¿Botamos los CD?

Con apenas un cuarto de siglo de creados, los discos compactos parecen estar destinados a morir jóvenes La red al día

Autor:

Amaury E. del Valle

Foto: Calixto N. Llanes

Cuando el martes 17 de agosto de 1982, en una fábrica de la compañía Phillips, se produjo el primer disco compacto (CD, por sus siglas en inglés), pocos imaginaron que cambiaría por completo el mundo de la música, ni tampoco creyeron que fuera a morir tan rápido.

Hoy, tras 25 años de creado, el CD, en sus diversas modalidades, parece estar destinado a caer en el olvido, pues a pesar de que siguen siendo muy útiles como formato para almacenar música, datos e incluso videos, otras tecnologías los están desplazando rápidamente.

Reproductores digitales de música, discos de alta definición y capacidad de almacenamiento como el DVD, e incluso formatos superiores a estos, como el HD-DVD y el Blu-ray, han hecho decaer las ventas de CD en todo el mundo a un ritmo cada vez más vertiginoso.

A su vez, si bien se calcula que desde 1982 a la actualidad se han vendido más de 200 000 millones de CD en todo el mundo, ahora el crecimiento de las descargas digitales de música también se erige en amenaza al «compacto», quien un día se creyó vencedor ante el casete y el disco de vinilo, y ahora muere a su vez producto del avance tecnológico.

Adiós al 3 en 1

Difícil, aunque frecuente en el mundo de la investigación tecnológica, es que dos grandes empresas dejen a un lado sus diferencias y la competencia comercial para ponerse de acuerdo en desarrollar juntos un nuevo producto ventajoso para ambas partes.

Así sucedió con Phillips y Sony, dos grandes magnates de la electrónica en la década de 1980, especialmente en equipos de música, quienes después de lanzar al mercado los otrora famosos «3 en 1», que incluían radio, reproductor de casete y tocadiscos, parecían varados sin saber qué cosa nueva inventar.

La inercia, no obstante, era solo aparente. Desde 1979 ambas empresas comenzaron a trabajar en un disco compacto que pudiera contener una hora de audio, aunque pronto esa capacidad se amplió a 74 minutos para acomodar la Novena Sinfonía de Beethoven.

Cuando los primeros CD salieron a la venta en noviembre de 1982, en su mayoría tenían grabaciones de música clásica, pues se creía que los aficionados a esta tenían mucho más dinero para costear los entonces muy caros reproductores, cuyo precio rondaba los 2 000 dólares.

No faltaron casos curiosos, como el que contó recientemente a la prensa Frank van der Berg, quien trabajó en el equipo especial de Polygram para la producción de discos compactos, el cual asegura que «cuando el pianista chileno Claudio Arrau grabó uno de los primeros CD para Polygram, descubrimos que gruñía y jadeaba cuando estaba tocando. En los discos de vinilo no se oía eso, pero en los CD se escuchaba claramente».

Claro está, ni Sony ni Phillips imaginaron que muy pronto otra industria, además de la musical, vería en los CD el formato ideal para guardar información. Fue precisamente la computación quien catapultó a la gloria la nueva invención, al crearse discos compactos que podían almacenar hasta 700 megabytes de información, u 80 minutos de música.

Las torres de CD-ROM, el nuevo formato, comenzaron a introducirse en las computadoras a mediados de la década de los 80, y se volvieron obligatorias en todas las creaciones, hasta que los albores del nuevo siglo trajeron un disco de mayor capacidad: el DVD.

Disco parece... más no lo es

Aunque parecen iguales por fuera, e incluso sin etiquetar es muy difícil distinguirlos a simple vista, existen múltiples diferencias entre los CD, CD-ROM, CD-RW, DVD, HD-DVD y Blu-ray. Sin embargo, el principio de funcionamiento para todos es muy similar, aunque la cantidad de «pistas» y la magnitud de información que pueden almacenar varíen de uno a otro.

