Retazos cotidianos

Autor:

Yeilén Delgado Calvo

USTEDES LOS GRANDES

—¿Por qué ustedes los grandes son tan aburridos?

—¿Y quién dice que los grandes somos aburridos?

—Claro que lo son, ustedes no juegan.

—¿Y yo no estoy jugando?

—Sí. Pero los grandes juegan de mentira.

Mi vecina me da un beso en la mejilla y parte rumbo al interior de la casa con toda la seriedad de sus cinco años; de la mano lleva a mi sobrina que solo tiene dos. Yo me quedo en el portal, con un bebé de plástico sobre las piernas, rodeada de tacitas repletas de café imaginario y con algunas yerbas del patio «cocinándose» en el diminuto sartén. Los niños son tan sabios, pienso, y me siento, de pronto, absurdamente adulta.

Luego salgo a perseguirlas por toda la casa, a ver si quieren jugar, de nuevo, conmigo.

PEQUEÑA FILÓSOFA DE PORTAL

«La Luna no ha salido. Está durmiendo», dice la filósofa acurrucada sobre las piernas de su abuela, mientras escudriña un pedazo de cielo negro y sin estrellas; y yo, en el sillón de al lado, pienso que es una gran poeta, así, perfecta, de frases sencillas y contundentes, hermosas, sin metáforas ni neologismos.

Aún no ha cumplido tres años, pero la Luna sabe que sus palabras son las más sinceras, y no sé si es porque soy su tía, porque es mi sobrina, o porque la conozco desde que apenas era un deseo sin nombre ni mirada de mar, pero el corazón se me aprieta y crece, como crecen las ansias de no perderme ni uno solo de sus días o centímetros, y menos esas frases que hacen parecer a mis versos tan tremendamente   insustanciales.

COSAS DE GENTE ANTIDEPORTIVA

Llego del trabajo. Mi esposo (matancero hasta la médula, furibundo fan del béisbol, residente en La Habana) en cuanto me ve asomarme por la puerta  pregunta: « ¿viste el juego de pelota?». «No», le respondo con naturalidad y voy a servirme un vaso de agua. Entonces recuerdo que el juego era importante, que era el Kramer contra Kramer, que la Isla en pleno estaba puesta para eso, menos yo, y le pregunto: « ¿Y quién ganó?». «Matanzas, claro», me responde. Yo le digo «Ah» y sigo en lo mío porque, no es que no quiera, es que los deportes no logran conmoverme. Él me dedica una mirada de espanto y conmiseración, como preguntándose de qué manera llega al mundo gente con tan poca sangre en las venas. Pero al final me perdona, porque me quiere y, además, yo no tengo la culpa de haber nacido         antideportiva.

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