El Sida solo trae sufrimiento y dolor

Confesiones de un médico, es un libro del doctor Jorge Pérez Avila que narra conmovedoras historias relacionadas con el VIH Pregunte sin pena

Autor:

Juventud Rebelde

Juanita se casó a los diecinueve años con un joven del que se enamoró. Pero la hacía sufrir demasiado y no le quedó otra opción que divorciarse. Uno de esos veranos interminables se fue a la playa y, al regreso, conoció a un italiano llamado Fabio que se ofreció solícito para darle un aventón. Empezó a visitarla. Con el tiempo se casaron y viajaron a Europa a conocer a la familia de él. ¡Qué suerte tuvo!, decían todos. ¡Fabio es tan bueno! Un año después comenzaron los problemas. Llegaba tarde y borracho. Los escándalos se escuchaban en el vecindario. Finalmente se separaron. Él regresó a su país y ella conoció a otro muchacho. Una noche sonó el teléfono. Del otro lado del auricular le hablaba la sobrina de Fabio que la llamó para decirle que su tío había muerto de SIDA (contrajo el virus en 1989 y había venido a Cuba a disfrutar el tiempo que le quedaba de vida). Juanita no podía creerlo. Se hizo las pruebas y dio positivo. Fabio la infectó conscientemente. Y ahora, ella también está muerta.

SIDA: Confesiones de un médico, cuenta la historia de la epidemia en el país. La historia de Juanita es real y aparece publicada en el libro SIDA: Confesiones a un médico, del doctor Jorge Pérez Ávila. Ella era su paciente y antes de morir le entregó algunas cartas con detalles de su vida para que los incluyera en ese material, presentado en la última edición de la Feria Internacional del Libro. Con un estilo conversacional que permite llegar al lector y hacerle sentir que la infección por VIH está en todas partes y puede afectar a cualquiera, el médico asumió el reto de escribir sus experiencias desde que dio el primer diagnóstico hace más de dos décadas. SIDA: Confesiones... relata disímiles conflictos humanos; revelaciones sorprendentes, escalofriantes. Como la de Samantha, la joven que se infectó en su primera experiencia sexual. O Alberto, quien conoció a Amarilys en la calle. Le pareció linda y la invitó a su casa. Tuvieron sexo sin protección. Poco después notó que tenía secreciones. Fue al médico y le diagnosticaron sífilis y gonorrea. Luego recibió el aviso de que debía hacerse la prueba del VIH-SIDA. Amarilys estaba pendiente del resultado de unos análisis y al dar positivo lo declaró como contacto. Se sometió al estudio y confirmó que la joven bonita y «sana» que llevó a la cama lo infectó con un virus para el que todavía no existe cura.

Testigo de estremecedoras confesiones, el autor narra las esencias de un drama que nos afecta a todos. El sufrimiento de estas personas desde el momento en que reciben la noticia; las discriminaciones, miedos y estigmas que generó la aparición de la enfermedad; la detección de los primeros niños infectados; la vida en el sanatorio; el modo en que las autoridades de salud cubanas enfrentan la pandemia.

El doctor Jorge Pérez Ávila ha dedicado gran parte de su vida a las personas que viven con VIH-SIDA. Foto: Calixto N. Llanes «Quise plasmar no solo los conflictos humanos, sino también lo que desde el primer momento se orientó por parte del Gobierno. Porque como dice el profesor Gustavo Kourí, director general del IPK, sabemos lo que nos falta pero a veces no sabemos lo que tenemos», expresó a JR el doctor Jorge Pérez, subdirector de Asistencia Médica del Instituto Pedro Kourí y pionero en la atención a personas que viven con VIH-SIDA.

El nombre de este médico es frecuente escucharlo entre quienes viven con esa infección; algunos de ellos, incluso, lo repiten una y otra vez mientras agonizan. Otros, además de contarle sus preocupaciones y angustias, buscan en él la palabra de aliento, la mano solidaria, y tejen alrededor de su figura una leyenda que se extiende: algunos aseguran, por ejemplo, haberlo visto subir a un árbol y entrar por una ventana al hospital para cerciorarse de que todo está bien. Y es que a Jorge Pérez siempre le ha gustado «jugar a los doctores», como él dice, y atiende a los pacientes a cualquier hora. Aunque no precisamente entrando por una ventana (es cierto que lo hizo una vez, pero en sus años de estudiante en el hospital Calixto García).

