La Dama del Lunar

Autor:

Rodolfo Duarte

Los granadinos llegaron de noche a la ciudad y fueron directamente a una casa oculta tras otras y otras, que venía quedando lejos de la calle en un intrincado laberinto de buhardillas, allí se escondía La Dama del Lunar. Creo que eran unos cincuenta jinetes, ni más ni menos; ocuparon toda la calle en un largo de 200 pasos, tenían un aspecto más salvaje que cualquier otro soldado moro de los que deambulaban por Sevilla y parecían una fuerza beligerante que hubiese atacado y combatido contra un fortín para luego rodearlo y tomarlo sin prisa. Así los vio Abdelazis, fueron a buscarle a nombre de Badis el temible berebere que gobernaba Granada, pero al llegar vio que Badis no estaba, era una simple treta de su Gran Visir. De cualquier modo si se hubiese negado le habrían conducido a puntapiés. El primer asombro le vino de verles tan aguerridos en plena calle de noche sin que nadie les interpelara, el segundo de que ninguno de sus secuaces de la conspiración hubiese tenido tiempo de venir en su ayuda y el tercero de la facilidad certera conque dieron con el paradero de La del Lunar, algo que los que la escondieron no me habían confiado ni a mí. «Usted traducirá el mensaje del príncipe Badis a La Dama de la Mancha» le dijo el Gran Visir de muy mal talante, Abdelazis le corrigió aduciendo que era un lunar, no una mancha, el otro bramó impaciente que daba lo mismo y que tradujera bien y rápido porque no quería que les alcanzara el amanecer dentro de la ciudad, «por respeto al Rey Motamid, para que no se sienta injuriado». Dos decenas de soldados rodearon el escondite de La Dama, abuhardillado por fuera pero palacio por dentro, mantuvieron las lanzas en ristre y las manos en los puños de los sables, a Abdelazis lo sentaron en un butacón, se asustó un poco y se puso nervioso, le dieron agua y a guisa de advertencia colocaron frente a él un par de puñales curvos que destellaban a la luz de las velas; tuvieron sumo cuidado en mostrar buenos modales, pero sin esconder la firmeza, venían a cumplir una encomienda y lo harían a cualquier precio.

La del Lunar se arrellanó con descaro en un amplio sofá, ordenó a un criado moro marica, quizás un eunuco venido a menos que alguien colocó allí para evitar riesgos, que trajera alguna golosina y les brindó hasta vino.

—El Rey Badis le hace saber a la señora que sería de su agrado que partiera con nosotros a Granada, la nuestra es la ciudad más bella de toda España, allí los palacios son más suntuosos que en ninguna otra parte, la vida es más próspera, el aire es más claro, la vega tiene el verdor que han de tener los jardines en el paraíso de Alá. Badis ha amurallado la ciudad y construido el Alcázar más vistoso y también el más inexpugnable del país —ahora le explica usted a la señora qué es un alcázar y qué es una vega— dijo el Gran Visir.

La del Lunar preguntó en un tono peligrosamente parsimonioso, ignorando y hasta desafiando la presencia de los guardias, que si aquello era un secuestro o una visita galante, Abdelazis tradujo con fidelidad, el primer ministro de Badis esbozó la mejor sonrisa que encontró y luego negó enfáticamente lo del secuestro, dijo que de ninguna manera, lo de los guerreros armados como para un combate era solo un recurso que debía garantizar que el mensaje de su jefe fuera dado: «No juzgue lo que ha visto como muestra de nuestro carácter, ni somos tan belicosos ni estamos en guerra con los sevillanos como dicen los maledicentes por ahí, nuestro señor nos ha ordenado que por nada del mundo podemos violentar la voluntad de la señora, nuestra misión ha de reducirse solo a invitarla», «¿Y si me negara qué haríais?, ¿qué opciones me deja vuestro rey?».

«La única opción prevista por Badis es la de insistir hasta que logremos convencerla» «¿En este solo viaje?» «Daremos los viajes que haya que dar, debemos convencerla, usted irá de buena gana y será recibida en Granada como… como….» «¿Cómo qué?» Cuando Abdelazis tradujo esta pregunta, según su relato, comprendió que La del Lunar entendía muy bien el árabe, quizás no lo hablara tan bien, pero lo entendía a la perfección. El Gran Visir hizo silencio antes de responder, pidió agua, caminó unos pasos por la estancia, degustó una manzana y dijo al fin: «le recibiremos como a la amiga de un reino vecino» «¿y?» «le agasajaremos como a tal» «lo pensaré», repuso ella en el tono del que ha concluido una transacción, «solo le rogaremos, y no se tome el ruego como la pedestre intromisión de un asunto groseramente terrenal en este diálogo con un ángel, que no demore usted demasiado su decisión, Granada no está cerca, los caminos son infernales y debemos preparar con calma el viaje de regreso, ah, y no haga caso de la mala leche con que nos juzgan algunos, un árabe y un berebere son la misma cosa, lo único que nos diferencia es el odio que nos tienen y la envidia».

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