Mirando al cielo

La astronomía y la arqueología se hermanaron este enero en nuevos hallazgos: una teoría que asegura que la Tierra tuvo varios satélites naturales, y el descubrimiento de uno de nuestros más remotos observadores astronómicos

Autor:

Iris Oropesa Mecías

El italiano Giuseppe La Spina iba buscando restos históricos de una operación de la Segunda Guerra Mundial. Como buen arqueólogo alistó su equipo, ofreció palabras de ánimo a sus colegas y se aprestó a otra misión para desempolvar objetos y sitios del pasado. Con la historia de nazis y aliados en la cabeza llegó su expedición científica a la isla de Gela. ¿La meta? Comprobar qué quedaba de los búnkeres en los que una vez se protagonizó la operación Husky, mediante la cual fuerzas canadienses, estadunidenses y británicas invadieron Sicilia en contra de soldados italianos y alemanes.

Pero por esos mágicos tejidos que hilan la cultura, y que nos siguen demostrando que no hay ciencia dividida ni apartados estancos en el conocimiento del hombre, La Spina, —cuyo nombre, por si fuera poco, parece recordar a algún protagonista literario— terminó por tropezarse con el que podría ser un tesoro de la arqueoastronomía. Sí, así mismo; la ciencia de los astros llegó al terreno de su estudio arqueológico para asombrar con un hallazgo maravilloso que podría tener gran relevancia científica en los meses futuros.

«Mientras inspeccionábamos el lugar, situado a pocos kilómetros de Gela, vimos una loma con un afloramiento rocoso de extraña forma triangular y con un agujero en el centro», explicó el científico a National Geographic. «A primera vista no parecía nada especial, pero tenía una orientación peculiar hacia el este y por ello decidimos volver».

Tras el regreso, aún sin sospechar que realmente él y su equipo podrían haber dado con una nueva fuente de estudio, La Spina contó con el criterio de arqueoastrónomos, quienes estudian monumentos antiguos dedicados a la observación de los astros. El consejo de estos especialistas conllevó paciencia; era necesario que los intrigados arqueólogos italianos esperaran el solsticio de invierno. Solo así sería posible comprobar si en algún momento la alineación de la luz solar atravesaba el agujero en el monumento. De ser así, el científico italiano podía asegurarse de que habían hallado un monumento antiguo de observación astronómica.

Tras la espera ansiosa, el pasado diciembre los rayos del sol atravesaron con exactitud el agujero entre el túmulo triangular de rocas, y demostraron que, de hecho, la mano del hombre estaba tras la construcción. Pero el hallazgo no se quedaba ahí.

Tras el equipo de La Spina, especialistas del Museo Arqueológico de Gela respondieron con gran interés al descubrimiento, visitaron el lugar para examinar la roca agujereada y dieron a su vez con restos de tumbas y de bronce que podrían datar de la más remota época de la Antigüedad.

Queda abierto así para los próximos meses un camino arqueoastronómico que, muy probablemente, arrojará resultados relevantes para estas disciplinas y el conocimiento de cómo los hombres antiguos observaban el espacio.

Medios como National Geographic se han atrevido a hablar de una posible datación en épocas prehistóricas; sin embargo, habrá que esperar aún cierto tiempo de examen y análisis cuidadoso para conocer la etapa histórica exacta del monumento y sus implicaciones para el estado del arte de esa rama del conocimiento. Lo que sí es posible afirmar es que este equipo arqueológico italiano ha vivido una de esas historias de tintes casi novelescos que suelen yacer detrás de muchos hallazgos científicos. Por cierto, nadie se acuerda de los búnkeres de la operación Husky.

La luna de la Tierra

La astronomía es un campo científico que sigue acaparando titulares con una rapidez asombrosa, debido a la carrera voraz por ganar el espacio, ya sea en conocimiento teórico como en exploración. Apenas comenzado el año, un equipo científico israelí ha presentado en Nature Geoscience una revolucionaria teoría sobre el surgimiento lunar. Los astrónomos son del prestigioso Instituto Weizmann de Ciencias y del Technion-Instituto Tecnológico de Israel, que ha proporcionado nada menos que tres ganadores del Premio Nobel.

La nueva propuesta de los científicos israelíes defiende un impacto múltiple para explicar la formación de la Luna y contradice la teoría del gran impacto, la aceptada hasta el momento para explicar el surgimiento del satélite natural de nuestro planeta.

El gran impacto supone que una colisión gigante única entre la joven Tierra y un protoplaneta expulsó material que permaneció en órbita alrededor de la Tierra, y más tarde se fusionó para formar la Luna tal y como la conocemos.

Opuesta a esta explicación, que ha contado con el consenso científico durante años, los investigadores israelíes impulsan un avance de la disciplina con una nueva tesis sobre lunas múltiples:

«Nuestro modelo sugiere que la antigua Tierra una vez alojó una serie de lunas, cada una formada de una diferente colisión con la proto-Tierra», dice Hagai Perets, coautor del estudio, a la revista mencionada.

«Lo más probable es que estas microlunas fueran expulsadas posteriormente o colisionaron con la Tierra o entre ellas para formar lunas más grandes», afirma el científico.

Los investigadores han llevado a cabo 800 simulaciones para recrear las condiciones que originaron estas microlunas.

La idea de base es la siguiente: los impactos gigantescos fueron frecuentes en el Sistema Solar primitivo; y la misma Tierra, en su última etapa de crecimiento, experimentó estos choques violentos de otros cuerpos, que añadieron material al planeta hasta que alcanzó su tamaño actual. Cada colisión formó un disco de desechos alrededor de la Tierra originaria y por el fenómeno de acrecimiento se formaron las respectivas microlunas.

Las fuerzas de marea procedentes de la Tierra pudieron causar el lento desplazamiento de cada «luna» hacia el exterior, algo que sigue haciendo a un ritmo de un centímetro por año. De este modo, una luna preexistente debió desplazarse lentamente hacia fuera mientras se formaban otras lunas. Debido a la mutua atracción gravitatoria se provocó un efecto recíproco y los pequeños satélites acabaron cambiando sus órbitas. Este cruce de órbitas entre las pequeñas lunas causó la colisión y fusión de las mismas y gradualmente se construyó la Luna actual.

Por si fuera poco para las ciencias de los astros, en este enero se conocieron nuevas similitudes entre nuestro planeta y Plutón y además se publicaron las mejores imágenes de la Tierra tomadas desde la Estación Espacial Internacional; estas y otras noticias de diversos campos de la ciencia estarán esperando en nuestro sitio digital de JR, hasta la próxima entrega de Detrás de la Ciencia.

No muy lejos de la piedra agujereada, los investigadores han encontrado varios enterramientos intactos conocidos como «tumbas de grotticella». Excavadas en la roca, estas tumbas eran la principal forma de entierro para el Castelluccio, cultura que floreció en la Edad de Bronce temprana de Sicilia. Fotos: Tomada de National Geographic y del blog Codigoculto

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