Mensajeros sin mensaje

Estudios científicos demuestran que los espermatozoides portadores del cromosoma Y humano pudieran extinguirse Pregunte sin pena

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Fotomontaje: Livier Castro y Mileyda Menéndez La lista de especies en peligro de extinción es larga. Algunas tienen apenas una década de existencia. Otras, varios milenios de ventaja, pero están condenadas a desaparecer, a juzgar por la evolución que han seguido en el último siglo.

En tal caso está la especie humana, o más exactamente los varones, puesto que el cromosoma Y se ha ido agotando a través de los siglos hasta acercarse peligrosamente a la fila de los dinosaurios, y pudiera desaparecer en unos 125 000 años, tiempo equivalente a unas 5 000 generaciones más.

La hecatombe no está al doblar de la esquina, pero ya empieza a preocupar a numerosos biólogos y genetistas, como el profesor Bryan Sykes, de la Universidad de Oxford, quien en su libro La maldición de Adán reflejó tales cálculos.

Los cromosomas se constituyen dentro del núcleo de las células y son los responsables de transmitir los caracteres hereditarios de cada especie y familia. La norma en los humanos es tener 46 cromosomas ordenados en 23 pares. Los cromosomas sexuales o gonosomas son iguales en las hembras (homogaméticos XX) y diferentes en los machos (heterogaméticos, XY).

Unos 300 millones de años atrás, el Y era portador de 1 500 genes, lo que le hacía casi tan grande como el X, pero fue acumulando mutaciones, y hoy solo le quedan en activo unos 50 genes: los demás se perdieron o están desactivados.

Curiosamente, tal peligro no pesa sobre el par XX porque sus cromosomas se apoyan recíprocamente para rehabilitarse tras las mutaciones, tal como en la vida social las mujeres comparten sus cuitas con sus semejantes para enfrentar mejor los avatares de la vida.

Partícula de amor

A diferencia del resto de las células humanas, las células sexuales maduras poseen solo 23 cromosomas, uno de cada pareja, para que al unirse y formar el nuevo individuo este reciba la herencia genética de ambos padres. El óvulo listo para la fecundación aporta siempre un cromosoma X, pero el hombre pone en juego millones de espermatozoides, tanto X como Y, que compiten entre sí para que llegue uno solo a la meta.

Los Y son más rápidos (avanzan de dos a cuatro milímetros por minuto), pero mueren antes, por lo que el sexo del bebé depende de las condiciones que estos mensajeros genéticos encuentren a su paso por vagina, útero y trompas, incluyendo ph, diámetro y posibles infecciones.

Un investigador danés, Niels Skakkebaek, dijo en 1992 que el número promedio de espermatozoides en el hombre se había reducido un 50 por ciento en el último medio siglo, y entre los que quedan cada vez son más frecuentes las malformaciones de cabeza o cola y la baja motilidad (capacidad de movimiento hacia adelante).

Un mililitro de semen expulsado debe tener entre 40 y 300 millones de espermatozoides, protegidos y alimentados en su paso al exterior por las secreciones de las vesículas seminales y la próstata. Para que el hombre pueda fecundar, al menos la mitad deben estar activos. Si el conteo espermático da menos de diez millones, las probabilidades de que den en el blanco son mínimas para la pareja.

La espermatogénesis (producción de espermatozoides) comienza en la pubertad, hacia los 13 o 14 años, y por lo general continúa toda la vida. Cada ciclo dura 70 días en los testículos y entre 7 y 21 días de maduración en el epidídimo: tubo en espiral donde se acumulan 500 millones de estas células provenientes de ambos testículos.

Allí pueden durar fértiles algunas semanas. De no salir, mueren de todas formas para dar paso a los nuevos que llegan, al decir del dúo Buena Fe, como mensajeros queriendo también ser el mensaje.

Según explica el urólogo español José Luis Arrondo en su libro Historia íntima del pene, a partir de la tercera edad decrece el número de espermatozoides disponibles en cada eyección: a los 60 años se ha perdido el 32 por ciento de ellos, a los 80 años la mitad, y casi la totalidad después de los 90, hecho conocido como azoospermia... pero mientras quede alguno sano, aún puede tener suerte y fecundar.

Con manos y pies en el mundo

El temor a que la especie humana deje de reproducirse por la vía tradicional no resulta infundado. Según reportes médicos actuales, una de cada siete parejas en Occidente requiere tratamientos contra la infertilidad. En Cuba, el 40 por ciento de los casos presenta problemas con la calidad del esperma del varón.

Quien siembra vientos recoge tempestades, dice el proverbio: la alarmante pérdida de la capacidad reproductiva no afecta solo a los machos humanos, sino que es ya una realidad en otras especies, como los cocodrilos del Amazonas, cuyo falo ha disminuido sensiblemente su tamaño en las últimas cinco décadas y algunos están francamente cambiando de sexo.

Numerosos estudios reportan una alta correlación entre la mala calidad del nicho ecológico y la baja fecundidad de algunos animales que habitan aguas contaminadas con desperdicios de diferentes fábricas, situación observable en aves, peces, y hasta en el topo, cuyos cromosomas Y han desaparecido.