En sentido general, el disco compacto, nombre genérico que los engloba a todos, está formado por una base de plástico recubierta de un material que refleja la luz, habitualmente aluminio. Es en esa superficie, de variable espesor, donde se realiza la grabación de datos, creando agujeros microscópicos que dispersan la luz (pits) alternándolos con zonas que la reflejan (lands).

Para reproducir o «leer» la información que contienen, se utilizan unidades específicas dotadas de un rayo láser y un fotodiodo. Esto posibilita que al pasar el láser de alta definición por los agujeros, lea la información codificada, y a su vez una serie de circuitos la conviertan en dígitos que son traducidos por un microprocesador, como ocurre en las computadoras, o en señales analógicas para su reproducción a través de sistemas de altavoces convencionales, como sucede con las reproductoras de CD.

Quizá esto recuerde algo al antiguo disco de vinilo, también con una superficie «grabada», donde la aguja de percusión al subir y bajar «leía» su contenido, solo que en los compactos la posibilidad de que todo sea microscópico multiplica miles de veces la cantidad de información que guardan, en dependencia de la cantidad de capas o «caras» que tenga, así como de la distancia entre los agujeros microscópicos que se crean en su superficie.

A su vez, aumenta considerablemente la fidelidad del sonido o imágenes, pues si bien en el sistema normal mecánico-electrónico de grabación de sonido, las ondas sonoras están inevitablemente distorsionadas y recogen ruidos del propio proceso de grabación, el grabador digital elimina estos problemas al medir las ondas miles de veces por segundo y asignar un valor numérico o dígito a cada una de estas medidas.

Estos dígitos se convierten en una corriente de pulsos electrónicos que se almacenan en cualquier soporte de memoria, ya sea un disco duro, un CD, DVD o una simple memoria flash, lo cual permite su posterior reconversión y reproducción.

Todas estas ventajas explican el porqué en pocos años los aparatos de CD sustituyeron a los demás reproductores de música convencionales, agregándoseles como valor añadido el tener una vida mucho más larga, pues como no entra en contacto directo físico con ningún mecanismo, pueden durar mucho si se les maneja con cuidado, evitando que su superficie se raye, o que estén en contacto con el polvo, la humedad y el calor.

Además de los CD convencionales de música creados por Phillips y Sony, pronto surgieron otros formatos como el CD-ROM, que permite almacenar y recuperar datos, el CD-RW, que posibilita escribir en él múltiples veces, los discos compactos interactivos (CD-I), los de videos interactivos (VD-I) y otros que contienen además señales, audio y gráficos digitalizados que pueden visualizarse en una pantalla de televisión, los cuales se denominan CD-G.

Camino al museo

La integración de viejas tecnologías en las nuevas, como lo demuestra el hecho de que los aparatos de última generación como los DVD-ROM sean capaces de reproducir anteriores formatos, además de películas en formato DVD video, ha dado una estocada mortal a los CD.

A su vez, el Blu-ray y el HD DVD, tecnologías encontradas que defienden empresas competidoras entre sí, también muestran cifras claras de crecimiento, especialmente en el mundo del cine y la computación, aunque ya se empiezan a insertar en consolas de juego como la PlayStation 3, de Sony, y Xbox 360, de Microsoft.

Ante esa realidad, los CD ya comienzan a pensar en la jubilación, pues en los últimos diez años sus ventas se han reducido en todo el mundo, mientras por otro lado las descargas digitales de música se incrementan rápidamente, estrechándoles más el campo donde aún pudieran sobrevivir un tiempo.

Según la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI, por sus siglas en inglés), las descargas de música digital constituirán el 25 por ciento de las ventas de la industria en todo el mundo para 2010, y otro gran porcentaje será copado por los videos en formato DVD.

Si a esto se agrega la emergencia de formatos de almacenamiento de datos como las memorias flash o los discos duros externos, bien pudiera ocurrir que una grabadora de CD pronto sea un objeto museable, como lo son hoy muchos tocadiscos por su culpa.

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