Amuleto contra la muerte

Usar el condón desde la adolescencia evita que la decisión de mantener relaciones sexuales tenga consecuencias fatales Condón contra tabúes Pregunte sin pena

Autor:

Juventud Rebelde

Nadie habla de la muerte, y sin embargo puede estar al doblar de cada esquina. Desde pequeños nos la mencionan como algo que ocurre en la vejez, y si nos permiten asistir al velorio de algún ser querido no acceden a que nos inclinemos a ver en ellos el rostro de la muerte.

¿Cómo reconocerla entonces? ¿Cómo saber cúando nos acecha si no la podemos distinguir? Nuestros padres tratan de protegernos todo el tiempo, por eso el tema no forma parte de nuestras conversaciones habituales como adolescentes, y no estamos preparados para enfrentarla.

Por eso me sorprendió el otro día cuando mi mamá me habló de ella. Fue cuando mi grupo, que es uno de los mejores en la escuela, ganó la emulación y nos dieron como premio un fin de semana en un campismo.

Creí que no me dejarían ir, pero me equivoqué. Fue todo un acontecimiento para mí. Claro, mamá tenía un poco de temor: sería mi debut lejos de su mirada, yo estaría tomando decisiones inéditas, pero como nunca antes se había tocado el tema, realmente no lo entendí muy bien y pensé que exageraba.

¿Por qué ocurrírsele que la muerte vendría por mí? ¿Qué podría hacer yo para que me buscara? De todas formas le di mi palabra de que me cuidaría: no nadar lejos de la orilla, esperar tres horas después de comer... le prometí de todo para que no se preocupara.

Entonces ocurrió algo que me dejó aún más confundida: mi madre me entregó un estuche con una inscripción en el dorso diciéndome que era un amuleto, que lo cuidara bien y no lo apartara de mí ni de noche ni de día, pues solo así mi vida estaría a salvo. Las madres saben mucho, pero aquello me pareció el colmo de los colmos.

Al fin llegamos al campismo, deshicimos los bultos y descansamos un poco. Por la noche fuimos al baile. Ante los acordes preliminares mis pies comenzaron a moverse solos y pronto todos voltearon a mirarme.

Alguien se fijaba con más interés: era Carlos, el hermano de Gilda, mi compañera de aula, el más simpático de toda la escuela. Estaba en noveno grado y todas las muchachitas corrían detrás de él, por eso se le veía con una novia diferente cada día.

Casi una hora después me invitó a bailar, por lo que yo estaba muy emocionada y las piernas apenas me sostenían. Aquello lo consideré como una gran conquista, no solo porque era el más codiciado, sino porque desde la primaria aquel chico me hacía suspirar cada vez que iba a hacer mis tareas con su hermana.

Aquella noche intercambiamos muchos besos y caricias, pero de regreso a la cabaña tuve la sensación de que algo nos seguía. Cuando pasó por mi lado, un intenso escalofrío recorrió mi cuerpo.

Comprendí que era la primera vez que sentía la proximidad de la muerte. Estaba allí, sabía que era ella, pero no podía describirla. Carlos no pareció darse ni por enterado. Tuve tanto miedo que eché a correr.

A partir de ese momento la sentí acechándome adonde quiera que iba con él: la discoteca, la playa... Ella se mantenía a distancia, como esperando el instante propicio en que me descuidara.

Y ese instante llegó: mi cabeza se llenó de otras ideas, el cómo y el por qué de otro asunto ocupaban mis pensamientos y entonces ella comenzó a acercarse.

Percibí su nauseabundo olor, y casi me tenía cautiva en su mortal abrazo cuando vinieron a mi mente las palabras de mamá. Sin levantar sospechas metí la mano en el bolsillo y aferré el amuleto mientras la encaraba en forma desafiante.

Sentí que hacía consciente mi derecho a la vida. Su piel virtual se descompuso y desde mi corazón se extendió un gran alivio.

Cuando todo pasó, abrí mi mano y encontré la causa de mi tranquilidad. Estaba algo maltrecho, pero aún se podía leer: VIVE, condón lubricado.

*Doctora. Especialista del Programa de lucha contra el VIH/sida.

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