«No me gusta la actividad administrativa. Lo mío es ver pacientes, estar en contacto con ellos. También lo hago con los que ingresan con dengue u otra enfermedad infectocontagiosa. Pero con estas personas he compartido muchos años. Mantienen una relación directa con uno y hacen mucha dependencia porque, lógicamente, se sienten indefensos. Tengo una consulta semanal desde hace muchos años, imparto docencia y paso visita no menos de tres veces a la semana.

«Ellos me han enseñado a ver la vida de otra forma, a estar más cerca de los problemas humanos, a entender las preferencias sexuales. Sufro con sus dilemas y muertes, porque en cada uno veo a un familiar mío. Pero también he tenido la satisfacción de aprender cómo el sistema inmunológico se puede recuperar y qué hay que hacer para ello, así como en qué momento es más adecuado tratar a una persona».

Mientras conversamos, este científico, de mediana estatura y ojos color del cielo, recita a ratos fragmentos de poemas escritos por él ante situaciones que le impactaron. «Nunca he tenido la pretensión de publicarlos. Los escribo por una necesidad personal y se los leo a veces a quienes me inspiraron. Aunque muchos de ellos se quedan en mi escritorio», dijo, y evocó el día en que murió el primer enfermo de SIDA en Cuba.

«Todo el mundo se deprimió porque no había nada más que hacer y tuvimos que rotar a los médicos de sala, sacarlos, darles actividades, conversar, porque más de uno dijo que no podía. Empezamos a buscar los primeros síntomas y signos, a hacer diagnósticos, necropsias y ver de qué murió, con la intención de explicarnos los problemas de antemano y alargarles la vida a los enfermos. Eso nos dio más confianza, porque contribuyó a que fuéramos aprendiendo a tratar las enfermedades oportunistas. Y las personas empezaron a mejorar. Muchas veces llegamos a decir que esto era la medicina del cosmos, porque un paciente podía tener más de una enfermedad al mismo tiempo».

En el Sanatorio Santiago de las Vegas, donde ejerció como director durante 12 años, está igualmente la huella de este doctor. No solo en los cambios que propició, sino también en el corazón de los que aún viven dentro del sistema sanatorial y de quienes ingresan nuevos y escuchan las anécdotas de cuánto hizo Jorge Pérez a favor de ellos.

«No hice nada nuevo. Dirigí el lugar con el mismo consejo de dirección que encontré, al tiempo que realizaba mis funciones en el IPK. Lo único que cambié fue el estilo de trabajo. Pero lo hice con las mismas ideas que ha tenido la Dirección de la Revolución con relación a la salud. Traté de encontrar las mejores soluciones e inculcarles a todos la convicción de que ahí se entra para luchar por la vida y no para morir. Una de las estrategias que seguimos fue incorporar a los pacientes a la prevención. También abrimos las puertas del Sanatorio a quienes quisieran visitarlo, sobre todo a la prensa extranjera, que llegó a decir que Cuba encerraba a sus pacientes en jaula de oro.

«Nosotros fuimos criticados por abrir un sanatorio, hacer test y crear un programa del que han tenido que reconocer su excelencia. Resulta que el procedimiento que hemos seguido desde el principio es lo que se dice ahora en el mundo que hay que hacer».

Con la instrumentación del programa cubano de tratamiento antirretroviral, el cual permite el acceso gratuito a estos medicamentos, cambió el cuadro del SIDA en el país: los infectados viven más años y con mayor calidad. Se ha aseverado, incluso, que llegará a convertirse en una enfermedad crónica como cualquier otra.

Sin embargo, «no es tan así. Este es un camino lleno de espinas, porque ¿quién no olvida una dosis o se cansa de medicarse? Son píldoras que se ingieren a veces en grandes cantidades, tienen reacciones tóxicas y desfiguran a algunas personas. Y si el individuo empieza a perder la fe y las abandona, las cepas se hacen resistentes y empieza el sufrimiento. Lo mismo puede pasar con un diabético o un hipertenso. Lo único que este virus lo hace mucho más rápido y los medicamentos son más peligrosos.

«Los antirretrovirales, y eso siempre lo digo, no son la solución. El mejor tratamiento o vacuna es el uso del condón. Estos fármacos, por muy buenos que sean no quitan la infección. El VIH-SIDA sigue aumentando en el país. Y eso dice que hay todavía oídos sordos. No es felicidad, es muerte. Si no tenemos conciencia de ello seguiremos viéndolo como algo lejano y este es un problema que nos afecta a todos, porque existen personas que lo tienen, no lo saben y andan transmitiéndolo», concluyó.

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