No la contada por otros, sino la concreta, la vivida en el escenario que acogió el hecho. Por eso es válido decir: las legislaciones están; pero ellas —cualquiera que sea su nivel de actualización— se convierten en letra muerta si no se exige su cumplimiento o, lo más importante: si no se involucra a los de abajo, a la cuadra, que es donde en verdad se decide el país y por donde debieran comenzar las exigencias, además de crearse los espacios para su participación.

De seguro que otro sería el cuadro, si la comunidad se involucrase más. Las inercias tienen sus costos y peligros. Por eso cuando algunos nos invitan a olvidar la historia, no hagamos el favor de empezar a quedarnos sin la memoria más cercana.

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