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Drones, la otra cara de la historia

Con una triste fama por su indiscriminado uso militar, especialmente por las fuerzas armadas de Estados Unidos, los vehículos volantes no tripulados comienzan a utilizarse en diversas esferas de la vida civil

Autor:

Amaury E. del Valle

A comienzos de este curso, los estudiantes de Periodismo de la Universidad de Missouri, en Estados Unidos, debieron matricular una nueva asignatura: el vuelo periodístico de J-Bots.

No se trata de una asignatura convencional desde ningún punto de vista, y aparentemente no tiene nada que ver con el Periodismo, pues se trata de que los alumnos aprendan a volar drones, o sea, vehículos no tripulados operados por control remoto.

La idea se debe a Bill Allen, profesor de Periodismo y pionero del curso, quien afirmó a la prensa que en el futuro los periodistas deberán utilizar estos recursos para desarrollar su labor como reporteros, tanto en escenarios de catástrofes, como en posibles investigaciones.

Aunque para algunos pueda parecer algo demasiado futurista, lo cierto es que poco a poco los drones están comenzando a dejar atrás la mala fama que les dio su extensivo uso en operaciones militares, donde muchas veces han estado involucrados en la muerte injustificada de civiles.

Ahora ya comienza a verse su uso más extensivo en disímiles contextos, tanto para investigaciones científicas, en operaciones de rescate y salvamento, en el mundo del cine y la televisión e incluso como costosos juguetes.

Tampoco andan únicamente por el cielo, sino que han surgido modelos terrestres y hasta acuáticos, ya que como tales, los drones constituyen un concepto muy abarcador.

Su tamaño y peso también se ha simplificado, y ya existen en forma de grandes aviones o tan minúsculos como una libélula.

Algunos no tan soñadores creen, incluso, que sustituirán a los hombres en casi todas las labores de riesgo.

Reportero robot

La clase de Periodismo utilizando drones voladores del profesor Allen es, como él mismo alega, una especie de laboratorio para explorar el potencial de crecimiento de la utilización de aviones no tripulados con fines periodísticos.

Los J-Bots pueden ser del tamaño de una pelota de baloncesto y pesan solo un kilogramo. Cada uno tiene patas largas, pequeños motores con hélices y está equipado con una cámara ligera de alta definición GoPro.

No son tan caros como se piensa, pues un avión no tripulado de pequeño formato cuesta 500 dólares en una tienda especializada y dotarlo con una GoPro amerita una inversión similar, así que el equipamiento completo rondaría los mil o 2 000 dólares, similar a lo que puede costar el instrumental básico de un fotógrafo de prensa.

No obstante, sería equivocado pensar que se trata de una tecnología simple, pues el gran escollo de los drones radica, más que en el precio, en las licencias necesarias que se deben obtener para posibilitar que estos vuelen.

Aun así se trata de una industria en expansión, según un estudio citado por la Asociación Internacional de Sistemas de Vehículos No Tripulados (Auvsi, por sus siglas en inglés), el cual afirma que la industria de aviación no tripulada generaría en Estados Unidos cerca de 70 000 empleos en los próximos tres años, y una cifra muy jugosa de ventas.

La clave está en que los drones han saltado de la vida militar a la civil con mucha rapidez y gran éxito, al punto de que amazon.com, el más grande sitio de subastas y ventas por Internet de Estados Unidos, ha presentado un programa piloto con vehículos volantes no tripulados para entrega de productos a domicilio.

De extenderse la idea y aprobarse, e incluso aplicarse en otros países, habrá que preguntarse si quizá más pronto de lo que esperamos estaremos recibiendo en casa una jaba de malanga y plátano que un amable drone volador nos trajo desde el agromercado más cercano.

Rastro de sangre

Aunque un estudio conjunto de las universidades de Stanford y Nueva York logró determinar que los drones se usaron por vez primera contra objetivos terroristas en Paquistán en 2004, en el noroeste del país, lo cierto es que su invención tenía más de un siglo.

Ya en fecha tan temprana como 1917, el ingeniero Charles Kettering, de General Motors, había desarrollado un biplano no tripulado preprogramado que, accionado por un mecanismo de relojería, debería plegar las alas en un lugar programado y caer sobre el enemigo como una bomba.

Aunque nunca fue utilizado en combate y el proyecto quedó en el olvido, en 1933 se hizo la primera prueba exitosa en el Reino Unido del primer UAV Queen Bee, desarrollado a partir del biplano Fairey Queen. Este se controlaba por control remoto desde un barco y llegó a ser usado en la Real Marina británica como un avión-blanco desde 1934 hasta 1943 y con fines de exploración.

No obstante, el primer drone producido en serie a gran escala fue el estadounidense Radioplane OQ-2, que sirvió como blanco volante para la formación de pilotos en la Segunda Guerra Mundial, e incluso llegó a efectuar varios vuelos de reconocimiento en territorio enemigo.

También la Unión Soviética tuvo entre 1930 y 1940 su propio drone planeador armado con torpedo PSN-1 y 2, que logró poseer un modelo avanzado con alcance de cien kilómetros y una velocidad de 700 kilómetros por hora.

Alemania fue uno de los países que más avanzó en este campo, pues sus ingenieros militares desarrollaron varias armas guiadas por radio, incluyendo bombas Henschel Hs 293 y Fritz X, misiles Enzian y hasta grandes aviones cargados de explosivos también controlados remotamente.

Muchas de estas armas fueron utilizadas con éxito contra barcos e incluso como misiles Crucero, como el caso del FAU-1, que con un motor de propulsión a chorro se lanzaba tanto desde aviones como desde tierra.

Luego de la Segunda Guerra Mundial la investigación y producción de drones se ralentizó sin detenerse del todo, aunque siguió siendo casi exclusiva del mundo militar.

Quizá el ejemplo más divulgado, pues pronto salieron a la luz, fueron los famosos aviones espía no tripulados U-2, ampliamente usados por Estados Unidos en el contexto de la Guerra Fría.

No sería hasta la primera guerra del Golfo, a principios de la década de los 90 del siglo pasado, y especialmente después de las agresiones a Iraq y Afganistán tras el derribo de las Torres Gemelas, a principios de siglo, cuando el programa de drones militares comenzaría a tener una sangrienta fama, por ser ampliamente aplicados en «bombardeos selectivos».

Su propagandizado uso por las fuerzas armadas y servicios de inteligencia de Estados Unidos, no solo en operativos de reconocimiento, sino en polémicos ataques contra blancos humanos de supuestos terroristas en varios lugares del Medio Oriente y Asia, ha dejado una triste estela de muerte.

Dirigidos por control remoto, a veces desde miles de kilómetros, con demasiada frecuencia estos aparatos son incapaces de distinguir entre aliados o enemigos, o de diferenciar a civiles de combatientes, y lo que es peor, se ha demostrado que pueden ser hackeados con relativa facilidad.

Uno de los casos más reveladores ocurrió en 2011, cuando las fuerzas aéreas de Irán «aterrizaron» a un drone-espía RQ-170 Sentinel, tras haber vulnerado su sistema de control remoto.

Por suerte, el estigma de «máquinas de muerte» comienza a ser superado, especialmente porque su uso en contextos civiles demuestra que no hay tecnología buena o mala, sino que es el hombre el que le da un uso incorrecto.

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