La espera de mis motivos - Opinión

La espera de mis motivos

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

Me encanta sentarme en el parque principal de mi Sancti Spíritus. Lo hago mucho, cada vez que me urge respirar, no solo porque su imagen es envidiable, pulcra, perfectamente colorida, sino porque disfruto sobremanera que el tiempo pase y me permita pensar.

Ahí tengo todo tipo de recuerdos: vientos invernales, altas temperaturas, lamidas de perros callejeros, algunas «gracias» de pajaritos, legendarias canciones, temas para escribir…

Pero sobre todo, se ha convertido en el sitio ideal para inventarme motivos. La mayoría de estos ha llegado de las tantas historias que he descubierto gracias a esa manía rara de sentarme en el mismo banco, donde la escasa sombra siempre me permite esperar otras vidas.

Allí, en el recodo que ya tiene mi horma, encontré a Luis —como le digo porque aún no sé su nombre—; solo conozco que pasa encorvado por el peso de los años y, bajo el brazo, el bulto de periódicos que revende en silencio.

Ya casi no sonríe ni conversa. Los ojos pequeños están opacos. Las ropas raídas y el caminar lento delatan cansancio, ese que no se quita ni aunque se duerma todo un día.

Nunca hemos hablado, ni creo que lo hagamos. Lo observo desde lejos y, tal vez, él haga lo mismo mientras se pregunte quién es esa intrusa que lo mira con complicidad y respeta su silencio.

Está también Dora, la señora que cruza con la nieta de la mano; agitada siempre porque las horas se le hacen cortas. Ella sí habla.

Le cuenta en voz alta cada detalle de lo vivido a la pequeña, que muchas veces no debe comprender, porque aún no tiene edad para interpretar que la vida te sonríe solo si tú lo haces frente a ella.

Me he percatado de que su paso rápido se distingue por el brazo izquierdo que agita en el aire como una especie de apoyatura para reafirmar cada vocablo que suelta en ráfagas. Una costumbre que la delata entre el resto de los transeúntes que atraviesan de una punta a otra el parque yayabero.

Mientras, a unos pocos metros de mí, en otra de las escasas sombras dibujadas por los árboles adolescentes, llega cada martes en la tarde Claudia, una jovencita que no se conforma aún con un amor a distancia.

Tableta en mano, narra cada detalle de las conversaciones de amigos y vecinos, la última alegría de la familia y, casi al final, cuando la hora de conexión está al expirar, deja escapar unas lágrimas con mezcla de felicidad y tristeza.

Después de ese momento, donde al otro lado del mundo imagino un rostro entristecido por la despedida, hace suyos unos segundos porque al parecer queda sin fuerzas en ese tiempo, donde también hubo espacio para decir «Recuerda siempre que te amo».

Son algunas de las historias que conviven en ese céntrico lugar de la ciudad del Yayabo y, muchas veces, se entrecruzan. Solo por esa loca manía de intentar ver más allá de lo posible, tal vez he creado esos mundos, paralelos y a la vez lejanos. Cada uno con sabores propios y colores nítidos.

Por eso regreso una y otra vez a mi parque —aunque confieso que si Sancti Spíritus tuviera mar fuera mucho más perfecto— para esperar por un nuevo motivo que contar.

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