Basura que cae del cielo

La cantidad de desperdicios espaciales orbitando alrededor de nuestro planeta está llegando a su punto crítico y amenaza las misiones siderales e incluso a los mismos terrícolas

Autor:

Amaury E. del Valle

Aunque el béisbol no es un deporte muy practicado en Rusia, posiblemente varios nacionales de ese gigantesco país se entusiasmen con el ejemplo del singular «pitcheo» de los astronautas de la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés), Gennady Padalka y Yuri Malenchenko.

Estos lanzaron al espacio sideral el pasado lunes nada menos que una bola de metal de unos nueve kilogramos, durante una de las tantas caminatas espaciales que han realizado fuera de la ISS.

Después de más de seis horas expuestos a los rigores del espacio, tiempo que utilizaron además para preparar la estación de cara a la futura llegada de un nuevo módulo en 2013, los dos cosmonautas vieron cómo la esfera metálica se alejaba de ellos.

Ambos astronautas, veteranos en los paseos espaciales, pues para Padalka es el noveno y para Malenchenko el quinto, también reforzaron parte de la superficie de la nave internacional para protegerla de los golpes de pequeños meteoritos.

Precisamente ese es el objetivo de la «bola» lanzada por Padalka y Malenchenko, pues el objeto ayudará a los científicos en su investigación sobre la basura espacial y el peligro de estos desechos para la Tierra.

Se espera que la esfera de metal permanezca en órbita alrededor de tres meses, tiempo en el que se le hará un seguimiento a través de equipos informáticos, en aras de comprender cómo se mueven los objetos y las miles de piezas de basura y escombros que rodean nuestro planeta.

La misión es de vital importancia, pues según estimados de la Agencia Aeroespacial de Estados Unidos (NASA, por sus siglas en inglés), existen actualmente más de cien millones de toneladas de basura espacial orbitando alrededor de la Tierra.

Balas sucias siderales

En febrero de 2009 un antiguo satélite militar ruso denominado Kosmos-2251 y un satélite de comunicaciones estadounidense activo, clasificado como Iridium-33, chocaron en el espacio. El segundo quedó inutilizado y como resultado de la colisión se desprendieron unos 2 000 fragmentos adicionales de basura sideral.

Este fue apenas uno de los sucesos generados por los desechos que orbitan sobre nuestras cabezas, tras más de 50 años de que el hombre lograra poner los primeros objetos en el cosmos.

Según la agencia estadounidense Space Surveillance Network, actualmente existen en órbita unos 16 000 escombros rastreados desde la Tierra con tamaño superior a diez centímetros, y al menos otro medio millón de piezas cuyo tamaño varía entre uno y diez centímetros.

Otras partículas menores, las cuales podrían sumar varios millones, también representan una amenaza mortal para los viajeros espaciales y los satélites de comunicaciones, meteorológicos y de investigación.

Los cálculos científicos indican que los fragmentos viajan a velocidades superiores a los 26 000 kilómetros por hora, por lo que su potencial destructivo es altísimo, como se ha evidenciado en las huellas que dejan en las naves y estaciones espaciales.

Lo más peligroso es que, además, estos desperdicios provocan el llamado Síndrome de Kessler, que debe su nombre al consultor de la NASA, Donald J. Kessler, quien predijo que el volumen de basura espacial en la órbita baja terrestre (LEO) aumentará de forma considerable, y por ello nuevos ingenios espaciales tendrán una mayor probabilidad de ser impactados por escombros.

El científico aseguró que tras cada colisión se generan más escombros, por lo cual aumenta el riesgo de nuevos choques, desarrollándose un verdadero círculo vicioso, una especie de «efecto dominó» sideral de consecuencias impredecibles.

La gran concentración de basura espacial y su continuo aumento ya no solo es perjudicial para astronautas, satélites, naves espaciales e incluso la Estación Espacial Internacional, sino que ha obligado a «blindarlos» mejor, con el consiguiente encarecimiento de las misiones.

La mayoría de los desperdicios orbitan entre los 600 y mil kilómetros de altura, y aunque las naves actuales, como la Estación Espacial Internacional, orbitan por debajo de ese nivel, a unos 364 kilómetros de altura, los cálculos indican que para el año 2055 será imposible lanzar cualquier misión espacial sin toparse con uno de estos objetos, a menos que se desarrolle y ejecute un plan para librarse de estos.

Plaza de barrendero espacial

Los vecinos de la República de Altai, en la frontera de Rusia con Kazajistán, quizá sean los únicos habitantes de la Tierra que necesiten usar paraguas de acero blindado.

Allí, especialmente en los bosques de la taigá, es muy fácil encontrar chatarra que solía formar parte de los cohetes espaciales Protón, que pusieron en órbita muchos satélites, lanzados desde el aeródromo de Baikonur, ubicado a cientos de kilómetros del lugar.

Algunos de los trozos desperdigados formaban parte de los tanques que contenían combustible tóxico, otros son pedazos de naves y satélites que explotaron cuando su lanzamiento falló, pero a los vecinos de Altai les preocupa que puedan haber causado contaminación nociva para la salud en los ríos y tierra.

A miles de kilómetros de allí, en pleno océano Pacífico, a unos 1 250 kilómetros de la isla chilena de Wellington, en enero de 2012 se precipitaron al mar los restos de la fallida sonda espacial rusa Phobos-Grunt, destinada a explorar el planeta Marte.

Esas son algunas de las quejas que ha debido atender el Comité de las Naciones Unidas sobre la Utilización del Espacio Ultraterrestre, organismo que ya ha dictaminado que la cantidad de basura espacial superó el límite crítico; esta se ha convertido en una avalancha de pequeños fragmentos que colisionan constantemente entre sí, multiplicándose rápidamente.

Expertos de ese organismo vaticinan que el próximo paso en la conquista del espacio por el hombre, más allá de una espectacular misión, quizá sea salir con un recogedor gigante a barrer la suciedad.

Una pinza en la cabeza

Recientemente científicos suizos lanzaron el programa CleanSpace One, encaminado a retirar la basura espacial de la órbita terrestre, cuyo presupuesto asciende a 11 millones de dólares.

La idea es desarrollar una serie de «satélites limpiadores», pequeños aparatos capaces de detectar los objetos peligrosos en la órbita y destruirlos totalmente o al menos convertirlos en fragmentos bien diminutos.

Otras instituciones, como la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), la Agencia Espacial de la Unión Europea e incluso la misma NASA, también desarrollan programas similares en aras de reducir el riesgo de los desechos siderales para los satélites en órbitas bajas, las misiones robóticas y tripuladas en el espacio, y hasta para todos los terrícolas.

Quizá alguno de nosotros logre encontrar la bolsa de herramientas que perdió el pasado 18 de noviembre de 2008 la astronauta Heidemarie Stefanyshyn-Piper, durante una caminata espacial para reparar la Estación Espacial Internacional.

La bolsa, que pesaba 13 kilogramos y se le escapó a la astronauta cuando tuvo que limpiarse los guantes de su traje tras reventarse una de las pistolas de grasa, incluso fue vista desde la Tierra por un astrónomo aficionado, mientras se alejaba de la Estación Espacial.

No faltan los escépticos que aún siguen mirando hacia el cielo, temerosos de que algún día les caiga una pinza en la cabeza.

 

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