Enrique Pérez Díaz

Narrador, periodista, editor, poeta, crítico e investigador dirigió durante muchos años la Editorial Gente Nueva y tiene en su haber numerosos premios y distinciones nacionales e internacionales que se suman al gran interés de los pequeños lectores en lo que escribe

Autor:

Marilyn Bobes

Enrique Pérez Díaz es quizá la mayor autoridad de Cuba en materia de literatura infantil y juvenil. Narrador, periodista, editor, poeta, crítico e investigador dirigió durante muchos años la Editorial Gente Nueva y tiene en su haber numerosos premios y distinciones nacionales e internacionales que se suman al gran interés de los pequeños lectores en lo que escribe. Es por ello que El Tintero quiso conversar con él sobre muchos aspectos relacionados, sobre todo, con la Colección Veintiuno, la más joven de la Editorial Gente Nueva pensada como un espacio para promover lo más actual y novedoso de la literatura infantil y juvenil que se escribe en Cuba y en el mundo. Creada en el 2007 se inició con la antología de cuentos noruegos Loca por Roger y la novela El cuervo dijo nunca más, de Carlos Fabretti. Este año presentará cerca de una decena de libros en la Feria Internacional 2015.

He aquí el diálogo que sostuvimos con Enrique.

—¿Por qué crees importante tratar en la literatura para niños y jóvenes temas que hasta hace muy poco eran tabúes para el género?

—Creo que por fortuna es menos frecuente cada vez la ausencia de temas tabúes en los libros para niños y adolescentes. Más bien diría que en la última década sucede todo lo contrario, incluso hasta el exceso, pues en ocasiones se atenta contra la calidad, credibilidad del argumento o hasta el ritmo interior del libro cuando se busca tocar determinado tabú de manera circunstancial. Los niños, como todo el que lee (y más que cualquier otro lector), agradecen las historias entretenidas, con una trama apasionante y personajes fuertes que les arrastren en su laberinto existencial. Durante muchas décadas se padeció aquí una literatura cuya ausencia de conflicto y trivialidad o ramplonería la hizo domesticarse en esa comodidad banal que una autora y teórica como la argentina Graciela Montes ha denominado «el corral de la infancia». Yo defiendo la tesis de María Gripe de escribir para personas y no para niños y jóvenes o adultos. Por eso muchos libros están llenos de guiños a cualquier lector, claves que funcionan por sí mismas para decir verdades, aunque aparentemente arropadas en las figuras o situaciones del canon tradicional como brujas, princesas, hadas, etc. Es evidente que al promover o escribir literatura suscribo en tal sentido la tesis de Mirta Aguirre cuando decía: «No son niños que puedan ser criados bajo campanas de cristal que los aíslen del conocimiento de la existencia del engaño, de la astucia, de la crueldad, de la maldad. Estos niños deben y tienen que aprender que hay lobos que se disfrazan de inofensivas abuelitas». En efecto, la vida diaria nos lacera a todos con sus inclemencias inesperadas, con lo inevitable. ¿Imaginas entonces cuánto puede herir a los niños, para que además los autores les vengan a hacer historias evasivas, complacientes o engañosas, pretendiendo convencerles de que habitan el mejor de los mundos posibles?

—¿Qué te llevó a escribir para los niños respetándolos como adultos? Es lo que yo opino de tu obra y es por eso que te hago la pregunta.

—Como te decía antes, nunca sé exactamente para quién escribo. Parto de algo que viene a la mente y dejo que se precipiten las situaciones y los personajes vayan cobrando una vida que me asombra y a veces sobrecoge. Hay mucho de vivencial y de conjuro en lo que escribo. Si no para mí la literatura no tendría ningún sentido. Jamás me he propuesto escribir de «algo» por ese algo en sí, sino todo lo contrario. Muchos de mis personajes han vivido durante años conmigo, porque ellos son mi lectura subjetiva de seres reales que han gravitado o todavía inciden en mi entorno. No podría irrespetarlos y eso hace que el lector los entienda y acepte. He tenido lectores de cualquier edad, pero también sucede que, lamentablemente, quien alguna vez se asomó al mundo de la literatura infantil y juvenil arrastra por siempre una especie de halo fatal que no le deja salir de allí. Tampoco es que eso me asuste. Los niños son lectores libres, sin compromisos, intereses creados o esas poses de conveniencia que mueven a los adultos. Al niño que te lee poco le interesa quién seas, si tienes un cargo, vives en tal barrio, ganaste un premio o eres bien visto por alguien. Es el público más inteligente y desprejuiciado, que devora libros, los rompe bien pronto y eso es garantía inequívoca de que siempre tendrás muchos lectores. Me emociona ver jóvenes escritores consagrados que confiesan haberme leído y guardan con celo alguno de mis libros por la buena impresión que les causó. Creo que les hice crecer un poquito como humanos, como otros tantos autores me permitieron hacer a mí.

