La guerra o la paz

Aunque la resolución de conflictos mediante negociaciones es una conquista de la especie humana, mucha gente parece no estar al tanto de esa ventaja y aún ventila sus asuntos a gritos, como otros mamíferos menos evolucionados

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

En la escuela nos enseñan un montón de oficios, pero no nos enseñan a convivir. Miren Larrazábal

Apenas el marido entra por la puerta y le da un beso, ella comienza a pelear porque llegó muy tarde y sin sacar los mandados ni recoger a los niños o pagar el teléfono.

Por los gritos parece que se va a acabar el mundo, o al menos ese matrimonio. Una mujer de visita en el barrio sale alarmada a esperar la réplica, pero su anfitriona la tranquiliza: «No va a pasar nada porque él no le hace caso. Así llevan 20 años… Ella es muy peleona, pero se adoran y nadie puede meterse en eso».

Contigo porque me matas…

El flujo natural de mensajes en cualquier pareja incluye castigos y refuerzos positivos. Esto funciona como una cuenta emocional conjunta que debe incrementarse día a día, pero a veces el saldo de amor se agota con las mentiras y desconsideraciones, la falta de tacto y los reproches estereotipados al estilo de «todos los hombres son iguales» o «a las mujeres no hay quien las entienda».

Aunque la resolución de conflictos mediante negociaciones es una conquista de la especie humana, mucha gente parece no estar al tanto de esa ventaja y aún ventila sus asuntos a gritos, como otros mamíferos menos evolucionados.

Esa hostilidad puede convertirse en hábito que a la larga repercute en la intimidad erótica de la pareja… cuando no es síntoma justamente de desavenencias en ese campo.

Es un tema que lleva cada año a miles de personas a las consultas de consejería sexual, si bien no todas logran sanear el vínculo porque detrás del grito retórico hay mucho de condicionamiento cultural, y hasta de aprendizaje adquirido en las familias de origen.

Se estima que las mujeres peleamos más y por más variedad de cosas. La queja es nuestro patrimonio social, lo que nos queda tras «sacrificarnos» en la casa, el trabajo, la familia… Pero algunas ejercemos ese «privilegio» en demasía y creamos un clima incómodo hasta para nosotras mismas.

Cuando hay pocas habilidades comunicativas, los mensajes se escuchan, pero no se asimilan: es muy difícil adivinar nuestras pretensiones concretas si el lenguaje corporal agresivo contradice lo que pretendemos suplicar. Muchas veces la respuesta es ignorar todos sus reclamos con la esperanza de que se le pase, actitud que acrecienta la percepción de abuso y descortesía, y por ende los gritos.

Algunos matrimonios se resignan a ese estilo aberrante de comunicación hasta tal punto que la alarma salta cuando no hay reproches, porque eso significa que la otra parte se siente realmente mal o está tramando algo.

Otras parejas entienden que han llevado las cosas demasiado lejos cuando el círculo de violencia verbal afecta su erotismo o es cuestionado fuertemente por la familia, que ya ha perdido el respeto por la relación.

Entonces buscan ayuda en servicios de salud, congregaciones religiosas, grupos de meditación u otras dinámicas de autoayuda que alguien les sugiere. Lo malo es que no siempre se comprometen a aplicar tales ideas y resolver sus conflictos de forma sostenible… o no logran ponerse de acuerdo sobre el método a seguir.

En las discusiones acaloradas no siempre se dice lo que cada quien piensa de verdad. A veces domina la rabia del momento o afloran otras frustraciones mal ventiladas. Eso demuestra que aún no han aprendido la lección, precisa el psiquiatra cubano Oscar Ojeda: si siempre elegimos el mismo camino para comunicarnos como pareja, ¿cómo esperar resultados diferentes?

…Y sin ti porque me muero

Las discrepancias no siempre son el peor síntoma. Más daño hace una relación estéril, indiferente, la convivencia por inercia o por miedo a cambiar. Mientras haya amor, es digno buscar ayuda para potenciar los recursos psicológicos y comunicativos que deriven en armonía, opina Miren Larrazábal, sexóloga e investigadora española.

El odio marital es un modo de afecto, una señal de que aún se importan y pueden transformar la valencia de esa emoción, explica Ojeda: Para ayudarlos es importante recordarles por qué están juntos y qué los unió alguna vez.

Larrazábal explica cómo en cada consulta se les orientan ejercicios para reforzar los intercambios positivos y disminuir los negativos. Uno de ellos es pedirles que anoten todo lo que aún les gusta de la otra persona y luego hacer que se lo confiesen mirándose a los ojos, para sentir la autenticidad de esa emoción.

Para cualquier pareja es recomendable «conectarse» emocionalmente al menos una vez al día y reforzar lo positivo de la relación, dice la experta. Ojeda puntualiza que es importante elegir el momento para revisar y ajustar las expectativas de ambos: Si ya conocíamos nuestros defectos y decidimos estar juntos, no tiene caso vivir en un perpetuo reproche, como tampoco es sano hacer planes contando conque la otra persona va a cambiar lo que te molesta por amor a ti, para dejar de decepcionarte.

Lo único que puedes cambiar en una relación es tu propia actitud: Empieza por revisar el modo en que tus cualidades y conductas perjudican a tu contraparte y luego agradece si ves que hace lo mismo por ti… Si eso no ocurre de inmediato no desesperes: el camino más largo siempre empieza con el primer paso.

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