Henrietta Lacks y el precio de su inmortalidad

La historia de una joven norteamericana negra y pobre llamada Henrietta está unida al surgimiento de lo que se conoce como células inmortales, un descubrimiento que revolucionó las investigaciones científicas y en torno al cual se transgredieron importantes principios éticos

Autor:

Julio César Hernández Perera

Una conferencia mostraba hace poco los resultados de cierta investigación realizada por científicos cubanos. En esta se valoraban los efectos anticancerígenos de una nueva sustancia natural en un cultivo de células Hela. Fue en esa oportunidad que la memoria encontró espacio para reverenciar los más de 60 años de beneficios brindados por esas células a la humanidad.

Es una evocación que se remonta a la década de los 50 del siglo XX, donde se enmarca la muerte e inmortalidad de una mujer: Henrietta Lacks.

Su nombre de soltera era Loretta Pleasant, nacida en 1920 en Roanokoe, Virginia, Estados Unidos. Sus ancestros habían sido esclavos sometidos a la hostilidad de los campos de algodón. Huérfana de madre desde los cuatro años de edad, su custodia y educación estuvo al amparo de familiares maternos muy humildes, quienes estaban integrados a una comunidad negra de agricultores dedicados a la siembra y recolección del tabaco.

A sus 20 años de edad Henrietta contrajo nupcias con su primo hermano David Lack. Las necesidades de trabajo presionaron a la pareja a emigrar a una comunidad afroamericana en Turner Station, Baltimore. Las desgracias fueron sombras inseparables: en febrero de 1951 una enfermedad empezó a hundir en el dolor a la familia, que para entonces ya tenía una descendencia de cinco hijos, el último de un año y medio de edad.

Henrietta había acudido al hospital por una hemorragia ginecológica. El dictamen médico no podía ser peor: cáncer del cuello uterino. A pesar del tratamiento, llamó la atención la evolución tan agresiva del tumor. A los ocho meses el final era inminente.

La mujer falleció el 4 de octubre de 1951 en un sector hospitalario reservado para negros. Los recursos de la familia eran tan escasos que ni siquiera se pudo aspirar a un funeral.

La inmortalidad de Henrietta

Pero algo sucedió antes de que la paciente dejara este mundo. Durante el proceso de diagnóstico de la afección le fueron tomadas a la enferma muestras del tumor, las cuales fueron enviadas —sin el consentimiento de Henrietta— al Laboratorio de cultivo de células dirigido por el afamado doctor George Gey.

Desde hacía mucho tiempo el mayor incentivo del investigador era el estudio del cáncer, sobre todo conocer sus causas. Hasta ese momento los intentos de cultivos de células cancerígenas in vitro no habían encontrado éxito. Fueron las células tumorales de Henrietta las que mostraron la capacidad de no morir sin antes multiplicarse de manera ilimitada en medios de cultivos.

Esta condición otorgaba a las células el calificativo de «inmortales», y al momento de la muerte de la inconsciente donadora ya se disponía de una cantidad increíble. El suceso fue presentado como un avance científico en los medios televisivos de la época.

Las células fueron denominadas Hela, por las dos primeras letras del nombre y el apellido, respectivamente, de la enferma. Pero la identificación personal de la donante se mantuvo en el anonimato durante más de 20 años, y mucho se elucubraba acerca del origen de las valiosas células.

Se mencionaban nombres tales como Helen Lane, Helga Larsen o hasta la famosa Hedy Lamarr, una bella actriz de origen austriaco que había tenido sus días de gloria en los Estados Unidos de los años 50.

El descubrimiento aconteció oportunamente en un momento de auge de grandes avances científicos. Gracias a los cultivos de las mencionadas células, indispensables para el desarrollo de la primera vacuna antipoliomielítica en 1955, fue posible develar diversos secretos sobre el cáncer y el sida, conocer mejor el efecto de las radiaciones y las toxinas, adelantos como la fecundación in vitro, la clonación y la cartografía genética.

Se estima que los más de 50 millones de toneladas de células Hela replicadas hasta la fecha han motivado la aparición de aproximadamente 60 000 artículos científicos.

Tramas oscuras

Las codiciadas células provocaron graves violaciones en el campo de la bioética. En el mismo país donde se empezaron a producir en gran escala, se realizaron inaceptables experimentos en humanos. En 1956, cuando a un tal Chester Southam, de Nueva York, se le ocurrió preguntarse si la inmortalidad de las Hela era consecuencia de un virus, surgió la hipótesis según la cual, si se inyectaban esas células, se podría transmitir el cáncer.

No pensó dos veces en comprobar la conjetura. En una acción perversa las células Hela fueron inoculadas en presidiarios, en personas que padecían de enfermedades graves como la leucemia, y en otros grupos humanos.

También se reprocha el hecho de que nunca se solicitó el consentimiento a la paciente ni a sus familiares para utilizar las muestras con los fines conocidos. La historia mostraba una de sus tantas ironías: mientras grandes empresas dedicadas a la producción y distribución de las células inmortales se enriquecían, la familia negra se sumergía en la más fiera pobreza.

Pasados 25 años de la muerte de Henrietta, una investigadora genetista de Baltimore contactó al viudo y le dijo con poco tacto: «Nosotros tenemos a su esposa. Está viva en un laboratorio y hemos estado haciendo investigaciones con ella durante 25 años. Y ahora queremos hacerles pruebas a sus hijos para ver si ellos tienen cáncer». La verdad y el propósito eran otros.

Ahí está, indiscutible, el beneficio que ha tenido para la ciencia y la humanidad la persona de Henrietta Lacks, inmortalizada por las células que le llevaron a la muerte. Y están la insensibilidad y falta de escrúpulos que orbitaron alrededor de las codiciadas células inmortales.

Entre muchas situaciones que recalaron en el olvido, como la suerte de la familia de Henrietta, está el cementerio reservado para negros, devastado desde hace muchos años, donde se desconoce el lugar exacto en que fue enterrada una mujer pobrísima, cuya desgracia dejó un gran legado a la ciencia y a la humanidad. ¿Algún día ella y los suyos podrán ser reivindicados como merecen?

*Doctor en Ciencias Médicas, especialista de segundo grado en Medicina Interna, profesor titular de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana e investigador auxiliar.

Bibliografía:

Requiem pour Henrietta. Medicine Sciences. 2010; 26:529-33.

Rebecca L. Skloot: The immortal life of Henrietta Lacks (N. York: Random House, 2010).

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