África en el ojo avizor de Burkitt

En el descubrimiento de que los virus pueden causar cáncer concurrió un médico que atendía con vocación a poblaciones pobres y necesitadas de África 

 

Autor:

Julio César Hernández Perera

 

En la contemporaneidad el cáncer constituye una de las enfermedades más temidas por el hombre. Muchas veces pocos logran imaginar cómo las infecciones pueden ser una de sus causas más importantes.

Datos conservadores apuntan cómo a principios del siglo XXI poco menos del 20 por ciento de todas estas enfermedades malignas estaban relacionadas con un parásito, una bacteria o un virus. Para llegar a esta conclusión ha sido obligado el desarrollo de la ciencia junto con la inteligencia y dedicación de hombres que con su actuar fueron capaces de construir historias memorables. Entre estas está el descubrimiento del primer virus causante de cáncer en humanos.

El año 1911 se puede tomar como antecedente de esta historia, cuando el científico norteamericano Peyton Rous demostró cómo extractos libres de células (virus) eran capaces de transmitir en pollos un tumor maligno denominado posteriormente virus del sarcoma de Rous. A partir de esta revelación emergieron otras evidencias de virus causantes de tumores malignos, todos estos en diferentes animales.

En los humanos la demostración de que un virus puede causar cáncer esperó por la virtud observadora de un médico al que le faltaba un ojo. Esta acción no sucedió en universidades u hospitales famosos, sino en el mismo corazón de África.

Burkitt

El año en que Rous hizo su descubrimiento nacía en el norte de Irlanda Denis Parson Burkitt (28 de febrero de 1911), quien a los 18 años ingresó en la Facultad de Ingeniería del Trinity College, de la Universidad de Dublín.

Sin embargo, probablemente influido por un tío médico destinado a Kenia, su verdadera vocación era la Medicina. Por esta razón no dudó en cambiar los estudios de Ingeniería por los de la carrera que ciertamente le motivaba.

Se graduó como médico en 1935, con muy buenos resultados académicos. Tres años más tarde obtuvo una beca del Royal College of Surgeons de Edimburgo, donde ejerció como cirujano por varios años.

Entre las grandes inspiraciones de Burkitt estaba la de ofrecer sus servicios como médico en África. En esta aspiración se topó con grandes obstáculos a causa de la vista. En su infancia perdió el ojo derecho por una pedrada lanzada por otro escolar que astilló los cristales de sus espejuelos, y tras ello, el irreparable daño visual.

Parecía que siempre se sobreponía a las dificultades y en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, logró que lo destinaran como médico del ejército al continente africano. A los 11 años de estar trabajando en Uganda atendió a un niño enfermo que lo marcaría para el resto de su vida.

En julio de 1957, mientras ejercía como cirujano en un hospital en las afueras de la capital ugandesa (Kampala), un amigo pediatra llamado Hugh Trowell le pidió que valorara a un chico de cinco años de edad que por inesperadas cosas del destino se llamaba África. Este paciente sufría por unas extrañas tumoraciones dolorosas en toda la mandíbula.

Al cirujano le intrigaba mucho aquel mal que compartía, a la misma vez, elementos distintivos de las infecciones y los tumores malignos. Aun cuando África falleció al poco tiempo, no pasó mucho hasta que atendió a otro niño con similares síntomas.

Estos hechos lo motivaron a realizar una búsqueda de casos similares en otros hospitales, gracias a la cual llegó a reunir unos 120 casos en menos de tres años.

Al inicio de las investigaciones habló de la nueva enfermedad frente a la comunidad médica en una reunión de cirujanos africanos, y en 1958 la presentó en la revista British Journal of Surgery. Hoy al tumor se le conoce como linfoma de Burkitt.

El virus del beso

En 1961 Burkitt concedía conferencias en Londres acerca del tumor que afectaba principalmente a niños africanos. A una de estas presentaciones asistía el joven virólogo británico Michael Anthony Epstein, quien mostró gran interés en la posible causa del tumor.

Le llamaba poderosamente la atención la distribución geográfica de la enfermedad —zonas con alta incidencia de paludismo, con climas cálidos y húmedos—, por lo que propuso que el origen podría estar vinculado a un virus transmitido por mosquitos.

Epstein se comunicó con Burkitt y le propuso que le enviara muestras de las lesiones para estudiarlas por microscopía electrónica. Tres años después, en 1964, con la ayuda de sus asistentes Yvonne M. Barr y Bert Achong, consiguieron aislar el virus que posteriormente recibiría el nombre de Epstein-Barr. De esta manera se describió en la historia de la Medicina el primer virus causante de un tumor maligno en humanos.

Hoy se sabe que este virus se transmite principalmente a través de la saliva y es capaz de provocar otra enfermedad conocida como mononucleosis infecciosa o «enfermedad del beso». Una afección que aparece preferentemente en adolescentes y que se caracteriza por inflamación de los ganglios linfáticos, decaimiento y fiebre, entre otros síntomas.

El linfoma de Burkitt, por su parte, tiene la particularidad de ser uno de los cánceres que más rápido crece, lo que le confiere, además, gran agresividad. En la actualidad es una afección rara en el mundo.

Pero aún para los niños de África contemporánea el cuadro ha variado poco desde los tiempos de Burkitt. La «variante endémica del África ecuatorial» descrita por el médico irlandés está estrechamente relacionada con la infección crónica por paludismo (esta enfermedad hace disminuir la resistencia al virus) y a las desfavorables condiciones socioeconómicas que vive gran parte de la población del continente.

En muchas regiones de África, por ejemplo, es habitual ver cómo las madres tienen que mascar previamente los alimentos antes de ofrecérselos a sus bebés. De esta manera se puede transmitir con efectividad el virus de Epstein-Barr.

Es lamentable cómo tantos esfuerzos, recursos y avances científicos modernos no logran asistir a poblaciones pobres en aras de hacer desaparecer el mal avizorado en África por un médico que tenía un solo ojo, pero una vocación indomable.

 

Algunas referencias consultadas:

Smith O. Denis Parsons Burkitt CMG, MD, DSc, FRS, FRCS, FTCD (1911–93) Irish by birth, Trinity by the grace of God. BJH. 2012; 156: 770–6.

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