Abrir las puertas imposibles

Los cuentos que presentamos pertenecen al libro La hembra alfa, ganador del premio Pinos Nuevos 2013, convocado por el Instituto Cubano del Libro

Autor:

Elaine Vilar Madruga

Elaine Vilar Madruga (La Habana, 1989). Narradora, poeta y dramaturga. Graduada del XI Curso de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Miembro de la AHS. Recibió mención en el Concurso iberoamericano de relatos BBVA-Casa de América 2007y ha sido ganadora del Premio Indio Naborí 2008 (décima), del Premio del Primer Certamen Internacional de Poesía Fantástica y de Ciencia-Ficción Minatura 2009 (España). En el 2013 obtuvo el Premio Calendario con la noveleta Salomé (ciencia ficción)  y Dime, bruja que destellas (literatura infanto-juvenil).

Elaine Vilar Madruga

La vida es un sombra que camina...

William Shakespeare

No recordaba cuándo. Ni cómo. Ni por qué.

Pero las llaves siempre habían estado con Mara. Eran otra parte de su cuerpo. Como los ojos, la nariz, los pulmones.

Era llaves inútiles. Se había lanzado a intentar abrir con ellas miles de puertas: las de madera de los caserones vacíos, las de hierro de las cámaras bancarias. Puertas viejas, momificadas. Puertas recién nacidas en sus goznes.  Simples puertas. Puertas complejas, había estudiado la personalidad de cada una para intentar abrirlas, para intentar hallar el sitio donde su llave tenía un espacio y un sentido.

Todos sus esfuerzos —años y años de luchar tras las puertas— fueron inútiles.

Mara sintió cómo la desesperación se convertía en un nido podrido entre sus ojos. Con todos los pajaritos muertos. Patas arriba.

Entonces, decidió que su llave tendría —de cualquier manera, al precio que fuera necesario— un sitio donde encajar. Una puerta que abrir. Algo que mostrar al mundo.

En el silencio de su cuarto, Mara comenzó a desnudarse con sus dedos sabios de gata.

Cuando estuvo completamente desnuda, se contempló frente al espejo.

Buscó el lugar exacto donde marcar.

Lo encontró en su vientre.

Con las uñas fue abriéndose la carne: primero dibujó la cerradura, luego la puerta.

Con un pliegue de piel hizo los goznes. Apenas pensaba en el dolor, sino en la perfecta forma de su llave: las muescas precisas y su color de cosa vieja.

Mara sonrió. La puerta sangrienta de su vientre era tan hermosa... y mucho más lo sería cuando estuviese completa: la llave en la cerradura, los goznes que giraría, la carne abierta.

Solo sintió una punzada cuando la llave penetró en su piel, pero luego el dolor cedió, como una lluvia pasajera que no moja ni empapa. Los pliegues de su carne se movieron para dar paso a aquella bestia portentosa de metal. Mara supo que la llave encajaba en ella como un milagro.

Tomó la masa informe de su vientre en una mano y, con la otra, hizo girar la llave.

La puerta se abrió.

Kosmos

A Carlos Duarte, amigo.

SI alguien me hubiera preguntado antes de aquella noche si Él era el hombre ideal, mi alma gemela, my perfect match, no habría demorado ni un segundo en contestar con un sí absoluto.

Pero fue entonces que a Él se le ocurrió vomitar un pececito.

Justo después de que hiciéramos el amor.

Estábamos desnudos y el pez salía de su boca como si aquella mole de dientes, lengua, encías y saliva fuera una bolsa de plástico.

El pez era enorme, y coleteaba.

Comenzaba a sentir asfixia.

Era un pez redondo como la noche, de escamitas plateadas.

Nunca antes había visto a alguien que vomitara colisables, excepto en un cuento de Cortázar, y no precisamente, ya que eran conejos blancos y no peces.

Es mucho más normal que alguien vomite un conejito blanco que un goldfish.

Es mucho más coherente que alguien decida criar dentro de su estómago a un conejito que a un gupi.

El Kosmos que rige toda la vida incluye la posibilidad de esconder dentro de la garganta a un conejito, pero nunca, categóricamente NUNCA, a una sardina. O si no, Cortázar jamás lo hubiera concebido en uno de sus cuentos.

Para mí, aquel acto de vomitar un pez era una de esas cosas inadmisibles por la ética y la ley coherente del universo.

Aquello era una profanación a la memoria de Cortázar.

Y, sobre todo, era un acto antinatural: terminar de hacer el amor con alguien y vomitar un pez no puede parecer de buen gusto a nadie.

Por lo tanto, decidí que aquella preciosa relación de cinco años, tres meses, cuarenta días, veintiocho horas, treinta minutos, y cuatro segundos terminara de inmediato.

Él, por supuesto, lloró como un idiota. Cada vez que sollozaba, le venía uno de esos suspiros, vomitaba un pececito, todavía vivo y coleteante.

El colmo de los colmos.

Recogí mi ropa, mi edición bilingüe (francés-árabe) de Rayuela, hasta mi filarmónica.

Nunca antes había sentido tantos deseos de tener un anzuelo, para clavárselo en el estómago a aquel hombre que no dejaba de escupir pececitos de colores: gupis, escalaris, goldfish, peleadores y hasta una que otra tilapia.

Inmediatamente, decidí volver con mi anterior novio, una persona completamente normal como todas las personas respetables de este mundo, que nunca le ha dado por vomitar peces ni ensuciar la memoria de Cortázar, aunque de vez en cuánto me hable de cosas tan absurdas como un pterodáctilo escondido en una de las esquinas de su cuarto.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.