Pensar a Cuba en medio del Caribe

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Un huracán es como la guerra. En algún aspecto tal vez peor, porque no hay Derecho Internacional Humanitario que valga. Los ciclones no creen en niños, ancianas o enfermos. La furia natural no repara en hospitales, hogares ni escuelas. Arrasa. Por eso el contragolpe tiene que estar tan previsto como la estocada de riposta que diseña el ejército horas antes del combate. Nadie puede darse el lujo de perder semejante batalla suprahumana.

Junto a las diez imperdonables bajas humanas, Irma puso en pausa repentina el desarrollo económico de la Isla. Es casi seguro que el crecimiento económico previsto para este año sea inferior a lo soñado, lo trabajado y lo conseguido. Ya se ve venir la molesta noticia. Y otra vez las personas cuestionándose el mañana con la prisa natural de la mortalidad humana que, claro está, no entiende de la eternidad de los proyectos sociales.

Ahora le echan toda la culpa a Irma, dice la gente. La gente que no cree en planes ni lleva cuentas a lápiz. La gente que se sienta al filo de la tarde a beberse un buen vino, hablar mal de «la cosa» y seguir haciendo nada por nadie. Siempre es más fácil herirse y salirse de la tropa que luchar.

Ahora toda la culpa es de Irma, digo también yo. Y conmigo muchos de los que no se acomodan a beber nada; solo agua para reemprender la marcha. Y miran al archipiélago como si fuera la despensa propia, y analizan, revisan bajo el colchón verde y se percatan de que parece que, por muy difícil que sea todo, habrá un presupuesto a lo cubano para levantar lo que esta «guerra» derribó, junto a los rezagos que aún persisten de otras «guerras» antiguas, a merced de carencias y (aunque sea penoso reconocerlo) demoras, desvíos y malas administraciones. Pero «meterle mano» a esos «ahorritos» significa también dejar de ponerlos en otros sitios que casi gritan su auxilio.

Es verdad, no todo es culpa de la castigadora «dama». En una economía de músculos desarrollados, los resoplos y llantos de Irma no hubieran sido más que leves empujones ante los que, tiempo después, el cuerpo se yergue y sigue. Pero este caimán no ha estado en muy buena forma física si de dineros hablamos, bloqueo económico y otras faltas objetivas y subjetivas mediante. Por eso dañan más los cañonazos de cualquier invasor meteorológico que arremeta contra suelo isleño.

Tenemos que aprender a avanzar con ciclones. Porque, ¿cuántos más pueden llegarnos mientras el mundo sea mundo? Mudarnos no podemos. Esta Isla es nuestra y hay que cargar con ella como ella carga con nosotros. Hay que quedarse y luchar.

Pero luchar no es solo volver a levantarse siempre que un combate nos derrumbe. Pelear es también empinarse cada vez mejor, y tener previstas las caídas y las estrategias para ponerse en pie. Pelear no es solo el grito de ¡Al machete! en pleno siglo XXI. Menos en Cuba, que tantas deudas siente con los bolsillos de su gente.

Se trata ahora de mirar al mañana sabiendo que no solo serán los nubarrones productivos los que empañen el cielo de la economía guajira. Por los nublados huracanados es que se imponen techos más claros si de estrategias productivas hablamos. No puede haber nada que empañe el desarrollo, la producción, los planes, las tácticas y el desempeño de los recursos humanos.

Hay que pensar a Cuba en medio del Caribe, con todos los embates naturales que eso supone, sumados además a los que no son hijos de la naturaleza, sino de políticas ajenas (que acosan tanto el día a día) y de aquellas propias que no vienen con todos los aciertos imprescindibles.

Cada plancha de techo que llega a un hogar arrasado nos recompone un metro de la cubierta del espíritu. Pero es una que no se levantó para darle hogar a alguien que no tenía, sino para reponer uno de los que acabamos de perder. Y así es más difícil que el país se aliste tanto como requiere el socialismo próspero y sustentable que se construye en cada intento. Irma tiene sus culpas, pero las nuestras no pueden ser de mayor intensidad.

Porque si una casa se cae, Cuba entera se cae. Si una casa se apaga, Cuba entera se apaga. Si las cosas de alguien, los recuerdos de alguien, las paredes de alguien, se las lleva el mar… Cuba completa se deja ir con la marea. La suerte es que, por la misma fuerza mágica del dolor por lo ajeno, si un alma se levanta, Cuba completa sale a brillar más.

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