El ser y la nada

Con este cuento ofrecemos a los lectores de El Tintero una muestra del trabajo del joven escritor matancero J. R. Fragela

Autor:

J. R. Fragela

Entramos en la biblioteca al caer la madrugada.

Yo conocía el atajo del patio. Solo había que saltar la cerca y entrar por una ventana.

Los demás siguieron la luz opaca de mi linterna.Les fui mostrando dónde apoyar las manos, de qué manera colocar los pies. En menos de cinco minutos ya estábamos dentro. Y allí, en la parte alta del librero, seguía aquel libro de Descartes.

Una mañana, durante mi adolescencia, había tenido que ir a la biblioteca para buscar los libros que me ayudarían a terminar el trabajo práctico encomendado por la escuela. En un estante había encontrado aquel libro, lo había abierto en cualquier página y había leído: «Mejor cambiar nuestros deseos antes que la ordenación del mundo». Aquella frase removió mi estructura, pero en aquel entonces culpé al vértigo, pues el libro se encontraba en un estante alto. Luego, con los años, comprendí que la frase me había perseguido, había atravesado mi mente para dormirse allí y hacerme soñar con espacios abiertos y unicornios voladores.

Con la ayuda de una silla me empiné hacia arriba y agarré el libro, empecé a hojearlo, busqué la frase con los ojos muy abiertos.
Quería leer algo como: «He estado esperando por ti durante todos estos años».
O: «Yo soy la respuesta que esperabas». 
No encontré nada, por lo que acabé fijándome en otro libro que estaba casi frente a mí. El ser y la nada, de un tal Jean-Paul Sartre.
En una página previamente señalada por alguien, encontré esto:
«La existencia precede la esencia».
¿Qué quería decir?
Ah, pues muy fácil: Si un artesano quiere realizar una obra, primero la piensa, la construye en su cabeza: esa prefiguración será la esencia de lo que se construirá, que luego tendrá existencia. Pero nosotros, los seres humanos, no fuimos diseñados por alguien, y no tenemos dentro nuestro «algo» que nos haga «malos por naturaleza», o «tendientes al bien» —como diversas corrientes filosóficas y políticas han creído, y siguen sosteniendo—. Nuestra esencia, aquello que nos definirá, es lo que construiremos nosotros mismos mediante nuestros actos.
Leí algunas páginas, deseando hallar un código en su interior, un agujero que me mostrara un camino hacia… el… ¿entendimiento?
Estuve señalando letras con mi linterna por un rato, y hubiese continuado así de no haber escuchado el ruido que hacían los otros mientras buscaban por toda la biblioteca.
Bajé con cuidado de la silla y me les acerqué.
«¿Qué están haciendo?».
«Buscando algo que nos guste».
Me les acerqué un poco más.
«No toquen nada, dejen las cosas como están».
No entendieron.
«¿Y para qué entramos aquí?».
No supe qué responderles.
Tampoco era el momento de explicar nada.
La respuesta nos hubiera demorado más.
Les dije en voz muy baja que debíamos irnos, pero ellos insistieron en llevarse algo.
Fue entonces que escuchamos un grito desde la habitación más cercana.
Un grito de mujer.


Salimos corriendo por la ventana, perseguidos por los gritos de la mujer.
Las casas vecinas se encendieron cuando cruzamos la cerca del patio.
El susto y el nerviosismo nos hicieron chocar con los tanques de la basura que estaban en la esquina.
Luego los ruidos, las exclamaciones, y las luces a nuestro alrededor incrementaron el bullicio a medida que corríamos por la calle.
Escuchamos las sirenas de la policía antes de llegar a la avenida.
Entonces giramos hacia un costado y nos escondimos en un pasillo.


Los ruidos se fueron espaciando en la noche.
Escondidos en el pasillo los escuchábamos cada vez menos.
Lo más prudente era permanecer allí. Esperar a que todo retornara a la normalidad.
Estábamos cansados, nerviosos, con la sospecha de que nunca nada nos saldría bien.
Nos sentíamos derrotados, con la sensación de estar cayendo en un hoyo.


El silencio resistió por casi una hora.
Luego alguien preguntó qué íbamos a hacer.
Lo preguntó como si se preocupara por lo que íbamos a hacer no las siguientes horas, días, semanas, sino preocupado por lo que al fin haríamos con nuestras vidas. 
Yo suspiré fastidiado y metí las manos en los bolsillos.
Había olvidado llevarme el libro.

J. R. Fragela (Matanzas, 1978). Ha obtenido varios premios en los géneros de cuento y novela, entre ellos el Farraluque de Literatura Erótica en 2006, el Ernest Hemingway 2007 y el Luis Rogelio Nogueras 2011. Tiene publicados los libros El sentido del mundo (Extramuros, 2012) y El cordero aúlla (Letras Cubanas, 2014), con el que obtuvo el Premio Alejo Carpentier de novela en 2013 y que será presentado el próximo 27 de septiembre en el Sábado del Libro.

Con este cuento ofrecemos a los lectores de El Tintero

una muestra del trabajo de este joven escritor

 

J. R. Fragela (Matanzas, 1978). Ha obtenido varios premios en los géneros de cuento y novela, entre ellos el Farraluque de Literatura Erótica en 2006, el Ernest Hemingway 2007 y el Luis Rogelio Nogueras 2011. Tiene publicados los libros El sentido del mundo (Extramuros, 2012) y El cordero aúlla (Letras Cubanas, 2014), con el que obtuvo el Premio Alejo Carpentier de novela en 2013 y que será presentado el próximo 27 de septiembre en el Sábado del Libro

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