La tarde en que toqué el Sol

Autor:

Reinaldo Cedeño Pineda

¿Adónde van mis ojos? ¿Cómo subo, de uno en uno, escaño tras escaño, la piedra volcánica? ¿Qué cielos son estos? Corro hacia el pasado, quiero entender de golpe la historia mágica, la historia terrible, el encontronazo con los hombres que cruzaron el Océano. Quiero adivinar el latido de los muros.

Es el lugar donde los hombres vuelan, donde se convierten en dioses. Es Teotihuacán. El aire se me acaba.

Quetzalcóatl se me aparece, el mismísimo Quetzalcóatl. La serpiente y el quetzal. Lucero del alba, lucero vespertino. Regidor de la luz y los vientos, dios de la vida. Y Tláloc, señor de la lluvia, de la bendita lluvia, con sus ojos desmesurados.

La Pirámide de la Serpiente Emplumada se remonta al siglo dos de nuestra era. El tiempo desgastó los colores, pero el misterio sigue intacto. Nada puede barrerlo. Me estiro, me reinvento, quiero alargarme. Casi puedo tocar la cabeza de los dioses, la serpiente indomable de los frisos. Los ojos de piedra, las fauces de piedra.

No puedo detenerme, no sé dónde, cuando el trovador guantanamero Lorenzo Cisneros, «Topete», mi compañero de expedición, aprieta el obturador. Grabo cada línea, cada talud, cada rincón. Hay sonidos de jaguar en el aire.

La ciudad prehispánica de Teotihuacán fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 1987. Mesoamérica canta y llora aquí. Renace aquí. Son kilómetros de asombro. La Ciudadela, los templos, las ruinas. Tomo la Calzada de los Muertos, rumbo a las pirámides del Sol y de la Luna. Se recortan allá, más allá. Ónix, obsidiana, bastones ceremoniales, réplicas de las pirámides, flautas, silbatos... todo te ofrecen en el camino.

Agua. Necesito agua. Hay gente de todos los confines de la Tierra. Algunos se quedan en la contemplación. Yo le ordeno a mis pies que sigan, que es hora. Rumbo a la pirámide, a lo más alto. Hay cadáveres debajo, grutas, pasadizos. A mi lado, un padre acuna a su hijo recién nacido. Me atrevo a preguntarle. Quiere asomarlo a la vida. «Pida un deseo y se le cumplirá», me dice. En su mirada hay algo que no alcanzo a descifrar. Algo.

La Pirámide del Sol tiene actualmente 63,5 metros y 238 escalones. Una montaña, un desafío, un enorme montículo de tierra recubierto con trozos de lava endurecida. Los escalones se estrechan, se verticalizan. En el pequeño espacio de algunas secciones no hay más alternativa que ascender de lado. Despacio, muy despacio. Las piernas tiran.

¿Cuántas ceremonias, lágrimas, victorias estarán encarnadas en estas piedras?

En la cumbre, en la plataforma final, la mirada se escapa. Hay que mirar dentro para mirar fuera. La hermosa Pirámide de la Luna parece algo menor. Todo parece pequeño, lo antiguo y lo moderno. Giro. «No habría poema más triste y hermoso que el que se puede sacar de la historia americana», escribió Martí en Las ruinas indias.

El milagro es estar aquí; pero pedí en la cima, pedí. Que subieran conmigo aquellos que me sostienen, aquellos que ya no están; mientras el sol, el sol de México, el sol del mundo destellaba sobre mi cabeza.

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