La Glee-manía

En la conocida serie Glee, transmitida por Cubavisón con el título de El coro, la música une a un grupo de jóvenes «extravagantes» y les permite crecer como seres humanos

 

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

A estas alturas nadie duda del poder transformador del arte. Y mucho menos lo pone en tela de juicio Ryan Murphy, el creador de la mundialmente popular serie nombrada Glee, que Cubavisión transmite los sábados, a las 6:00 p.m., bajo el título de El coro. Esta absoluta verdad es la que toma el también autor de la superexitosa Cortes y puntadas para concebir el argumento de esta obra audiovisual de 2009, que se mueve entre la comedia y el musical.

Pensada sobre todo para el público juvenil, El coro cuenta, no obstante, con todos los ingredientes para atrapar a los espectadores de cualquier edad, aunque se desarrolle en uno de esos institutos poblados por auténticos adolescentes, con todos los sueños, dudas, alegrías, frustraciones, miedos, dolores, descubrimientos, que ello implica.

Los verdaderos protagonistas de El coro, como diría la siempre irónica Sue Sylvester, villana principal de la serie, son aquellos que dentro de la pirámide social del Instituto William Mc Kinley, permanecen en el subsuelo, por «invisibles» y «perdedores». El penthouse solo es digno de los «musculosos y populares». Y son estos, representados aquí por las animadoras y los integrantes del equipo de fútbol americano, quienes imponen las reglas, quienes abusan, minimizan y apartan.

¿Sus víctimas? La judía Rachel (Lea Michelle), nacida in vitro de dos padres homosexuales, dueña de un espíritu exacerbadamente competitivo y necesitada de sobresalir; el ingenuo y excesivamente tímido Finn (Cory Monteith), capaz de creer que ha podido embarazar a su novia a causa de unos espermatozoides que se le «escaparon» dentro de la piscina donde se bañaban; Kurt (Chris Colfer), adolescente gay, amante de la moda más excéntrica, que no sabe cómo vivir con su historia; Mercedes (Amber Riley), la obesa afroamericana; Tina (Jenna Ushkowitz), la asiática tartamuda; y Artie (Kevin Mchale), el discapacitado. Será la música lo que los una y les permita  crecer como seres humanos. En ello juega un papel determinante la creación de New Directions, el coro con el cual el profesor de español, Will Schuester (Matthew Morrinson), piensa revivir los años de gloria de una agrupación similar que él integrara cuando estudiaba en esa misma Preparatoria.

Claro, no les resultará absolutamente fácil a Will y sus muchachos conseguir sus propósitos: llegar hasta la competencia nacional y ganar, porque para eso están la imaginativa y vengativa Sue (Jane Lynch), encargada de las cheerios (animadoras), y sus espías: la bella y rubia Quinn (Dianna Agron), capitana del equipo, además de las sensuales, provocativas, calculadoras, Santana (Naya Rivera) y Brittany (Heather Morris), la «chica fácil» que esconde su dislexia y problemas de aprendizaje buscando ser aceptada.

Con estos tres pintorescos personajes que se «infiltrarán» en el colectivo conformado por «los diferentes» —que como sabemos siempre dan terror—, a los que se sumará un cuarto: Puck (Mark Salling), «el papi de las mamis»—, Ryan Murphy comenzó a tejer las más disímiles subtramas, haciéndose acompañar en la elaboración de los libretos por Ian Brennan y Brad Falchuk, para concebir, en su conjunto, una historia atractiva, creíble y con un gancho infalible: la música popular, perfecta para la construcción de la identidad juvenil.

Plagados de aventuras, de traspiés, están los capítulos y el camino del coro para materializar sus objetivos, donde todos aprenderán, no sin grandes sacrificios personales, a unir esfuerzos en pos del colectivo. Así, desde el buen espectáculo televisivo, sin perder de vista que este es un producto sobre todo para entretener, los guionistas aprovechan la comunicación con millones de jóvenes espectadores para invitarlos a reflexionar sobre temas como los relativos a la sexualidad (embarazo precoz, el noviazgo, el compromiso, homosexualidad...), la discriminación, la doble moral, la incomunicación, la violencia, la amistad, la familia, las drogas y el alcohol, la competitividad, la tolerancia, la convivencia...

Al mismo tiempo habría que decir que a pesar de los diálogos ingeniosos e inteligentes, a medida que va avanzando la serie los personajes y las situaciones dramáticas empiezan a alargarse en demasía y hasta se tornan un poco artificiales, porque evidentemente lo que más importa a sus realizadores es el show, el espectáculo, de ahí que se hayan empeñado en una notable producción. Porque es innegable que el principal mérito de Glee son sus adaptaciones de grandes temas musicales, aprovechando las voces poderosas y excepcionales de los actores, y las dinámicas y vistosas coreografías.

En El coro destacan el ritmo narrativo, la puesta en escena de notable colorido visual, con esos magníficos montajes sobre todo durante los bailes, donde alternan los planos en movimiento de corta y larga duración; el vestuario... Por supuesto que el casting es impresionante. Y es que uno no se puede imaginar a otros actores para encarnar a esa tropa de personajes «extravagantes». Y no obstante, algunos sobresalen más, como es el caso de la malévola y simpatiquísima entrenadora Jane Lynch (espectacular en el Vogue, de Madonna), tan parecida a las viles brujas de los animados de Disney, pero tan auténtica y exquisita.

Igual habría que expresar de los extraordinarios Chris Colfer y Lea Michelle; sorprendentes no solo por la veracidad que le otorgan a sus respectivos papeles, sino, además, por sus voces rotundamente privilegiadas. Y en esa línea habría que referirse a la también convincente Amber Riley, heredera de las portentosas gargantas afroamericanas, quien corta el aliento cuando asume piezas al estilo de Beautiful (Christina Aguilera); o de Bust Your Windows (Jazmine Sullivan).

Pero ya decía que la selección musical es realmente lo más impactante de El coro, donde asombran las canciones originales y las versiones de afamados hits de The Beatles, Queen, Lady Gaga (fantástica la de Pokerface), Pretenders, Billy Joel, Michael Jackson, Chicago, Journey, Aerosmith, Dionne Warwick, Celine Dion, Amy Winehouse (quien tristemente acaba de fallecer a causa de una sobredosis), Barbra Streisand, Gene Kelly, Rihanna... Porque se trata de un mágico paseo que convida a escuchar rock, pop, funk, rhythm and blues, jazz...; que pone en contacto a los jóvenes con los clásicos de Broadway, o con sagaces combinaciones, como las que se alcanzan con las mezclas entre Halo, de Beyoncé y Walking on Sunshine, de Katrina and the Waves; o entre It’s My Life (Bon Jovi) y Confessions Part II (Usher).

En preparación de una tercera temporada (en Cuba todavía se exhibe la primera), donde aparecerán nuevos personajes encabezados por el ganador del reality The Glee Proyect —porque hay que exprimir hasta el final—, El coro es todo un fenómeno de audiencia a nivel mundial, y la Cadena Fox aprovecha al máximo la Glee-manía. De hecho, el reparto ya firmó un contrato para tres películas, mientras va por más de diez álbumes, giras, ropas, accesorios, videojuegos... Pero, jugoso negocio aparte, lo cierto es que El coro transmite un aire festivo, de diversión, y mucho más que otras series de su tipo, envía mensajes optimistas, promueve valores como positivos, y prepara a los adolescentes para que tengan conciencia de que cuando acaba el baile, empieza la vida.

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