Desde la «plastinación» al telebanco

El comercio electrónico, aunque a veces se utiliza para aberrantes maquinaciones, constituye una de las herramientas que pueden contribuir a expandir la economía

Autor:

Amaury E. del Valle

Cuando muchas personas en el mundo, a pesar de la crisis económica, buscan al menos un pequeño presente para regalar por Navidad o fin de año a sus seres queridos, hay quienes están pensando que Internet les dará la oportunidad de hacerse con un obsequio cuando menos inusual.

Un bolso hecho con riñones humanos, una porción de una pierna, una escultura con un cerebro seccionado e incluso un cuerpo completo son algunas de las opciones que ofrece una peculiar tienda online alemana, creada por el científico —y para algunos artista— Gunther von Hagens.

Este alemán, también conocido como el «Doctor Muerte», ha creado un polémico tratamiento del cuerpo humano una vez muerto conocido como «plastinación».

Se trata, en esencia, de una técnica de preservación de material biológico patentada por Von Hagens que consiste en sustituir los líquidos y lípidos naturales por resinas elásticas de silicona y materiales rígidos.

Eso le da una apariencia «plástica» al cuerpo humano, de forma tal que pueden verse con toda precisión los músculos, venas, arterias y demás componentes de nuestra estructura, algo que muchos científicos consideran como un verdadero aporte a los estudios anatómicos.

Al Doctor Muerte, no obstante, no le faltan detractores. Más allá de cuestionamientos religiosos y éticos, una cosa es inventar un método científico de conservar especies —pues también «plastina» plantas y animales— y otra muy distinta es lucrar con ello, armando expoventas en todo el mundo, donde quien tenga un poco de dinero puede comprar su propio «muerto».

El doctor Von Hagens asegura en su defensa que él solicita a los posibles compradores un certificado que atestigüe que lo adquirido será solo usado con fines científicos o docentes, pero resulta paradójico que, cuando se visita su web Plastinarium.de, uno se tropieza con que, con una tarjeta de crédito, se puede comprar casi cualquier pedacito humano y regalarlo por Navidad.

Allí, por ejemplo, un hígado cuesta cerca de 2 000 euros (unos 2 800 dólares), un testículo 360 euros (500 dólares), una pierna diseccionada desde 10 000 euros (14 000 dólares), una cabeza algo más de 22 000 euros (31 000 dólares) o un cuerpo humano entero 57 000 euros (80 000 dólares más o menos).

Incluso si esto se vendiera solo con fines docentes, como asegura el Doctor Muerte, resulta inverosímil creer en el sentido instructivo que tendría para un científico exhibir en la sala de su casa cortes limpios de órganos y extremidades entre láminas de cristal, o andar por la calle con un bolso, un llavero y hasta unos aretes confeccionados con riñones, testículos o un pedazo de corazón.

Compras y compras

Más allá de las aberrantes ventas online del ¿doctor? Gunther von Hagens, lo cierto es que Internet se ha convertido en una plataforma electrónica de compras para casi cualquier tipo de producto, en una escalada cada vez más creciente del comercio electrónico a nivel mundial.

Si a finales de la década de los 90 del siglo pasado, cuando comenzaron a consolidarse las primeras tiendas online, la mayoría de los consumidores consultaban estos sitios buscando sobre todo información sobre el coste de estos productos, características, ventajas y beneficios de este tipo de ventas, entre los años 2000 y 2002 «explotó» este tipo de negocio a nivel mundial, creciendo cada vez más.

La consultora Forrester, por ejemplo, asegura en un estudio que los consumidores de 17 países de Europa Occidental compraron 71 billones de euros en bienes en línea en 2008, y sus estimaciones indican que las ventas en línea en Europa crecerán a 123,1 billones de euros para 2014, con un rango compuesto de crecimiento anual de 9,6 por ciento.

