Cuando los médicos probaban la orina

Los prodigios de la tecnología permiten hoy que un glucómetro mida en segundos los niveles de glucosa en la sangre. Pero para llegar hasta aquí la medicina demoró siglos en descubrir la sintomatología de la diabetes mellitus

Autor:

Julio César Hernández Perera

Puede ser obvia la sospecha del diagnóstico de diabetes mellitus para aquellas personas que tienen inconfundibles síntomas y signos clínicos de la enfermedad: sed, orinas abundantes y frecuentes, deseo de comer dulces, cansancio y pérdida de peso.

Confirmar y monitorear la «azucarada afección» no es hoy una operación compleja. Basta con una diminuta gota de sangre extraída del pulpejo de un dedo y ello es suficiente para advertir con precisión y en poco tiempo los niveles de glucosa en sangre (o de glucemia).

La acción puede realizarse por medio de un sencillo equipo conocido como glucómetro. Ya su tamaño —sin ocupar mucho más espacio que la palma de la mano— lo convierte en dispositivo portátil. Gracias a ese logro tecnológico los pacientes pueden manipularlos para ajustar un tratamiento individualizado, el cual se denomina «autocontrol».

Pero como casi todo en la historia de la humanidad, las cosas no resultaron tan fáciles. Hace siglos comprender la naturaleza de una enfermedad constituía un gran problema; y diagnosticarla resultaba un camino obtuso, artesanal y hasta repulsivo en ocasiones.

Interesantes historias

Gracias a la educación y a la posibilidad de acceder al conocimiento, las personas de hoy comprenden la esencia de la diabetes mellitus: niveles elevados de glucemia provocados por un páncreas insuficiente. Pocos, sin embargo, han reparado en el sentido etimológico del nombre de la enfermedad. Si nos atreviéramos a exhumar su origen, al final podríamos sentirnos como conquistadores de interesantes historias.

Para hacer el diagnóstico e interpretación de las enfermedades, los galenos en la antigüedad no tenían más remedio que recurrir, sin ayuda de la tecnología, a los únicos recursos que tenían a su alcance: los órganos de los sentidos.

La imaginación de hombres como Areteo de Capadocia, médico heleno del siglo II d.n.e., lo llevó a mencionar por primera vez el término «diabetes», con lo cual hacía alusión a la excesiva eliminación de orina como si el cuerpo afectado fuera un sifón. El hecho ya había sido descrito por los egipcios en el siglo XV a.n.e. El griego también infirió que la afección era como una especie de «fundición de carne»; y con esa imagen intentaba explicar la pérdida de peso corporal.

El segundo nombre (mellitus) tiene en sus orígenes episodios muy atrayentes: nos podemos remontar a los años 600 d.n.e., cuando se describieron en la India enfermos que tenían una orina pegajosa, con sabor a miel, la cual era capaz de concentrar hormigas a su alrededor. Por eso la enfermedad era conocida como la «de la orina dulce».

Incluso en esa época se distinguieron dos formas del padecimiento: la primera, asociada a la obesidad, a la vejez y a la vida colmada de placeres; y la segunda, a la desnutrición y a la juventud. Es evidente que hacían referencia a lo que ahora conocemos como diabetes mellitus tipo 2 y tipo 1, respectivamente.

En muchas civilizaciones se hizo alusión al sabor dulce o de miel de la orina. Pero fue el médico escocés William Cullen (1709-1790) el primero en utilizar, en 1776, el término «mellitus», por asociación con los enjambres de abejas alrededor de la miel y de la orina de los diabéticos. Con esa palabra diferenciaba a la enfermedad de otra que producía aumento del volumen de orina, pero sin ese sabor dulzón, padecimiento que a partir de ese momento comenzó a conocerse como diabetes insípida.

Y es al doctor inglés Thomas Willis (1621-1675) a quien se le reconoce la responsabilidad de haber estipulado el espinoso y sucio ejercicio, por parte de los médicos, de degustar la orina. Podríamos preguntarnos: ¿Cuántas veces el doctor inglés tuvo que catar el desecho líquido del cuerpo humano para llegar a su descubrimiento? ¿Cuánta dedicación habrá tenido con sus pacientes?

El auxilio de la ciencia

En un principio las aportaciones científicas al conocimiento y la forma de diagnosticar y tratar la diabetes se basaban solo en especulaciones y empirismos. No había condiciones para más. Por suerte, para los diabéticos, y también para los médicos, llegaron tiempos de avances científicos en diferentes ramas de las ciencias, incluidas la medicina y la química.

El diagnóstico se humanizó con los aportes del químico norteamericano Stanley Russiter Benedict (1884-1936), quien perfeccionó la técnica de determinación de glucosa en orina desarrollada por dos predecesores: Tromer, en 1841; y Fehling, en 1850.

Benedict pasó a la posteridad por haber introducido en la práctica médica la solución reactiva que lleva su nombre (solución o reactivo de Benedict), la cual fue empleada durante mucho tiempo, de manera asidua, después de demostrarse la correlación existente entre los niveles de glucosa urinaria y los de glucemia.

En la década de los 60 del siglo XX surgieron técnicas novedosas para determinar los niveles de glucosa en la sangre, se desarrolló el que puede ser el primer glucómetro, empleado en hospitales. Tenía diez pulgadas de largo (25,4 centímetros) y demoraba un minuto en dar el resultado, conectado a una fuente de corriente alterna. Fueron esos los antecedentes del glucómetro actual.

En Cuba, desde mediados de 2011 ese valioso instrumento, desarrollado por el Centro de Inmunoensayo, se empezó a dispensar en las farmacias a un precio subsidiado por el Estado. Su destino principal: los diabéticos que requieren tratamiento con insulina.

Los actuales médicos advierten con gusto el haberse librado de la «cata urinaria». Seguramente surgirán equipos más avanzados que los glucómetros actuales. Los que a todas luces no pasarán de moda son la «sempiterna clínica»  y una barroca y precisa terminología que, nacida de la imaginación, sirve para aludir a un padecimiento contra el que todavía damos batalla: la diabetes mellitus.

Fuentes bibliográficas:

Chiquete E et al. Investigación en Salud. 2001; l ll5-210.

Pedro Pons A. Patología y clínica médicas.

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