—¿Piensas que existe un balance de la literatura universal y la de creadores cubanos en la literatura que se publica en nuestro país para niños y jóvenes?

—Ese balance se va logrando poco a poco en la medida en que los autores se actualizan, leen textos más novedosos, son menos complacientes y sí más arriesgados con su obra. No quiere decir que tengan que ser experimentales o busquen la intertextualidad, lo postmoderno o se aferren miméticamente a lo foráneo. Leer a otros siempre enriquece, pues permite comparar, evaluar, coincidir o diferir. Eso traté de hacer en Gente Nueva el tiempo que permanecí dirigiendo la editorial: actualizar su catálogo sobre la base de nuevas lecturas para todos (editores, autores, vendedores y público). Ese es el sentido de la Colección Veintiuno (casi una editorial dentro de la otra), un espacio para lo nuevo, lo comprometido con los derechos de la infancia, pero abierto al adulto para que este entienda que el mundo es uno solo (y siempre el mismo) para niños y grandes, que no hay predios apartes, que donde el mayor sufre, el niño está mucho peor. Es muy estimulante para mí, como coordinador de la alternativa que significa Veintiuno, advertir que la obra publicada a jóvenes cubanos no desmerece la de grandes que aparecen allí como Carlo Frabetti, María Teresa Andruetto, Jordi Sierra i Fabra, Armando José Sequera, Laura Antillano, Alki Zei, Bianca Pitzorno, Lygia Bojunga Nunes, Edna Iturralde, Gerardo Meneses, Marinella Terzi, Nilma Gonçalves Lacerda, Silvia G. Schujer, Marina Colasanti, Marina Mavriná, Evelyn Ugalde, Carlos Marianidis, Ragnar Holland, Gonzalo Moure Trenor, Irene Vasco, Debora Ellis y tantos más. Veintiuno es un espacio de tolerancia como el IBBY (Organización Internacional del Libro Infantil que la coauspicia), búsquedas constantes, apertura al «otro», libertad expresiva y, sobre todo, compromiso con buenos textos que no domestican sino hacen pensar, crecer, rebelarse ante lo injusto y tener una visión más objetiva del mundo. Me emociona saber por un amigo que la leen los reclusos, que en provincias se agotan cuando un creador local la promociona, que los jóvenes escritores atesoran cada ejemplar de la colección y la siguen atentos…

—¿Qué características atribuirías a los libros que más gustan a los niños en Cuba?

—Eso es harina de otro costal. Creo que todavía hay muchos niños que leen a la manera tradicional, lo cual depende de sus guías adultos. Solamente debes advertir la euforia de sus padres cuando afanosamente, año tras año, buscan el célebre Había una vez... Si analizas bien, el libro más vendido (y vendible) de Gente Nueva, ya consagrado por generaciones y generaciones, es una especie de compendio antológico bastante tradicional de textos que fueron versionados por Herminio Almendros. Ese mismo lector, apegado a la tradición es, sin embargo, poco arriesgado en buscar textos nuevos, diferentes, que le representen una ruptura con su gusto establecido. Pero hay muchos adolescentes que se buscan en las sagas tan en boga hoy día. Otros en las aventuras, los menos en la temática amorosa y bastantes —¡por suerte!— en Veintiuno. Lo importante es leer y crecer con cada lectura, nunca resignarse a ser el mismo y jamás perder esa insatisfacción ante lo que se busca y no se encuentra. Ese es el mejor antídoto contra la conformidad aplastante que no deja avanzar ni crecer. Eso pretende la literatura cubana actual para los niños y jóvenes y la colección Veintiuno, que los lectores entiendan que, si bien la vida dista de la perfección, aunque sea en las peores circunstancias, uno puede luchar por transformarla, hacerla diferente y elevar un voto al futuro, que es un misterio impredecible, una interrogante abierta, que por fortuna todavía nosotros debemos resolver.

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