Una posible explicación es que estas especies han estado sobreexpuestas a ciertas sustancias, muy utilizadas en la industria de alimentos en conservas y de algunos productos farmacéuticos, que conminan al organismo a producir demasiado estrógeno, hormona femenina por excelencia aunque también está presente en los varones. Se sabe que una carga de estrógenos superior a la adecuada genera riesgos de padecer cáncer de mama en las mujeres y arriesga la fecundidad de los hombres.

Pero también los nuevos estilos de vida comprometen el futuro de la humanidad: los testículos necesitan unos cuatro grados celsios menos que el resto de los órganos, de ahí que estén fuera del cuerpo y puedan subir o bajar dentro del escroto de acuerdo con la temperatura ambiente. Sin embargo, el calor que generan algunas telas sintéticas, el sedentarismo, la comida chatarra y otras opciones «modernas» contribuyen a que el esperma se esté despoblando de espermatozoides, y los más vulnerables son siempre los portadores del cromosoma Y, a cargo de perpetuar el llamado sexo fuerte.

Conjurar esta situación exige trabajar en dos direcciones: detener el peligro ambiental cambiando hábitos globales de consumo, y enseñar a los hombres a cuidar mejor de su dote individual de cromosomas.

Las altas temperaturas y la falta de holgura en la zona genital es característica de varios oficios como los de chofer, obrero metalúrgico, cocinero y otros tradicionales, pero también repercute en los más novedosos, que exigen el uso prolongado de computadoras, sobre todo las portátiles, que colocan sobre sus piernas. Si los afectados no toman medidas para «refrescar» los testículos sistemáticamente, corren el riesgo de empobrecer su esperma de forma irreversible.

También es esencial alejarse del tabaco y otras drogas, no abusar del alcohol o los esteroides, mantener el peso adecuado e ingerir alimentos sanos, ricos en microelementos como el zinc y el omega 3, que aportan elasticidad a los espermatozoides. Obviamente, tampoco se debe abusar de los baños calientes o las saunas, y mucho menos de las radiaciones, algo bien difícil para el humano actual —sobre todo de ciudad—, prácticamente «conectado» todo el día a equipos electrónicos, teléfonos móviles a la altura del bolsillo, transportes a base de hidrocarburos...

También influye el uso de sustancias tóxicas en la agricultura, como los pesticidas, y de metales pesados como el mercurio y el plomo, típicos en las pinturas y la industria en general, los cuales deberían espaciarse al máximo, o mejor aún: sustituirse por productos naturales.

Por sí o por no, científicos de todo el mundo especulan sobre las alternativas para perpetuar la especie humana, ya sea a través de la clonación, células implantadas, crioconservación de esperma, manipulación de genes de otras especies...

Esperemos que la solución aparezca pronto, y que sea favorable al Y, porque un mundo sin hombres sería muy aburrido para nuestras tataratataratataranietas.

Pregunte sin pena Y. S.: Estudio en la Universidad. Tengo una gran amiga pero en realidad para mí es algo más que eso. No me siento en condiciones de contárselo porque me viene a la mente mi gran problema: un defecto físico que afea mi rostro, producto de un accidente sufrido en mi niñez. Desde entonces siento que no soy el mismo. Me torné más violento, todo me molestaba, no soportaba las burlas de mis compañeros, etc. Lo peor es que me he limitado ante las mujeres por sentirme tan acomplejado. Si sientes ese complejo que te hace sentir indigno de la compañía femenina podemos inferir que aún no has asimilado el cambio de tu rostro como parte de ti. Observa que no se trata de que te rechacen, sino de que evitas acercarte o declarar tu amor porque esperas que te rechacen. Es por eso que te recomiendo asistir a una consulta psicológica personalmente para hablar de este tema. Ella es capaz de ser tu gran amiga. Por tanto, sabe mirar más allá de la imagen que proyectas. La aceptación o rechazo de un noviazgo contigo podría deberse a otros factores. Como bien expresaste, «el gran problema» está en tu mente y es allí donde deberás encontrar el modo de reconciliarte contigo mismo.Las transformaciones corporales producidas por accidentes como el que narras, enfermedades e incluso la vejez suelen resultar dolorosas. Generalmente conllevan cambios en nuestras vidas. Aceptar la nueva condición de nuestro cuerpo es necesario aunque difícil. Ya la imagen que nos devuelve el espejo no es, ni será igual. La negación, la agresividad, la depresión, los intentos de recuperación del estado anterior son solo algunos de los modos de expresar el rechazo a la imagen adquirida. Al mismo tiempo, pueden constituir pasos previos a su aceptación.No está en tus manos revertir los hechos, pero sí puedes reinventar tu historia en función del modo en que la interpretes y proyectes a partir de ahora. No estás obligado a ser eternamente «el del gran problema del rostro afeado por un accidente». Seguramente, eres más que eso.MSc. Mariela Rodríguez Méndez. Psicóloga y consejera en ITS y VIH/sida

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