La vida en colores

Autor:

Yuliet Calaña

Hace un tiempito estoy pintándome las uñas en un lugar nuevo. La manicura es cheverísima y conversadora y siempre que voy pasamos un buen rato. Solo hay un problemita: a mí me gustan los arreglos naturales, con colores enteros, brillo liso y listo; pero ella es barroca, de las que hace filos, lunas, soles, relieves, dibujos y echa escarcha… mucha escarcha.

Si quieres te pinta en las uñas hasta un huevo frito con una perla amarilla como yema o tu inicial y la de tu amor con un corazón atravesado por una flecha y tres perlas rosadas simulando la sangre que gotea. Y yo de verdad admiro su destreza para hacer esas cosas y a veces hasta las veo bonitas (no lo del huevo, ni lo del corazón, claro), pero para mí no las prefiero.

Todo empezó porque un día, en una de nuestras charlas, ella me dijo que solo cobraba el 40 por ciento de lo que hacía allí y que, pese a estar en un lugar céntrico, no iba mucha gente porque ya casi todo el mundo se ponía uñas acrílicas. Cuando entras al salón y dices que te quieres hacer un arreglo natural de uñas te preguntan: «¿Con dibujitos que son ocho pesos o sin dibujitos que son cinco?».

Desde el día de la confesión yo siempre respondo «Con dibujitos», aunque no tenga la intención de hacérmelos, porque me parece tremenda ganga pagar tres pesos adicionales por una conversación agradable y además así le tributo otro poquito a su 40 por ciento.

También yo comparo… mi manicura anterior no emitía palabra alguna y no por discapacidad, sino por mera «antisocialidad», si existiera la palabra. Al principio yo decía: «Claro, cuando está con el alicate no habla para no desconcentrarse y no cortarme», y esperaba con ansias el bocadillo invariable de todas: «Qué color te vas a dar» y ni siquiera eso... llegada la hora me estiraba la bemba para donde estaba el estante de pinturas.

La única vez que la escuché hablar fue el día que me paré y me hice la que me iba sin pagarle y me pegó un grito: «Niñaaaaaa, mi menudo». «Ay, qué bonita, si habla», me dije. Y realmente pintaba muy bien las uñas, pero qué va, yo soy humano dependiente. A mí hay que hablarme con la lengua, o con las manos, o con los ojos, o con lo que sea, pero hablarme, si no pregúntenle a un novio que tuve, que terminado el acto se viraba y empezaba a roncar y que un día llegó a casa y tenía todos los matules recogidos. «Qué pasa, mami, no me hagas esto. Vamos a hablar», me dijo. «¿Hablar ahora?... no me parece».

Pero volvamos al tema central. El primer día que pagué ocho pesos le dije: «No te preocupes, muchacha, no me hagas dibujitos, que a mí no me gustan», y ella me contestó con su sempiterno buen carácter: «Usted pagó dibujitos, así que yo le hago dibujitos». En esa ocasión me llevé a casa una flor dorada profanando un color carne mate que para mí era la hostia por sí mismo... y solo en los dedos gordos porque la atajé; en realidad sus intenciones eran de un jardín para cada uña, me pareció.

Y yo que ese día llevaba los labios pintados de un morado casi azul, y ella, que como todos, quiso comprobar que yo estaba bien, que aquello era creyón y no ciguatera o asfixia, seguro habrá pensado: «Esta se pinta la boca con tinta de bolígrafo y va a venir a hacerse la sencilla conmigo; coge tu dibujo y bien».

En la visita siguiente se me ocurrió pedirle a la que hace el vale que no le dijera que yo pagué dibujitos. «No puedo hacer eso, mi hermana, porque yo llevo mis números, pero ella también lleva los de ella y después no nos da la cuenta con el billete», me ripostó, y acto seguido gritó garganta en cuello para todo el salón: «Negraaaaaa, allá va una de dibujitos». Entonces la manicure me ve y pone una cara de tanta satisfacción que de verdad me dan ganas de dejarla que me haga la Capilla Sixtina en las uñas.

Otro día probé a levantarme en cuanto terminara de pintar la última uña para no darle chance a nada, pero la muy «salá» tiene una aceleración de swing en la brocha que, cuando estaba intentando pararme ya ella la tenía afuera y entortada en cualquier sustancia brillante, rechinante, lumínica, tropicanesca. Esta vez, por ejemplo, me llevé a casa un gris mate divino manchado con una franja inferior de escarcha plateada.

Ya después he ido resignándome, porque si la felicidad de esta mujer está en carnavalearme las uñas, ¿quién soy yo para quitársela? Y además, ella es muy útil para otras personas a quienes sí les gustan los dibujitos. «Una vez le hice un tractor a una muchacha en la uña del dedo pequeño. ¿Te imaginas el trabajo que me dio, verdad?», me dijo un día. «Sí, claro, me imagino». Lo que ni siquiera sospecho es por qué alguien quiere pintarse un tractor en las uñas, pero tampoco lo critico. A estas alturas me queda la duda de si la clienta lo pidió o fue iniciativa de ella.

Yo solo sé que con el entusiasmo y los deseos de trabajar de esta mujer, extrapolados a todos los demás sectores, podríamos intentar salir del círculo vicioso de que «los salarios son bajos porque no hay productividad, no hay productividad porque los salarios son bajos», o seguiríamos muchos improductivos y mal pagados, pero al menos felices de hacer lo que escogimos para ganarnos la vida.

En fin, que desde hace algún tiempo ando con todos los colores de la vida en mis uñas, y ya tengo el corazón en la boca a la espera de la obra de arte que me hará mañana. Pero cuando se le ocurra a la mulata jovial, para estar a tono, querer hacerme en las uñas la trayectoria del huracán Irma, con sus verdes y sus naranjas fosforescentes, señalando con una perla gigante el ojo, y subrayado en escarcha el territorio cubano, ahí sí que me cambio de manicura por muy bien que me caiga esta.

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