Ese mismo año, 2008, Nielsen Company, otra consultora, indicaba que aproximadamente el 40 por ciento de la población mundial había comprado en línea, comparado con el diez por ciento en 2006; y a pesar de la crisis económica algunos analistas indican que posiblemente para 2011 al menos la mitad de la población mundial esté involucrada de una u otra forma en el comercio electrónico.

Y es que no se trata solo de tener una tarjeta de crédito y «agregar al carrito» con unos cuantos clics lo que veamos en una página web; comercio electrónico son también, de cierta manera y entendido en su más amplio concepto, los pagos que hacemos con la banca online, a través de cajeros automáticos, o los pedidos que realizamos físicamente por teléfono después de ver un anuncio en una web.

Así, incluso en países como Cuba, donde el comercio electrónico todavía está en pañales, y se visualiza más claro en las web que venden paquetes turísticos y boletos de avión, o las de envío de dinero y productos desde fuera de la Isla a residentes acá, también ya hay cierto desarrollo del «comercio» virtual hacia el interior.

Confianza digital

El comercio electrónico es definido por los estudios de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) como el proceso de compra, venta o intercambio de bienes, servicios e información a través de las redes de comunicación.

Como las características del comercio electrónico son muy distintas de las formas más tradicionales de compra y venta, en muchos países se han fomentado nuevas leyes y regulaciones, e incluso ya existen algunas normativas y acuerdos de carácter internacional, así como mecanismos transnacionales para autentificar la validez de las transacciones.

La razón es muy simple: usted puede estar comprando un paquete de viajes a Cuba desde Italia, o una reservación de un hotel, y ninguno de los dos, vendedor o comprador, ubicados en puntos distantes de la geografía y sujetos a leyes diferentes, quiere ser timado.

Eso implica mecanismos como los de autentificación de la compra, del lado del consumidor, y los de verificación del pago, del lado del vendedor, este último más complejo si se quiere, pues implica comprobar que la tarjeta de crédito o cuenta bancaria con la cual se pagó sea válida, que tenga saldo disponible e incluso que pertenezca a quien dice ser su propietario.

Edificar esta «confianza» mutua entre vendedores y compradores es, según los expertos, uno de los principales obstáculos que enfrenta a nivel mundial el comercio electrónico.

Desde y hacia adentro

En contra de lo que muchas personas creen, es dentro de las mismas fronteras nacionales donde hoy se concreta la mayor cantidad de ventas y compras online, como atestiguan los datos de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Según esa fuente, los artículos más populares y más comprados en Internet son libros, ropa, videos, DVD, juegos, boletos de avión y equipos electrónicos, mientras que la mayoría fueron adquiridos en tiendas online basificadas en el mismo país del comprador.

Algo similar sucede entre las empresas, las cuales están usando ya Internet como un nuevo canal de ventas, sustituyendo las visitas personales, correos y teléfonos por pedidos electrónicos, ya que gestionarlos por la web cuesta menos que hacerlo por vías tradicionales.

En Cuba, y a nivel de empresas, esta tendencia también se hace cada vez más fuerte, e incluso llega casi hasta finalizar la transacción, aunque siguen haciendo falta en la mayoría, si no en la totalidad de los casos, los papeles y firmas «reales», ante la falta o la poca confianza en los mecanismos de autentificación de las firmas y documentos digitales.

De cara al consumidor nacional, y salvo algunos mecanismos como el de telebanca, los pagos por cajero automático y demás, todavía es muy fuerte la necesidad de la presencia «física» del usuario y del vendedor, ante la falta de estructuras para poder realizar y autentificar pagos electrónicos.

La falta de instrumentos de pago online siguen siendo una barrera alta para el desarrollo del comercio electrónico, una opción que mucho ahorraría en tiempo y recursos.

No se trata solo de instrumentar unas cuantas web que vendan «hacia afuera» o «desde afuera» de Cuba, muchas de estas sujetas por demás a la persecución irracional y arbitraria del Gobierno norteamericano, obsesionado con imponer a toda costa el bloqueo.

También «desde adentro» y «para adentro» pueden ser muy útiles las plataformas de comercio electrónico.

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