Tablazos en Sochi

Autor:

Yuniel Labacena Romero

Hace días que estaba por escribir estas líneas. Tenía que hacerlo, pues, en Sochi, la ciudad-balneario que acogió el 19no. Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, pasaron cosas de cubanos que no se han dicho. En una fiesta de ideas y de alegría como esa llueven las novatadas y más aquellas sazonadas con nuestra picardía.

Todos dicen que en los festivales ha habido relatos de bromas, equívocos y pequeños ridículos, nacidos al calor del viaje o de la fiesta colectiva. Sochi no fue la excepción. Y seguro ahora no pocos delegados e invitados, y quienes ya conocen estas vivencias, reirán con ellas.

De las andanzas con el idioma y los modos de comunicación ya adelantamos, pero siempre hay más para contar: con un arsenal de señas, un inglés machucado y traductor mediante casi siempre, se aprendió de todo y más a regatear cuando queríamos comprar algo. Recuerdo cuando soltamos como si fuéramos nativos: «Ochen» «dorogoy» (muy caro), y a la vez insistíamos con vehemencia «Da, Da» (Sí, Sí), y entonces los comerciantes afirmaban categóricos «Niet» (No).

Los anfitriones pusieron de todo como en botica al alcance del mundo en un evento que trascendió por su despliegue tecnológico. Muchos fueron los que no sabían cómo funcionaban los equipos, y cuando daban con la misteriosa fórmula regaban la bola como pan caliente.

De esas novatadas hubo unas cuantas, como cuando se supo que los grifos de agua que no tenían llaves funcionaban por sensores. Algunos la tomaron   caliente toda la semana, porque jamás se percataron de que la nevera estaba debajo de la cómoda. Tampoco faltaron quienes se bañaron casi todo el tiempo con agua fría, pues nunca supieron dónde se regulaba el agua caliente de las duchas y hasta por poco se enjuagan agachados por no saber cómo manipular las llaves. Ocurrieron casos con sus dosis de dramatismo, como el que quiso saltar del cálido Guaso a patinador en la pista de hielo, y terminó con la barbilla partida.

Con la comida se dieron también sus historias. Entre estas la de algunos de los más viejos entre la delegación que nos habían hablado de manjares como la carne rusa que se hizo famosa en Cuba en los años 80 del siglo XX, y que todos esperaban saborear nuevamente. En realidad nunca la vimos ni de pasada. Tras buscarla ansiosos entre fuentes de frutas y ensaladas diversas, la sorpresa real es que nunca tampoco encontramos arroz, ni mucho menos de lo que en Cuba denominamos «plato fuerte».

El día que pensamos «ponernos las botas» con un pollo que habíamos divisado desde lejos, nos dimos cuenta de que las unidades de medida por algo se nombran internacionales. No solo decepcionaba por el tamaño, sino además por la forma de sazonarlo, tan distinta de la cubana.

Tanta «expectativa», para no decir apetitos acumulados, debe haber sido la causa de que en un encuentro fraternal con nuestros hermanos vietnamitas, que incluyó una cena, nadie se dedicara a detallar antes de comer las suculentas y exóticas propuestas gastronómicas con que nos congratulaban.

La revelación inesperada vendría después, cuando una de nuestras delegadas inquirió sobre los ingredientes del rollito que habíamos devorado por su exquisitez; los amigos respondieron      llenos de pletórico orgullo culinario: «Carne molida, especia y gusano». Ya podrán imaginar lo que se armó.

De los rusos, los cubanos hemos aprendido mucho y hasta creo que hemos importado algunas de sus cosas. Ponerle P a los ómnibus del transporte urbano pudiera ser una de ellas, pues quien se encuentre en Sochi bien pudiera pensar que está en la Isla cuando ve estos buses; y si le toca hacer colas, nuestro «deporte nacional», ahí se armó la gorda. Eso nos acompañó: unas filas interminables para el almuerzo, la comida y las guaguas, donde el plan jaba no valía.

Más allá de esos desencuentros existe una «verdad verdadera», como diría mi amiga Lidia Marín: los cubanos somos únicos y, modestia aparte, conquistamos a todos con nuestro desenfado y cariño. Que lo digan aquellos turcos, georgianos y de otras muchas nacionalidades que cada noche apostaron por la sandunga que se movía en el edificio donde estuvo hospedada nuestra delegación con su audio y sus artistas. Después de este 19no. Festival Mundial, ese espacio llevará siempre el nombre de Cuba.

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